A estas alturas, no constituye ningún misterio la devoción de John Ford por el estamento militar. Muchos de los largometrajes del genio de la dirección se centran en exaltar al ejército como grupo, donde brilla una lealtad absoluta y una camaradería que engrandecen a quienes pertenecen a él, ya sean oficiales o suboficiales. Si no tienes familia, pero tienes principios, la milicia puede ser tu hogar y tu encomiable destino.
Títulos tan formidables como Fort
Apache, La legión invencible, Río Grande, y Cuna de héroes,
así lo recogen y testimonian. La primera de ellas es, seguramente, el ejemplo
ideal de heroicidad y de compañerismo dentro del ejército de la Unión, tras la
derrota del Sur y el inicio de las guerras indias. El momento de máxima
expansión de la cultura blanca hacia el Oeste, en profundo detrimento, y hasta
exterminio, de las razas nativas norteamericanas. Ford culpa a comerciantes sin
escrúpulos al cuidado de las reservas fronterizas de la corrupción de los
indios, ofreciéndoles alcohol y rifles, en vez de comida y mantas. Una forma
sibilina –acaso conspirativa—de ir mermando a los guerreros. Los nativos,
empero, no se dejan engañar, y se rebelan contra el hombre blanco invasor, e
incumplidor de cualquier tratado de paz. Pero, ante la fuerza de las armas de
la caballería, sus huestes terminan sucumbiendo. En América del Norte no hubo
mestizaje, sino solo sometimiento por la fuerza, abuso de poder, y reducción al
mínimo de las tribus nativas, condenadas a ocupar un territorio desértico y
estéril, como la frontera entre Arizona y Utah, donde recalaron los navajos, el
pueblo indio contratado por John Ford para que actuaran como apaches chiricahuas
y mescaleros. Al ejército de la Unión le tocó contener a los grupos de indios
violentos y defender la seguridad de los colonos llegados del Este.
Ford toma partido claramente por
la “civilización” frente a la “barbarie”, aunque no oculta en Fort Apache
(1948) los desmanes de ciertos comisionados para mermar a los indios, como
sucede con el delegado fronterizo Silas Meacham (interpretado por Grant
Withers), quien en cajas facturadas como “Biblias” oculta barriles de whisky
abrasivo, para acercar a los apaches al delirium trémens. Esta manipulación del
“buen salvaje” (tal vez, visión un tanto rousseauniana) no se muestra después
en otras obras del director, como la muy aclamada Centauros del desierto
(1956), donde los comanches aparecen como asesinos de blancos sin piedad, y
raptores de niños y niñas. Ídem en Dos cabalgan juntos (1961), que
presenta la corrupción del “alma blanca” por el salvajismo nativo. Otra
película de Ford –alejada del ámbito del western--, Siete mujeres (1966)
ofrecerá en inmolación sexual a la atea Dra. Cartwright (Anne Bancroft), en
beneficio de las vidas de sus seis compañeras de misión. De nuevo, la
“civilidad” seriamente amenazada por la “incivilidad”. Raoul Walsh fue otro
realizador que apostó por la gloria de la caballería en su filme Murieron
con las botas puestas (1941), dedicado a la locura consciente de Custer en
Little Big Horn. El general lee que se ha descubierto oro en las Montañas
Rocosas, y sabe la desbandada de oportunistas que se va a desatar hacia ellas,
así como la misión de la caballería de proteger al aventurero, por ser
cristiano y anglosajón.
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| George A. Custer |
Fort Apache recoge
la visión fordiana del sacrificio heroico de Custer, materializada en el personaje del estirado y soberbio teniente
coronel Owen Thursday (Henry Fonda, en uno de sus mejores roles), degradado tras la Guerra
Civil americana, y enviado a un triste puesto de frontera, para la vigilancia y
control de los indios apaches. Es viudo, y llega acompañado de su joven hija Philadelphia
(Shirley Temple), casi una adolescente. A través de un espejo que le sirve de
retrovisor, la chica enseguida se fija en un apuesto oficial recién salido de
West Point, el teniente segundo Michael Shannon O´Rourke (John Agar), quien
resulta ser hijo del sargento mayor Michael O´Rourke (Ward Bond), destacado en
el mismo enclave militar. Al comandante Owen no le agrada nada esta posible
relación, y prohíbe al teniente que vea a su hija.
