Orson, mago de primera.

Orson, mago de primera.

sábado, 18 de julio de 2020

Sombras enamoradas.

“Si el más simple sueño de amor fuera verdad,
entonces, cariño, estaríamos en el Cielo,
y esto es solo la Tierra, querida mía,
donde el amor auténtico no se ofrece.”
(Elizabeth Siddall, 1829-1862)
Desde las tradiciones culturales más primitivas, el hombre ha rendido culto a sus muertos. Objetos familiares depositados en sus tumbas, para que les hagan compañía en el más allá. Flores y exvotos sobre sus lápidas, en señal de recuerdo. No sabemos la vinculación que hay entre la vida y la muerte, si es que alguna hay. Nos gusta pensar que sí, porque, de ese modo, no morimos del todo, sino que pasamos a otro nivel de existencia distinta. Tampoco conocemos si los difuntos velan por nosotros, o si influyen de algún modo en nuestras vidas; o si nosotros, inconscientemente, alteramos las suyas. Houdini –el mayor escapista de la Historia-- todavía no ha vuelto para contarlo. El positivismo de un sepulturero veterano le lleva a opinar que solo hay podredumbre y huesos; que no ha visto nada más en años de vaciar tumbas. 
La Literatura y el Cine han reflejado esta inquietud por la pervivencia del alma humana tras la muerte. Pensemos en el famosísimo caso del espectro del padre de Hamlet, vagando maldito por las almenas de Elsinor, y apremiando a su neurótico hijo a cobrar sangrienta venganza en las personas de su tío y de su madre adúltera. O en el simpático envés de Sir Simon de Canterville, condenado a arrastrar sus cadenas por uxoricida. Hay un extraordinario cuento de Max Aub, La gabardina, gótico cien por cien, cuya acción se desarrolla a principios del siglo XX, en 1902. Es la historia de Arturo, un joven tímido que vive con su madre, recia y controladora. En un baile de carnaval conoce a Susana, una muchacha de dieciocho años, ingrávida, de ojos claros y azules. A la salida, llueve a cántaros y Arturo detiene un coche y arropa con su gabardina a la joven, quien no lleva ropa de abrigo. La acerca a su casa. Al día siguiente, se presenta allí para volver a ver a la chica y recuperar su prenda. Le recibe una anciana, que le muestra una fotografía de Susana. Murió cinco años atrás. Ante la incredulidad de Arturo, la señora lo acompaña al cementerio y le muestra el nicho de Susana, con su misma imagen. A los pies, en el suelo, cuidadosamente doblada y seca, yace también la gabardina. Arturo envejece y muere, soltero y virgen. Su cuerpo recibe sepultura en el nicho contiguo al de Susana. La gabardina recorre mundo, varios rastros y mercadillos, hasta deparar en México, convertida en prenda infantil.
Este relato de Aub tiene interés porque nos aproxima al tema del amor frustrado y al arraigo a la vida que provoca en los entes espirituales. Es evidente que Susana, una muchacha muerta “en la flor de la edad”, ha regresado para invocar de un mortal ese amor no consumado. Y se fija en Arturo, quien tampoco tiene experiencias amorosas previas. Pero, como nueva Cenicienta, todo debe acabar con el baile con el príncipe soñado. No se le permite más, ninguna prolongación. Y Arturo, hombre infantil y de poco carácter, profundamente conmovido por la naturaleza frágil y quebradiza de la joven, quedará marcado por este encuentro y obsesionado con su recuerdo. Hasta el punto de entregar su existencia a esa ensoñación.
El Cine, igualmente, ha aprovechado el umbral entre este mundo y el otro de diferentes maneras: las películas de terror con fantasmas y fenómenos extraños muy destructivos (tipo Poltergeist o La leyenda de la Mansión del Infierno); los dramas (a veces comedias, como Un marido de ida y vuelta, de Jardiel Poncela) donde un ser querido fallece, pero su espíritu queda retenido entre los vivos; y los dramas o comedias donde un ente se resiste a reconocer que ya no está en esta realidad y sale al paso de alguien especialmente receptivo. 
Vamos ahora a obviar el género de terror, y a quedarnos con las historias de aparecidos cuyo objetivo no es hacer daño a los testigos de su materialización, sino que o pretenden ayudar, o tienen sus motivos de queja. 
El primer título del que hablaremos es Sombra enamorada, una película dirigida en 1958 por Jean Negulesco, y protagonizada por Lauren Bacall y Robert Stack. Su título original es The Gift of Love, El don del amor. Es una nueva versión de la película de Walter Lang Sentimental Journey, de 1946, con John Payne y Maureen O´Hara. Ambas parten de un relato breve de la escritora Nelia Gardner White, El caballito (The Little Horse). En la cinta de Negulesco, el guionista se transforma en astrónomo y la actriz en secretaria de un doctor. Son los papeles que incorporan, respectivamente, Stack y Bacall. Cuenta la historia de Bill Beck, un científico solitario, con dificultades para socializar y empatizar, que conoce un día a Julie, una atractiva mujer, que rápidamente se encariña con él. Ambos se casan y se van a vivir a un observatorio astronómico. La pareja no tiene descendencia. Además, la mujer sabe que puede morir en cualquier momento, pues padece una dolencia cardíaca, pero oculta esta limitación a su marido. Consciente de que él no sabe llevar su vida solo, Julie visita un orfanato. Allí se encuentra con una niña rubia muy imaginativa, Hitty, a la que le gusta coleccionar caballos de juguete y hasta imitar sus relinchos. El carácter dulce y tolerante de Julie conquista enseguida a Hitty. Sin embargo, Bill no termina de ganarse a Hitty, a pesar de que intenta tener atenciones con ella. Julie enseña a Hitty las labores imprescindibles de la casa, consciente de que, cuando ella ya no esté, Hitty las pueda seguir haciendo por Bill.  Un día, repentinamente, Julie enferma de gravedad y muere. Cuando desaparece, Bill enloquece de dolor y no hay nada que le aparte de su tumba y de su recuerdo. Hitty, sintiéndose descuidada y abandonada por Bill, pide volver al orfanato, a pesar de que le ha manifestado que Julie nunca se ha ido del todo, y que dialoga con ella frecuentemente. Una vez en el hospicio, Hitty se levanta por la noche y sale con su caballito de juguete hacia los acantilados. Tropieza y cae a la playa. En ese instante, Bill siente una alarma interior y decide llamar al orfanato, para preguntar por el estado de la niña. Le dicen que esta no está en su cama y que ha desaparecido. Bill acude al lugar y se inicia una búsqueda intensa de Hitty. A Bill se le ocurre preguntar por el paraje donde Hitty y Julie se conocieron. Es justo el sitio donde se ha accidentado. Bill la encuentra, la recoge y se la lleva con él. Cuando los dos se alejan, la sombra de Julie los ve partir, definitivamente juntos, tal y como ella deseaba.
Realmente, se hace difícil elegir entre las dos versiones de la misma historia. El personaje de Hitty es interpretado por Connie Marshall en la versión de 1946. Incorpora a una niña muy imaginativa, extremadamente dulce y tierna, que sueña despierta con las leyendas del rey Arturo, Lanzarote y sus damiselas. En la adaptación de Negulesco, es Evelyn Rudie quien da vida a la niña, una Hitty más fría, dolida por anteriores adopciones fracasadas, enamorada de los equinos, y que se oculta en el interior de una taquilla para llorar y desahogarse. 

