Orson, mago de primera.

Orson, mago de primera.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Avisos para vivir.


En 1554 se publicaba anónimamente en Burgos, Alcalá y Amberes una de las mejores novelas españolas de todos los tiempos: La vida de Lazarillo de Tormes. Se suele defender el Quijote como primera novela moderna. Yo lo pongo en duda, y apuesto por el Lazarillo, libro de cabecera indispensable para todo lector curioso. El Lazarillo parte del “yo” y vuelve al “yo” y su circunstancia. Si me quiero salvar a mí mismo, tengo que salvarla a ella también. La obra es una delicia clarividente de cómo está montada la sociedad occidental: el poder fáctico de la religiosidad mal encarada y peor promulgada, la superstición, el fingimiento, la hipocresía social, la acidia, el salvavidas de los cargos funcionariales. El Lazarillo es cómo opera el cotidiano existir, sin exageraciones, fabulaciones ni ínsulas lejanas. Si quieres superar al prójimo, tienes que espabilarte, y ser más astuto y rápido que él. Mira primero por ti, y si a gusto quedas, no cuides de lo que digan los demás, que quizá hablan por hablar y no tienen lo que tú. La piedad no vale en el mundo de carne y hueso, y los dogmas de fe son un cuento y la perdición material de los ingenuos.

 
Como todo clásico, desvela cosas nuevas tras ser revisitado. Su porfiada hermenéutica ha cautivado a críticos como Francisco Rico, Juan Goytisolo y Rosa Navarro Durán, que vuelven a comentar cada cierto tiempo sus riquísimas ubres.
Adaptar bien al cine una pieza literaria maestra es un reto de altura. César Fernández Ardavín (Madrid, 1921-Boadilla, 2012) lo consiguió en 1959 y su versión gozó del aplauso del público y de la crítica, izando muy alto el pabellón de España en los momentos discutidos y polémicos del franquismo. El Lazarillo de Tormes se llevó el Oso de Oro del Festival de Berlín, superando a cintas como Al final de la escapada, de Godard. Fue el propio cineasta el encargado de elaborar el guion y para ello echó mano no solo de las diferentes versiones del original, sino también de contribuciones poéticas –tanto cultas (Garcilaso) como populares (oraciones de ciego)— que existían en la primera mitad del siglo XVI. Esta labor exploradora enriquece poderosamente la ambientación del texto, además de tornarlo más didáctico y contemporáneo a su momento. Los exteriores, rodados en Salamanca, Toledo y otros lugares emblemáticos, conservados casi como en 1500, y la banda sonora de Salvador Ruiz de Luna, con voz muy cercana a las chirimías renacentistas, contribuyen a realzar este importante fresco vivo de la España del emperador Carlos.
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Cuenta Lázaro su vida no ya a un personaje principal e ilustre de Toledo, sino a un clérigo confesor, como si decidiera sacudirse del polvo de sus pecados y partir hacia la madurez de su hombría. El ciego (magistral Carlos Casaravilla), primer amo que lo acoge de aquella manera, recita a la orilla de un río el duelo de Nemoroso: “Corrientes aguas, puras, cristalinas,/árboles que os estáis mirando en ellas,/ verde prado de fresca sombra lleno…” Sabe lo que se aplaude en la corte, pero también cómo seducir el corazón de la mujer dubitativa con sermones y monsergas la mar de sustanciosas y oportunas: “Justo Juez Divinal,/ a donde quiera que fueres,/ las armas de Cristo lleves./ Pies tendrán, y no te alcanzarán”; “Ánima sola,/ que en el campo gime y llora,/ que me tengas compasión en esta hora”. Siguiendo la edición de Alcalá de Henares, comenta unos generosos atributos que salen de la pared de este modo: “--Ves esto, Lázaro, pues muchos quieren ponerlo sobre cabeza ajena y nadie quiere tenerlo sobre la suya”. Juan José Menéndez compone, por su parte, la imagen perfecta y elocuente del hidalgo venido a menos, sórdido antecedente de Alonso Quijano y del mismo Cervantes. Margarita Lozano es la moza de taberna de vida despreocupada y ágil que da a su hijo en adopción, no sin sentir que algo se le desgarra en las entrañas al ver al muchacho partir. Y lo más terrible y árido, el acierto consumado del nihilismo que espera al genuino optimista, es el desenlace ideado por Ardavín para su película: Lázaro --niño todavía-- huye de los cómicos a quienes ha denunciado a la justicia y corre por el campo, entre las mieses. Asustado al contemplar cómo los alcanzan y detienen, se abraza a un árbol seco y enjuto. Se suele decir que “a quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”. Lázaro no ha sabido elegir a sus amos, a cuál peor, pues escapa del trueno para dar en el relámpago. Pero lo malo es que no le espera algo mejor en el futuro. Es decir, que su vida será una repetición constante del infortunio y del desamparo. Con este final tan excepcionalmente gráfico y rotundo, Ardavín burla a la censura, puesto que en la novela el protagonista, ya hecho un hombre joven, acaba casado en Toledo con la manceba de un arcipreste. Una mujer que ha parido tres veces y que va a hacerle la cama al cura. A cambio, Lázaro es heredero de su ropa usada y pregonero de sus vinos. Tan sonada deshonra requiere explicaciones, y Lázaro las da por escrito a un noble que seguramente desea saber si el arcipreste es de fiar como capellán.
 