En el fuerte, el capitán Sam
Collingwood (George O´Brien) mantiene una vieja rencilla con Owen Thursday, por
un turbio asunto sucedido durante la Guerra de Secesión. Owen es un apasionado
lector de las estrategias de Robert Lee, el gran general sureño, que sabe citar
de memoria. Sin embargo, no tiene experiencia en un entorno indio, y
menosprecia e infravalora a los apaches como una fuerza ofensiva. Así, por
ejemplo, cree tomar por jinetes nativos en movimiento lo que son mujeres y
niños arrastrando esteras para levantar polvo en el horizonte. A pesar de que
el capitán Kirby York (John Wayne, en un papel no estelar) ha cerrado un trato
de amistad con Cochise (el actor mexicano Miguel Inclán), para que sus
guerreros retornen de México y reingresen en la reserva, el comandante Owen determina
atacar. Lo hace impulsiva y descabelladamente –como Custer, quien poco midió
las fuerzas sioux de Caballo Loco--, en un terreno nada propicio a una buena
defensa, sino todo lo contrario: un desfiladero. Cualquier novato en estrategia
militar sabría considerar que los riscos de un desfiladero, para quien lo
atraviesa por su lecho, son el parapeto ideal de los tiradores. Allí se mete
Owen a todo galope, y allí él y su regimiento son baleados sin piedad desde lo
alto de la pared rocosa. Cuando se quiere dar cuenta, y ordenar la retirada, se
ha desatado un mortífero caos. A duras penas consiguen retroceder hasta una
pequeña hondonada, en la que intentan refugiarse. Pero llegan a galope tendido
los apaches, y los liquidan en segundos. Todo esto, contemplado en la distancia
por Kirby y el teniente O´Rourke, al mando de la retaguardia con sus carretas
de provisiones.
Finalmente, se planta Cochise
orgulloso ante Kirby con la bandera del regimiento. Por su parte, el combate ha
concluido. El comandante Owen ha muerto.
En el epílogo de la película
–como sucederá años después en la espléndida e inigualable El hombre que
mató a Liberty Valance (1962)—unos periodistas interrogan a Kirby (nombrado
nuevo comandante del puesto) por la leyenda de Owen Thursday, y él les responde
con lo que esperan oír: arrojo, pericia, valentía, sacrificio, honorabilidad, y
entrega a un destino final patriótico. Un desenlace cargado de nostalgia hacia
los héroes muertos, muy posiblemente inspirado por el testimonio de la viuda de
Custer en el filme de Walsh. Se trata de ocultar las imperfecciones, lo que no
da buena prensa a la milicia, lo que tiñe de oscuro el níveo fulgor de la
Gloria.
Muerto Owen Thursday, su sucesor
en el mando lo homenajea –y rinde culto—al ponerse también él una gorra que cubre
con un pañuelo blanco la nuca. Una variante del quepis francés, que se usó en
la Guerra Civil americana, y que protege mejor del sol en lugares áridos.
En Fort Apache se
explicita todo el código de Ford en lo que al ejército se refiere. Cuando llega
el joven Mike O´Rourke a casa de su padre, este, como buen creyente de
ascendencia irlandesa, está leyendo en su Biblia. La fe ante todo, porque esta
vida no es lo único que tenemos, y es preciso un temor y cuidado de Dios. Ford
cuidaba mucho la música en sus películas, generalmente llena de lirismo
sentimental, y a menudo vinculada a motivos irlandeses, o bien de la Guerra
Civil americana. El baile de oficiales está cargado de elocuente solemnidad.
Celebran el Día de San Patricio (17 de marzo), y marchan las parejas al son de
la bonita melodía “O, Dem Golden Slippers” (“Oh, esas zapatillas doradas”),
compuesta por un afroamericano, James Alan Bland, en 1879. A él también se debe
el himno del estado de Virginia de 1940 a 1997. La delicadeza musical vuelve
cuando se entona a las mujeres la balada “O, Genevieve, Sweet Genevieve”,
creada en 1869 por el letrista George Cooper y el compositor Henry Tucker. La
canción habla del recuerdo de un primer amor. Las francachelas entre los
suboficiales, con el enorme sargento Festus Mulcahy (Victor McLaglen) a la
cabeza, son de órdago, sobre todo, en lo que se refiere a la ingesta de whisky
(debilidad que les cuesta una degradación de unos días). Los personajes de Ford
siempre beben; la bebida está asociada al divertimento masculino, y es
indispensable. Recordemos a los secundarios de títulos como La diligencia
(Doc Boone / Thomas Mitchell), El hombre tranquilo (Michaleen Flynn /
Barry Fitzgerald), El hombre que mató a Liberty Valance (Dutton Peabody
/ Edmond O´Brien), La taberna del irlandés (Thomas Gilhooley / Lee
Marvin).
En lo que a la instrucción respecta,
a los nuevos reclutas se les enseña a montar sin silla, a la brava, a ser
derribados y a subir otra vez a la montura sin reproches ni aspavientos. En
esas secuencias, se deja ver otro incondicional de los repartos de Ford, Hank
Worden, un auténtico vaquero metido a actor, calvo y larguirucho, especialmente
recordado por su papel en Centauros del desierto (1956), como el
simpático loco que reclama una mecedora.
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| Hank Worden |
A título de curiosidad, Shirley
Temple contaba con 19 años cuando se rodó Fort Apache. Al ser una
actriz bajita (1,57 m.) y de rasgos aniñados, parecía todavía más joven. En ese momento, era la esposa del
coprotagonista de la película, John Agar, un militar real, exsargento, del que
se separó en 1950, y con quien tuvo una hija. Temple se retiró de la gran
pantalla en 1949.
Antonio Ángel Usábel,
enero de 2026.





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