Ambas pequeñas reciben la visita de Julie, o escuchan su voz en algún momento. Intentan agarrarse a ese ser querido con toda su fuerza, como también sucumbe a su recuerdo perenne el personaje de Bill. Como si la vida no pudiera organizarse de otra manera para ellos; un sentimiento que es favorecido, y hasta alentado, por el ente desde el Más Allá. Julie une a una fantasiosa con un padre con complejo de Peter Pan. 
La gran fordiana Maureen O´Hara era Julie en la versión de Lang, y John Payne su marido. Ambos correctos en sus respectivos papeles. Fueron dos actores que coincidieron en varias producciones de los años cuarenta: Rumbo a las playas de Trípoli (1942), De ilusión también se vive (El milagro de la calle 34, 1947), Trípoli (1950).
Fantasma de amor (Fantasma d´amore), firmada en 1981 por Dino Risi, el autor de la magistral La escapada (Il sorpasso, 1962), y un realizador de producción desigual, especialmente dotado para la comedia y el drama. Protagonizada por el gran galán del cine italiano, Marcello Mastroianni, y por Romy Schneider, narra el encuentro en un autobús de un abogado de éxito, Nino Monti, con una mujer ajada, avejentada y despeinada, a la que en principio no reconoce, y a la que presta una moneda para el viaje, que resulta ser un antiguo amor de juventud, Ana Brigatti. Ambos charlan brevemente y después Nino empieza a recibir llamadas telefónicas de ella en su casa. Nino está casado con Teresa, una mujer beata de vida aburrida y sedentaria. El matrimonio no ha tenido hijos. Nino intenta ocultar su reencuentro con Ana a Teresa. En una comida de placer, un amigo de Nino, médico, le asegura que él certificó la defunción de Ana Brigatti algunos años atrás. El misterio está servido. Nino decide salir de Pavía y visitar la mansión del conde Zighi, marido de Ana. No encuentra en ella al aristócrata, sino a la propia Ana, rejuvenecida casi veinte años, quien le enseña el interior del palacio, decorado con antigüedades y muy oscuro. Durante uno de sus paseos, deciden Nino y Ana tomar un bote de remos. Ana le confiesa su triste pasado, sus relaciones forzadas con un hombre que vivía en su mismo edificio, así como el resultado final. Nino queda consternado. En la travesía, en un movimiento zozobrante, Ana cae al agua y desaparece. Conturbado por lo que cree un accidente, Nino da parte a la policía. Toda Pavía se entera del incidente del bote, incluida su esposa Teresa. Nino vuelve al palacio del conde y comienza a hablarle de Ana y a disculparse ante él. Zighi, totalmente confundido y alterado, lo expulsa de allí. En el jardín, Nino encuentra al ama de llaves, quien le confirma la muerte de su señora hace tiempo, e incluso lo conduce hasta su tumba en el cementerio. De vuelta a Pavía, sobre un puente, Nino se topa de nuevo con Ana Brigatti, cuyo espíritu parece ligado a él y a su triste experiencia mortal. La última secuencia del filme es en un sanatorio mental, a donde Nino ha sido conducido. Hasta la enfermera que se ocupa de cuidarlo tiene el rostro de una Ana juvenil. 
¿Es Nino Monti otro Don Quijote? ¿Ve lo que en realidad no es así? ¿De veras persigue el espectro de Ana a Nino? ¿Se da lo sobrenatural? Desde luego que en la acción ocurren hechos muy extraños: la moneda que presta Monti a Ana para que pague el autobús aparece repentinamente sobre la mesa de su despacho (además de en algún otro lugar); y el doctor que certificó la muerte de Ana fallece inexplicablemente después de consultar los archivos del hospital y justo antes de reunirse con Nino. La figura de un inquietante sacerdote secularizado, Don Gaspare, aficionado al esoterismo --al que interpreta el enigmático bailarín y actor germano Michael Kroecher--, contribuye a sumergir la narración en un ambiente sumamente gótico y espectral. 
Fantasma de amor es un buen filme sobre las obsesiones, sobre el presente doblegado al efecto del pasado, además de un cuento sobrenatural de primer orden, muy bien realizado por Dino Risi. Una película para saborear más de una vez, o para descubrir.