El Lazarillo de Tormes tiene una diáfana fotografía en blanco y negro y su puesta en escena encandila todavía hoy al público adolescente –inmerso en las nuevas tecnologías y tan difícil de contentar--. Todos los chavales se sienten identificados con el niño, Marco Paoletti, con su aire inocente y frágil, tal y como corresponde a un muchacho tierno arrojado a las desventuras del mundo. No olvidemos que no hay maldad en Lázaro, que no es ningún delincuente, como sí lo serán los posteriores antihéroes del subgénero picaresco.
La película de Ardavín funciona en las clases de Literatura de ESO y Bachillerato y, si os cuento un secreto, también me funcionó a mí cuando hice mi examen de oposición como profesor de Lengua y Literatura de Enseñanza Secundaria, ya que me tocó exponer la unidad didáctica de la novela picaresca del siglo XVI, y para ilustrar mi disertación utilicé alguna secuencia de este filme. Los miembros del tribunal se sintieron conmovidos al redescubrir una obra cinematográfica que formó parte de su infancia o de su juventud, por ser tan buena adaptación de un clásico imprescindible.
Hallé una copia en VHS de la cinta de Ardavín por pura casualidad, hace unos quince años, en una liquidación de películas de vídeo del hipermercado Alcampo. Conocía el filme por algún antiguo pase por TVE y me hizo mucha ilusión poder conseguir esa copia por muy poco dinero. Lo que yo no podía sospechar entonces es cuánto me ayudaría después ese encuentro fortuito en mi trayectoria profesional.
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Hace pocos días nos ha dejado César Fernández Ardavín, quien ha fallecido por causas naturales en su domicilio de Boadilla del Monte (Madrid) el viernes, 7 de septiembre de 2012. Había nacido en Madrid el 22 de septiembre de 1921. Era hijo de pintor, y sobrino de escritor. Debutó en el cine como ayudante de dirección de Botón de ancla (1948). Sus mejores trabajos son las adaptaciones literarias El Lazarillo de Tormes (Aro Films, S.L., 1959) y La Celestina (1969), película donde por primera vez se pudo ver un pecho desnudo, el de la actriz Elisa Ramírez. Se retiró del cine en 1979.
Carlos Casaravilla (Montevideo, Uruguay, 12-10-1900; Cullera, Valencia, 17-02-1981) debutó como actor y cantante de revista, pero pronto demostró su excelente solvencia interpretativa en largometrajes españoles de prestigio, como Cómicos (1954) y Muerte de un ciclista (1955), de Juan Antonio Bardem. En esta segunda, actuaba como extorsionador de la pareja de amantes formada por Alberto Closas y Lucía Bosé. En Molokai (1959), la biografía del Padre Damián, era el leproso que se suicida de un tiro de revólver.
En 2000 los realizadores Fernando Fernán-Gómez y José Luis García Sánchez firmaban un pastiche titulado Lázaro de Tormes, que incluso se llevó el Goya al mejor guion adaptado. No era más que una comedia erótica centrada en las noches toledanas del protagonista de la novela. Estaba interpretada por Rafael Álvarez “El Brujo”, Karra Elejalde, Beatriz Rico, Manuel Alexandre, Agustín González, Francisco Rabal (el ciego) y Juan Luis Galiardo. La producción era de Andrés Vicente Gómez.


Ha rastreado, recopilado, recitado y musicado los cantares de ciego el folclorista Joaquín Díaz en, p. ej., Música en la Calle (Cd de la Fundación Joaquín Díaz y Several Records, 2003; www.funjdiaz.net, www.severalrecords.com )
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Mis reflexiones sobre La vida de Lazarillo de Tormes (1554): pincha aquí.



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