“Al país de Dorita te lleva un canuto de marihuana./ María y Dorita son
primas-hermanas./ Vamos a mover el jazz./ Tráete a tu novia Carla,/ o déjala en
la cama./ Tú, ella y mi tío./ Lo demás será aburrido”. Estos versos que he
improvisado describen a la perfección el espíritu libérrimo de On the
Road –novela y película--. En 1980, Francis Ford Coppola adquirió los
derechos cinematográficos de la narración que Jack Kerouac consiguió finalmente publicar en 1957. Su testimonio autobiográfico
de unos jóvenes veinteañeros, hijos de inmigrantes europeos, que deciden llevar
una vida errabunda y desinhibida a finales de la década de 1940, lo tenía
compuesto desde 1951 en un rollo de papel de calcar de treinta y seis metros,
con 175.000 vocablos y ningún punto y aparte. Como en un tema de jazz, el
argumento se desarrollaba sin pausas, espeso, sin turno de réplica. Los
editores accedieron a darle salida, pero con la condición de darle apariencia
gráfica más convencional. El rollo original no vio la luz hasta el
cincuentenario (Nueva York, Viking Penguin, 2007). En España, Anagrama lo
publicó en abril de 2009, con traducción de Jesús Zulaika, y separaciones en
los diálogos. Para entonces, Kerouac ya llevaba cuarenta años muerto.
Veinte días de un mes de abril le
llevó al autor redactar On the Road.
Treinta días más para introducir ligeras enmiendas al texto mecanografiado.
Neal Cassady, rebelde inconformista, erotómano aparcacoches, es una especie de
aventurero sin rumbo, a lo London y Conrad, pero sustituyendo el mar y los
bajeles por la carretera y la velocidad de los coches robados. Hay cosas que
solo se deben hacer en la juventud, esa época para algunos incierta cuando aún
no se sabe qué hacer en la vida, qué objetivos alcanzar. En el viaje está el
aprendizaje, la oportunidad de ver mundo y calibrar la propia conciencia. Neal
arrastra con él a varios amigos escritores, que van saltando de Nueva York a
Denver (Colorado), a Luisiana, California, México y otros puntos de aquella
geografía. Neal tiene impulsos autodestructivos; huye, quizá, de lo que la vida
no le ha dado. Como los surrealistas, es bisexual y le gusta compartir a su
mujer con los camaradas. Su proclama: “Tenemos
que admitir que todo está bien, y que no hay necesidad de preocuparse por nada,
y de hecho eso debería hacernos COMPRENDER que EN REALIDAD no nos preocupa
NADA”. Vivir al límite, sin mirar atrás, porque el pasado no existe.
Tampoco las responsabilidades burguesas, que atenazan a los individuos y les vuelven
sumisos y serviles.
Coppola ha encargado la
realización de On the Road (2012)–con
guion de José Rivera—al director brasileño, especializado en road movies, Walter Salles (Diarios de
motocicleta, 2004). Es un viejo proyecto que nadie se decidía a acometer,
puesto que la generación beat no
recibe la aprobación del modo de vida americano. Hay escenas arriesgadas y
“escandalosas” en el libreto, como felaciones veladas, homosexualidad activa,
desnudos de exhibición, y tríos. La película no hubiera pasado por un código
severo de censura hace quince o veinte años. El rastro de desarraigo que va
dejando la acción de Salles se inspira, no obstante, en piezas soberbias, como Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967) o La huida (Sam Peckinpah, 1972), solo que
aquí la delincuencia es de poca monta y se reduce al hurto de gasolina o de
comestibles. No se trata, además, de hacer la guerra a la sociedad, sino de
revolcarse en sexo, música, alcohol y drogas.
Los nombres de los personajes se han cambiado respecto del manuscrito: Neal Cassady es, en el filme, Dean Moriarty; Kerouac pasa a llamarse Sal Paradise; Louanne Henderson es aquí Marylou; Carolyn Cassady es Camille; Allen Ginsbert es el poeta homosexual Carlo Marx; Bea Franco es Terry; Helen Hinkle es Galatea Dunkel; William S. Burroughs es Bull Lee.
El punto de vista narrativo
respeta el de la novela: Sal –aspirante a escritor-- es un admirador del bravo
Dean, quien le hace salir de su cubil en Nueva York, donde mora con su madre
canadiense y francófona, para que recorran, juntos o en solitario, Estados
Unidos. Sal se lleva consigo su ejemplar de Por
el camino de Swann (1913), de Marcel Proust. El novelista francés propone
el arte como forma de superación de la soledad; la novela es la deconstrucción
del ser, cuyas reflexiones, selectivas y nostálgicas, alumbran un relato
discontinuo en bosquejos. Algo parecido ofrece Sal / Kerouac: miscelánea
escogida de la vida apache, hoy aquí, mañana allí, bien antes o después. El
muchacho del saco al hombro que recoge algodón o descarga vagones para ganarse
unos dólares, mientras ve cómo el jefe guerrero Dean tiene dos mujeres y no se
queda con ninguna. Una de ellas, Marylou, es voyerista y ninfómana. Se acuesta
con Dean y con Sal a la vez, y también con Sal solo. Luego, divorciada de Dean,
pero uniéndose a él cuando le apetece, convence a un marinero para que la
despose. Moriarty, para ganarse un dinero, se acuesta con un viejo marica,
mientras Carlo el poeta –colado por sus huesos—tiene que contentarse con besos
robados. La película termina con Sal Paradise asentado en Nueva York,
despidiéndose de un Moriarty famélico y enfermo, y comenzando el rollo de On the Road.
Pasada la juventud no quedan más
que dos alternativas: serenarse y sentar cabeza en solitud; o hacer lo mismo
para formar una familia. Lo contrario no tiene futuro.
La película de Salles son dos
horas de cine digno, planificado con pulso, clásico en su factura, de impecable
ambientación en la posguerra americana, brillante encuadre y fotografía
(soberbio el mundo rural) y muy acertado reparto: Sam Riley (como Sal); Garrett
Hendlund (Dean Moriarty); Kristen Stewart (una inmejorable Marylou); Kirsten
Dunst (Camille); Viggo Mortensen (Bull Lee).
La banda sonora, firmada por Gustavo Santaolalla, posterga demasiado la música de esos años. Hay poco jazz y blues. Es, seguramente, el mayor defecto de la película con relación a la novela. Aunque no suene tanto jazz como en Rayuela, de Cortázar.
Jack Kerouac nunca encontró la
paz. Renegó del catolicismo y se volcó en la filosofía oriental, en el Zen,
como alternativa al materialismo insidioso y alienante de Occidente. Sin
embargo, nada más combustible que el alcohol que bebió y la marihuana que fumó.
Dejó este mundo el 24 de octubre de 1969, en un hospital de Florida. Tenía
cuarenta y siete años. Se fue convencido de que su vida había sido un fracaso,
desconfiando de sus antiguos compañeros de andanzas; murió beat, no feliz, sino golpeado, derrotado.
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