Hay otro tipo de películas que versan sobre espectros que no descansarán tranquilos hasta que hayan encontrado el amor. Por ejemplo, el gran clásico de William Dieterle Jennie (Portrait of Jennie, 1948), basada en la novela de Robert Nathan y con guion de Paul Osborn. Producida por David O. Selznick, guarda similitud, en su atmósfera, con Rebeca, otra historia donde la proyección fantasmal de una mujer muerta condiciona las vidas de los protagonistas. En este caso, es para bien, pues una muchachita (a quien interpreta Jennifer Jones) es motivo de inspiración artística para un pintor bohemio, Eben Adams (recreado magníficamente por Joseph Cotten). Se la encuentra una noche en Central Park. Jennie es una niña misteriosa: va vestida a la moda de principios de siglo, habla del káiser alemán y dice que sus padres trabajan de funambulistas en un teatro desaparecido. Al irse, Jennie se olvida un fular envuelto en un periódico viejo, que contiene noticias y anuncios de muchas décadas atrás. Eben no pintaba retratos hasta conocer a Jennie. Dibuja un boceto de ella que vende bien. En encuentros sucesivos, Jennie va creciendo. Eben investiga sobre ella. Sus padres murieron durante su actuación al romperse el cable, y ella fue recogida por una tía y enviada a un convento. 
Siempre que Eben y Jennie se encuentran están solos. No hay testigos. Eben comienza a pintar un retrato de Jennie. Sus marchantes lo visitan en su estudio cuando el lienzo está sin acabar, un símbolo de que la muchacha no es sino un fantasma. Como reza la canción que canta: “Vengo de un lugar que desconozco y al que, sin conocerlo, todos van.”
Eben sigue el rastro de la joven hasta la costa, a un lugar llamado Cabo Cob, donde en un islote hay un viejo faro abandonado. Tiene la certeza de que allí se repetirá la galerna que se la llevó de este mundo un mismo mes de octubre, veinte años antes. Su idea es tratar de salvarla de las aguas. No lo consigue, pero Jennie puede ver, y sentir, que no está sola esta vez, y que una persona la ama e intenta evitar que se la lleven las olas. La última bobina del filme es en color, en tonos verdes y sepias, hasta el momento final en el Museo Metropolitano, con el retrato de Jennie mostrado en completo esplendor.
Que la visión de Jennie no son alucinaciones de Adams lo demuestra el pañuelo dejado por ella, y que otras personas ven y tocan. Por ejemplo, el mejor amigo de Eben, el taxista Gus O´Toole (David Wayne) y la marchante protectora suya, Miss Spinney (inolvidable rol de solterona sentimental en los enormes ojos almendrados de Ethel Barrymore). 
Al principio de la acción hay un prólogo con brumas y cielos nubosos donde se diserta acerca de la existencia: ¿qué es la vida? ¿qué es la muerte? Se citan unas palabras de Eurípides: “Acaso lo que los mortales conocemos como vida no sea sino muerte, y la muerte sea la vida verdadera.”
Entre la autosugestión y la verdad sobrenatural se sitúa la más deliciosa de las historias de aparecidos: El fantasma y la señora Muir (The Ghost and Mrs. Muir, Joseph Leo Mankiewicz, 1947). Una joven viuda, Lucy Muir (Gene Tierney) y su hija Anna (Natalie Wood) alquilan La Gaviota, una casa en la costa. La sala principal de la mansión está presidida por el retrato de su antiguo propietario, el capitán Gregg (Rex Harrison), un marino ya fallecido. Lucy Muir empieza a escuchar extraños ruidos y una risa perturbadora. El espectro del capitán no desea que nadie habite su casa, y menos una mujer. Visto que no consigue espantar a Lucy Muir, se le aparece. Ella y él llegan a un acuerdo: se podrá quedar en La Gaviota y el fantasma le dictará a Lucy sus memorias de marino experimentado. El libro se publica y es bien acogido por el público. La relación entre el capitán Gregg y la joven viuda supera la simple amistad. Sin embargo, Daniel Gregg no tarda en comprender lo imposible de ese amor. Un buen día desaparece sin dejar rastro.
Pasan los años, Anna crece y se convierte en una muchachita casadera y su madre en una anciana solterona, pero en ningún modo amargada, sino resignada a su vida de retiro. Lucy duda de si, en verdad, alguna vez conoció al quisquilloso capitán Gregg. Probablemente, la casa, la ornamentación marinera –con el catalejo en el mirador—y el mismo retrato del lobo de mar, sugestionaron a Lucy hasta hacerla creer que vio la aparición y que el fantasma le contó su vida.
El epílogo de la película es uno de los más nostálgicos y maravillosos que ha creado el cine. Daniel Gregg regresa para buscar a Lucy, quien rejuvenece al ser llevada de su mano. Ambos descienden las escaleras, esquivan a la anciana criada, salen al jardín y sus sombras enamoradas se pierden envueltas en la bruma. Nunca lo imposible se volvió tan posible por la fuerza visual de la escenografía y el talento de Mankiewicz como genial director. Un filme modélico, una historia preciosa, verdaderamente inolvidable.
