Orson, mago de primera.

Orson, mago de primera.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Calvinismo y cine.

Robert Louis Stevenson y Herman Melville dieron ya buena cuenta de la obsesión protestante por intentar separar en el hombre el espíritu de la carne. El extraño caso del Dr Jekyll postulaba el fracaso de los ensayos de laboratorio en el intento de librar al alma de su lado más innoble y oscuro (Mr Hyde). La tragedia de Ahab al perseguir infatigablemente al monstruo marino de las profundidades, Moby Dick, el demonio de perversión salvaje que un día le arrebató una pierna, queda también como testimonio de esa locura contra natura.

Ambos relatos han tenido diversas adaptaciones cinematográficas, de las que no vamos a hablar ahora. En cambio, sí vamos a tratar de dos largometrajes bien interesantes, clásicos hoy muy olvidados, que sin embargo merece la pena rescatar. Me estoy refiriendo a Misión en la jungla y Hawaii.

Misión en la jungla (The Sins of Rachel Cade, 1961) está dirigida por Gordon Douglas, un realizador artesano, afín al clan Sinatra, e interpretada por una bellísima protegida del grupo, Angie Dickinson, rubia sensual de maravillosas piernas (ahí está Rio Bravo) y notable actriz. El guion es de Edward Anhalt (responsable de Becket). La película cuenta la historia de una misionera recatada enviada al Congo Belga en 1939. Rachel Cade debe ganarse a pulso la confianza de los nativos, cosa que consigue cuando sus dotes curativas comienzan a hacer efecto frente a la superstición tradicional. Su medicina salva niños. Rachel quiere, además, lograr la santidad en el mundo. Quiere mantenerse pura y sin tacha. Consagra su castidad a una vida de beneficencia y entrega a los demás. Pero su filantropía está reñida con los avatares que impone a la larga la madre Naturaleza. Porque a menudo las cosas no salen tal cual uno las entiende y planifica. La vida las retuerce como raíces y lianas.


Rachel predica el amor dentro del matrimonio y condena las relaciones extramatrimoniales. Desdeña a Peter Finch, el delegado militar en la región, y se retrae conventualmente. Pero todo cambia cuando un apuesto médico norteamericano (Roger Moore) llega caído del cielo --nunca mejor dicho-- al estrellarse su avión en plena selva, y se ofrece a ser por una temporada el auxiliar que la enfermera necesita en los casos más delicados. ¡Qué bien le viene a Rachel un doctor para su hospital de campaña! Entonces hará todo lo posible para retenerlo a su lado, incluso traicionar su decálogo ético. La enfermera se enamora del doctor, cede a la quemazón que persigue a toda criatura, y se acuesta con él. El médico se restablece pronto y es vuelto a requerir para el servicio en la guerra mundial. En su ausencia, Rachel se escandaliza, pues descubre su embarazo. Ya no sirve para su misión tropical de redimir almas perdidas. Ella es tan pecadora como quien más. Sin embargo, la comunidad nativa, que acaba acogiéndola como benefactora, no la juzga en ningún momento. Tampoco permitía Cristo juzgar al prójimo. Cuando el doctor se entera de que va a ser padre, regresa para llevarse consigo a Rachel a Boston. La chica, sin embargo, está casada con su trabajo social en la comunidad y no desea irse. Además descubre que el consorte la quiere solo por la criatura y que alberga fuertes ambiciones elitistas que no van con el lugar. Entonces decide abandonarlo y quedarse en el Congo con su hijo. Madre soltera, pero no sola en la vida, porque en su rescate se supone que llega el agregado militar belga, Peter Finch, sufrido viudo redentor.

Rachel ha tenido que amoldar su código de conducta a las circunstancias adversasque impone la vida. La vida es la que moldea y doblega muchas veces; la que hace que Fortunata quiera a un tarambana como Juanito Santa Cruz, y que no esté enamorada de un hombre bueno e infeliz como Maxi. Por eso es tan difícil alcanzar cualquier "santificación" en el día a día de la existencia. Y por eso se da también la Misericordia de Dios, que no ha venido a salvar a justos, sino a pecadores. Dios perdona los errores humanos, que pueden darse aunque uno luche contra ellos.

Una cinta que apenas ha envejecido, rabiosamente actual, osada, atrevida, meritoriamente avanzada a su época, y sorprendente en su audacia antimoralista.

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El segundo largometraje que comentamos ahora es Hawaii (George Roy Hill, 1966), con guion de Dalton Trumbo (Espartaco, Papillón) y Daniel Taradash, basado en una novela-río de James A. Michener (trad. al español en Plaza & Janés, 1978). Cuenta el afán evangelizador de un clérigo calvinista, Abner Hale (Max Von Sydow) en el archipiélago de las islas Hawaii. Para conseguir el permiso de predicar, se le impone que vaya casado. El hermano Hale es un dogmático zangolotino que tiene que convencer a una abnegada y comprensiva Jerusha (Julie Andrews) de que sea su esposa y le ayude a salvar salvajes. La mujer accede y lo acompaña a conocer a la reina Alii Nui, que quiere a toda costa aprender a leer y escribir y de paso abrazar a Jesús y sus leyes. Jerusha simpatiza de inmediato con los nativos, pero no así Abner, empecinado en imponer sin transiciones la Palabra de Dios. Descarga con áspera virulencia sus ominosos versículos contra las costumbres paganas, como la de casarse entre hermanos de la realeza, adorar a dioses protectores, caminar y retozar desnudos y complacer a los marineros en sus cortas escalas. La intervención de Jerusha aminora esta furia predicadora, y el rendirse a la mano de la Naturaleza, cuyo viento tumba un templo de paja torpemente construido al margen de la sabiduría de los hawaianos.

Jerusha pacifica el rencor fundamentalista de su esposo Abner, y le hace ver que aquellas son buenas gentes, aunque no sigan el código de la Biblia. Dios no se olvidará de los que son buenos y obran buenas acciones, aun cuando no le presten mucha atención ni le sigan al pie de la letra. Hay un lugar en la Salvación para ellos. Poco a poco Abner va cediendo y se va integrando en la comunidad nativa. Con el tiempo, tiene tres hijos con Jerusha, que manda a estudiar a Nueva Inglaterra cuando le separan de su parroquia.


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No obstante, los indígenas no llevan la razón en todo. El incesto ritual es causa de cruentas deformidades, y los niños tullidos son ahogados en el mar. Cuando Jerusha va a dar a luz a su primer hijo, Abner impide que la atiendan las parteras de la isla, y es él mismo el que la ayuda valiéndose de un tratado de medicina. Con sobrado acierto, pues el pequeño venía en mala postura y él consigue enderezarlo. Luego se entera de que, en tales casos, las parteras matan al niño para salvar a la madre. También salva la vida de un bebé que venía con una mancha de nacimiento en la cara. Pero cuando fallece la Alii Nui, la bondadosa y oronda reina, se cumple el vaticinio de un viento huracanado que abate todo, como si en verdad tuviera verdadero poder conjurador entre sus dioses.

La más entrañable interpretación del buen actor sueco Max Von Sydow, secundado por unos discretos Richard Harris y Gene Hackman.

Una valiosísima película, candidata a siete premios Oscar (actriz de reparto--Jocelyn La Garde--, fotografía en color, sonido, banda sonora, canción, efectos visuales y vestuario en color). Una superproducción inteligente, emotiva, acertadamente comedida --brillante pero no deslumbrante--, muy digna de ser recordada y recuperada.

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