Otro espíritu que no descansa, porque la deuda de su pasado se ha hecho intemporal, es el de la joven condenada a desposarse con un viejo monstruoso en Una historia china de fantasmas (Ching Siu-Tung, 1987). A una aldea llega un muchacho torpe y atolondrado, nombrado nuevo recaudador de impuestos. Es tan pobre, que no lleva dinero para pagar una posada. Le hablan de un templo abandonado, escondido en un bosque. En el se adentra, de noche. Una manada de fieros lobos negros lo acosa y al alcanzar el espacio del templo, dos guerreros luchan a muerte a espada. Vence uno de ellos, que desaparece. El recaudador entra en el templo. Extrañas criaturas humanoides comienzan a surgir del polvo sin que él lo aperciba. Se le aparece una joven ataviada de blanco y muy bella, de la cual había visto un retrato en el mercado del pueblo. El recaudador y la chica flirtean. Aparecen en escena otros personajes a quienes la joven teme: un demonio bajo la forma de madre o madrastra, y una hermana melliza, muy parecida a ella en el físico, pero de aviesas intenciones. Estando el muchacho oculto en una tina de agua, conminan a la joven a encontrar un mortal, para ser sacrificado y que su sangre y alma vivifiquen al ente perverso que la ha de desposar. El recaudador se alía con el guerrero vencedor del principio para llevar las cenizas de la infeliz muchacha a su lugar de nacimiento, en un intento de conseguir su reencarnación. 
La película está tratada en clave de comedia dramática. La atmósfera sobrenatural está lograda y un cierto grado de erotismo impregna la relación sentimental entre los dos protagonistas. Más cercana a la fantasía –por sus excesos visuales de saltos, luchas, piruetas, propios de las artes marciales-- que al terror propiamente considerado, Una historia china de fantasmas entretiene y deja cierta impronta en el espectador. Salvo algún efecto ya muy superado debido a la técnica del “stop-motion”, la cinta ha  resistido considerablemente el paso del tiempo. Simpática, sin más, sin llegar a lo entrañable.
Así llegamos a Ghost (Más allá del amor), el gran éxito de 1990 en comedia romántica. Dirigida por Jerry Zucker, cuenta con un guion original de Bruce Joel Rubin. Al parecer, se lo inspiró una representación de Hamlet, por lo del espectro y la venganza. Un ejecutivo de banca –Sam Wheat (Patrick Swayze)-- es asaltado, justamente al salir de un teatro, por un delincuente callejero cuando iba junto a su pareja –Molly Jensen (Demi Moore)--. Se produce un forcejeo y suena un disparo. Entonces, Sam echa a correr tras el asaltante, que huye. Al mirar atrás, ve a Molly tendida sobre su propio cuerpo. Por un momento, se extraña de poder estar en dos sitios a la vez, de ser capaz de verse a sí mismo tendido en el suelo. Pero rápidamente comprende que algo muy serio acaba de ocurrirle: ha fallecido, y su espíritu ha abandonado su soporte material. A partir de ese momento, la acción transcurre en cómo Sam se conciencia de que ha muerto, y que, de manera preventiva, hasta que no descubra por qué le ha sucedido precisamente a él, se le va a permitir quedar atrapado entre dos mundos, el físico y el espiritual. 
Sam da con una timadora experta metida a médium inexperta. Se llama Oda Mae Brown (Whoopi Goldberg). Sorprendentemente, ella tiene poderes extrasensoriales reales y es la única que puede oír la voz de Sam. Este la presiona para que lo ayude a contactar con Molly y despedirse de ella. Pero ambos no cuentan con que un supuesto amigo y compañero de trabajo de Sam, Carl (Tony Goldwyn), fue quien planeó el asalto en la calle y su eliminación, para ocultar una evasión de capitales. Al descubrir esta sucia trama, Sam decide vengarse de Carl y, a la vez, proteger a Molly. 
La película es una comedia dramática con momentos chispeantes, como las sesiones de espiritismo de Oda y el encuentro de Sam con otro fantasma en un vagón de Metro, a quien pide ayuda para aprender a mover los objetos por telequinesia. 
Ghost es un bonito cuento para confiar en la certeza de otra vida, de un Más Allá que nos espera con su haz blanco luminoso, siempre que nuestra conducta haya sido positiva. De lo contrario, los negros demonios del Infierno nos llevarán a las cloacas del inframundo.
© Antonio Ángel Usábel, julio de 2020.

viernes, 19 de junio de 2020

Moulin Rouge.

“Un cartel debe entrar por los ojos con una violencia tal

que el espectador no tenga defensa posible.”

(Toulouse-Lautrec)
El Moulin Rouge es uno de los locales de diversión con más solera en París. Situado al pie de la colina de Montmartre, fue inaugurado el 6 de octubre de 1889. Para entonces, un joven pintor de sangre azul, Henri de Toulouse-Lautrec, llevaba cuatro residiendo en ese barrio obrero de la capital, que acogía a artesanos y artistas bohemios, y que limitaba con un próspero viñedo.
Lautrec era un entusiasta de la vida nocturna. Con su 1,52 de estatura apenas despegaba del suelo, y su cabeza parecía más grande que su cuerpo. Toulouse pintaba a las cantantes y bailarinas de los cabarets, a los camareros, los clientes y las prostitutas. El Moulin Rouge fue producto del convenio entre dos socios: Joseph Oller y Charles Zidler.  El primero, hijo de un comerciante de tejidos catalán, había nacido en Tarrasa (Barcelona) en 1839, pero con tan solo tres años de edad se lo llevaron a vivir a París. El segundo era francés de origen. Oller fue el inventor del juego de apuestas mutuas aplicado a las carreras de caballos, y el constructor de la primera gran piscina cubierta de la capital francesa, en 1885. Padrino de salas de fiestas y de circos estables, Oller y su socio Zidler propusieron a Toulouse-Lautrec la confección de varios carteles para promocionar por toda la ciudad su nuevo local de diversión. La idea cundió, y fueron treinta y uno los carteles realizados por el famoso pintor y dibujante para aquel negocio. El estilo de Lautrec, un apunte rápido pero vigoroso, no solo capta el movimiento, sino también la psicología del personaje retratado. La Goulue -La Codiciosa—y su pareja de baile, Valentin-le-Désossé (Valentín el Deshuesado), quienes empezaron como artistas aficionados, fueron los protagonistas del primer cartel.
La historia de la fundación de aquel mítico local de diversión fue llevada al cine –con algunos cambios y licencias—por Jean Renoir en 1954-55. En French Cancán, Oller pasó a llamarse Henri Danglard, un simpático empresario de costumbres libertinas, frecuentemente endeudado hasta las cejas, pero no por ello menos confiado y optimista, al que dio vida espléndidamente Jean Gabin, el Spencer Tracy galo. Propietario del cabaret El biombo chino, donde danza ligera de ropa su amante, la bellísima Lola de Castro (María Félix), se le ocurre comprar otro garito más popular para derribarlo y en su espacio levantar un nuevo cabaret. En plena construcción se queda sin dinero y ha de venir en su auxilio un príncipe extranjero, enamorado del nuevo valor de Danglard, la joven bailarina Nini (François Arnoul). Danglard fluctúa entre Lola, Nini, y cualquier otra mujer preciosa que se le cruce en el camino. Henri –un alma libre, entregada a los placeres fugaces-- inyecta el veneno del espectáculo en las venas de la humilde panadera Nini, quien va a consagrar su vida entera a él. 
French Cancán es un bello homenaje de Jean Renoir a Montmartre –su barrio natal—y a sus pintores impresionistas. Muchas de las secuencias de la película imitan las composiciones de Degas, Pissarro o el propio Pierre-Auguste Renoir, padre del director: los ensayos de las bailarinas, las terrazas de los cafés de Montmartre, el color intenso del cielo y del césped. Es un Montmartre de estudio, pero ejemplarmente reconstruido. En la historia, llama la atención la decisión de Nini de perder la virginidad con su novio, antes de ser reclutada para el cabaret por Danglard. Existía el convencimiento de que los empresarios del mundo del espectáculo se aprovechaban de sus jóvenes nuevos talentos femeninos. Y no en vano, Nini llega a enamorarse de Danglard y a intimar con él una temporada. Las estrellas de variedades tienen su fecha de caducidad. Por las cuestas del barrio o al pie de sus famosas escaleras transitan antiguas viejas glorias, convertidas en sombras desarrapadas ambulantes, a las que casi nadie recuerda. Salvo Danglard, que siempre guarda una moneda para ellas.

Los veinticinco minutos finales del filme, que corresponden a la inauguración del Moulin Rouge, son verdaderamente apoteósicos. Un canto a la vida, a vivirla con alegría (como lo es toda la película en sí) y un excelso homenaje al universo del entretenimiento. Porque el arte debe, ante todo, entretener, distraer al público; hacer que olvide sus problemas, y que todo el mundo salga del local con una sonrisa y una rosa abierta en el corazón.
La película de ficción más antigua que tiene como escenario el famoso cabaret es, precisamente, Moulin Rouge, una lujosa producción británica dirigida en 1927-28 por Ewald André Dupont. El reparto lo encabeza la esplendente rusa Olga Tschechowa, actriz luego favorita del régimen nazi (aunque, al parecer, ella espiaba para los soviéticos), secundada por Eve Gray y Jean Bradin. Se el filme de Renoir concluía con una apoteosis, el de Dupont se inicia con una gran obertura de varios minutos con las grandes actuaciones del Moulin (rodadas, en realidad, en el Casino de París). Entre el público están la joven Margaret y su prometido André, quienes han ido a ver, sobre todo, a la madre de ella, la deslumbrante vedette Parysia (O. Tschechowa). Madre e hija llevan algunos años sin verse. Cuando Margaret presenta a André a Parysia, brotan antorchas de las pupilas de este. El muchacho, hijo de un aristócrata ajeno y estricto que vive en el campo, cae rendido ante los atractivos de la madre. Todo el argumento –realmente folletinesco, pero muy bien narrado—incide en el dilema que se le plantea a André: si casarse con Margaret –como es el deseo y el sueño de la joven--, o confesar abiertamente su pasión por Parysia. Parysia siente también atracción por André, pero se contiene para no empañar la ilusión de su hija. Cuando Margaret decide visitar al padre de su prometido, para convencerlo de que apruebe su boda, André –en un acto muy cobarde y ruin—estropea los frenos de su coche deportivo. La muchacha se estrella, junto con André, que ha ido a detenerla en otro vehículo. Operada a vida o muerte, logra salvarse. Parysia, decepcionada e irritada con André, le hace recapacitar. El joven decide casarse con Margaret, dando feliz cumplimiento al deseo de esta.
Ewald André Dupont fue uno de los pioneros del expresionismo. Se advierte, especialmente, en la secuencia de la habitación de la clínica. Cuando Parysia se despide de André y de Margaret, vemos su sombra discurriendo por la pared, como si fuera una presencia ya incorpórea, que en verdad desaparece de la vida de su joven enamorado.

Moulin Rouge es una película silente, muy eficazmente restaurada por The British Film Institute a partir de un negativo danés en nitrato. Cuenta con la dirección artística de Alfred Junge y con la fotografía, en excelente blanco y negro, de Werner Brandes. Un filme llamativo, cautivador, que ha resistido bastante bien el paso del tiempo, en el que destaca la subyugadora interpretación de Olga Tschechowa. Para descubrir.
En 1952 se estrenó otro Moulin Rouge, el de John Huston, versión fílmica de la novela de Pierre La Mure, recreación literaria de las andanzas por Montmartre del tullido Toulouse-Lautrec. José Ferrer, en una caracterización magistral, caminaba de rodillas para simular la talla del infeliz pintor. Un ambiente conseguidísimo, con una iluminación y una fotografía en color que recrea fielmente los diseños originales de Lautrec. Un drama intenso, fascinante, brillantemente rodado. Una recuperación de aquellas figuras emblemáticas del cabaret: La Goulue, Valentín, Jane Avril, Chocolat… Las mismas que visitan a Henri en su lecho de muerte, derrotado por la absenta y en la fiebre delirante del alcohólico perdido.
La película hoy más popular ambientada en el emblemático cabaret parisino es, sin duda, el Moulin Rouge de Baz Luhrmann de 2001, con guion propio y de Craig Pearce, y una Nicole Kidman de ensueño, que quita el hipo. Realmente, ver descender del techo a la estrella del espectáculo, Satine / Kidman, sentada en un trapecio y meciéndose en él, al aire las piernas de meridiano de Greenwich, vale casi por todo el irregular planteamiento, nudo y desenlace de este filme. Una Nicole bellísima, quien encandila a un joven escritor, Christian (Ewan McGregor), alojado frente al local. El “propietario” de la joven es la propuesta perversa del príncipe bondadoso de French Cancán, el malvado, posesivo, rancio y envidioso The Duke (Richard Roxburgh). Para sostener entre bambalinas su penoso idilio, Christian ha de improvisar el libreto de un vodevil ante la atónita y confusa mirada del potentado villano. Todo ello sazonado con evocaciones de temas musicales diversos (clásicos de los cincuenta, sesenta, setenta) y un tono de comedia bufa que desconcierta, pero que de hecho no está muy alejado del esquema de teatro cómico musical que se hacía en el París de la Belle Époque, donde, por otra parte, las artistas de moda se convertían en cortesanas de postín, mantenidas por aristócratas y burgueses acomodados. El Lautrec que aparece aquí –interpretado por John Leguizamo—es uno más de la farándula; el verdadero Toulouse, en 1900 exactamente, tenía ya un pie (o los dos) en otro barrio distinto de Montmartre. Bombillas, luz eléctrica por doquier; llega la era moderna. Moulin Rouge se rodó en los estudios de la Fox en Sídney (Australia). Un París recreado digitalmente y unos espacios exagerados para colar unos juegos de cámara y unos encuadres que acrecientan, y agigantan demasiado hiperbólicamente el estilo pop de la historia. Este Moulin Rouge de Luhrmann destila todo su barroquismo antinatural, caminando paralelo a una novela gráfica de nuestro tiempo.

© Antonio Ángel Usábel, junio de 2020.



domingo, 7 de junio de 2020

Plagas de cine.

Quién iba a decirnos a nosotros, hace tan solo un año, que las plagas dejarían de ser un recurso temático del cine de ciencia-ficción o terror, generalmente de serie-B, para convertirse en una amenaza auténtica, en una pesadilla sin fin.
El Covid-19 nos tiene sometidos con toda la fiereza de un supuesto virus procedente del espacio exterior, o quizá liberado por fatal error de los hielos del Ártico. Ahora estamos viviendo, o hemos vivido, situaciones impensables para la vida real, que solo creíamos que sufrirían los héroes de la pantalla. 48.000 víctimas mortales que ha podido causar el coronavirus en España, según estimación del INE (Instituto Nacional de Estadística), entre marzo y junio de 2020. A veces, no hay mayor historia de terror que la de la propia realidad.
Vamos a hacer un repaso a algunos títulos del cine que nos atemorizaron con plagas.
Naturalmente, todo comienza con una historia mítica, la del castigo que envió Yahvé a los egipcios por no dejar salir de su dominio al pueblo elegido. Entre otros asombros, las aguas se tiñeron de rojo, el ganado enfermó y murió, la piel de los hombres se corrompió, los primogénitos perecieron. Lo escenifica Cecil B. DeMille en su largometraje Los diez mandamientos (1956).

Eso pasó antes de Cristo. Pero seis años antes del tributo de DeMille al libro del Éxodo, otro director, Elia Kazan, adaptaba una ficción de Edna y Edward Anhalt a la que llamó Pánico en las calles. Un doctor militar (Richard Widmark) y un policía (Paul Douglas) debían dar caza a un peligroso asesino, Blackie (Jack Palance), que estaba infectado por un virus neumónico letal. Y fueron tras él sin guantes ni mascarilla. A saber las decenas de personas que el angelito habría infectado en cuarenta y ocho horas de persecución. Este drama funciona si nos olvidamos de los condicionantes científicos y nos atenemos a los requisitos del cine negro, parámetros con los que fue rodado.
Por aquellos mismos años cincuenta, un escritor de ciencia-ficción, Richard Matheson, publicaba Soy leyenda. Una pandemia ha convertido a los seres humanos en muertos vivientes, en vampiros torpes que se esconden del Sol y salen con la Luna, para asaltar la casa del único superviviente, Robert Neville, quien ha perdido a su esposa y a su hija. Neville resiste noche tras noche el acoso de los vampiros, y por el día vaga por una ciudad desierta hundiendo estacas en los diablos dormidos, recogiendo sus cadáveres y llevándolos a un vertedero. La novela de Matheson, ambientada en 1976, fue fielmente filmada en blanco y negro por Sidney Salkow en 1964. Tuvo de protagonista a uno de los príncipes del terror, Vincent Price, y su dramática inmolación final en un altar adelantaba a la de La profecía. El último hombre sobre la Tierra o Soy leyenda es una película lograda, de una atmósfera claustrofóbica que mantiene al espectador en tensión. Uno de los mejores trabajos de Price, esta vez en un rol principal. En taquilla fue un fiasco; tampoco satisfizo al autor de la novela, pero la cinta ha ido ganando adeptos con los años.
En 1971, Robert Wise firmó una de las películas de ficción científica más conseguidas y mejor planificadas: La amenaza de Andrómeda. Partía de una novela original de Michael Crichton. Un satélite militar trae a la Tierra un virus mortal que coagula la sangre en el interior del cuerpo. Este efecto algo nos suena, porque el Covid-19 provoca embolia pulmonar y trombosis coronaria. Los afectados son solo los habitantes de un pequeño pueblo de Nuevo México y el satélite es prontamente conducido a una instalación militar secreta para su estudio. Las medidas técnicas de seguridad se basan en experiencias reales y dotan de poderosa credibilidad a la acción.
Menos efectiva es The Crazies (1973), de George A. Romero. Un producto de serie B sobre un virus que enloquece a quienes infecta. El patógeno es un arma biológica que se ha diseminado por una población al estrellarse un avión militar de transporte. El virus se ha filtrado a los acuíferos del valle. Rodada con escasez evidente de medios, la primera media hora del metraje es pésima, con unos actores de segunda que parecen verdaderos aficionados. Sin embargo, la calidad remonta seguidamente y la acción gana en interés. Los disparos y las heridas por impactos de bala están muy bien hechos. Y el guion, del propio director, plantea cuestiones interesantes, que también nos afectan hoy: cómo saber quién está infectado, la necesidad de tomar muestras de sangre a la población, la injerencia de la autoridad pública en el ámbito privado de los individuos, el control de las personas. Un filme que llega al aprobado justito y que por momentos resulta simpático y loable. Contó con una digna nueva versión en 2010, a cargo de Breck Eisner y producida por el propio Romero.
En 1995, se estrena Virus, de Armand Mastroianni, una discreta producción sobre un brote de Ébola en un hospital norteamericano. Parte de un relato del especialista en ficción médica Robin Cook. Alterna la indagación científica con una composición de thriller, pues el brote de virus hemorrágico es provocado por un grupo de médicos que desean consolidar su prestigio dentro de, según ellos, un depauperado sistema de salud. La interpretación de la británica Nicolette Sheridan es muy correcta, y viene muy discretamente secundada por el televisivo “villano” William Devane.

De ese mismo año, es la popular Estallido, dirigida por Wolfgang Petersen, y protagonizada por Dustin Hoffman y Rene Russo. Un mono africano llevado a Estados Unidos porta un virus de fiebre hemorrágica. En tan solo cuarenta y ocho horas puede extenderse por toda la nación. El ejército se adueña del control. Aunque cuenta con un buen reparto (Morgan Freeman, Donald Sutherland), la película es irregular y no resulta.
Más artesanal, pero mucho más intensa e interesante, es la huida de unos supervivientes de una pandemia, planteada como una película de carretera. Se trata de Infectados (2009), de Álex y David Pastor, con guion propio. Cuatro jóvenes escapan en un coche, y en el trayecto se ven obligados a recoger a un padre y a su hija pequeña. La niña resulta ser portadora del virus. Se desata la tensión entre los ocupantes del vehículo. Una de sus paradas es en un hospital donde sobrevive un único doctor, quien ayuda a morir a los niños enfermos. La película refleja muy bien cómo el ser humano pasa de amigo a enemigo, cómo cualquiera puede convertirse en un extraño y una amenaza para los demás por efecto del contagio. Una ruptura de relaciones que recuerda a la cita evangélica: “No he venido a traer paz, sino espada” (Mt 10, 34). Una cinta dura, en la que, por cierto, se ve a un oriental ahorcado y con el cartel “Lo han traído los chinos”. Las interpretaciones son eficaces; a destacar, las de Chris Pine y Piper Perabo. 
Así llegamos a Contagio, la película de Warner Bros. de 2011, obra de Steven Soderbergh, que mejor plasma la situación vivida por nuestra sociedad de hoy. Múltiples escenarios del mundo donde se extiende la pandemia, con doctoras luchando contra ella con medidas de prevención que se antojan insuficientes: mascarillas, guantes, trajes aislantes, geles, etc. El guion se debe a Scott Z. Burns. Un solo toque (a alguien, un objeto), una transmisión. Calles abandonadas, entierros masivos en fosas comunes, etc. Destaca el trabajo de una muy dramática Kate Winslet, arropada por Matt Damon, Jude Law, Laurence Fishburne y Marion Cotillard.

No hay nada como experimentar un drama para apreciar su magnitud. Todas esas amenazas nos parecían exageradas, irreales, cinematográficas, de ciencia-ficción. Y, sin embargo, cuán potentes y auténticas se nos presentan ahora, inmersos en una pandemia que ha cambiado nuestras vidas y que no sabemos a dónde nos llevará y hasta cuándo.
Quizá hasta cuando el destino nos alcance.
© Antonio Ángel Usábel, junio de 2020.

martes, 7 de abril de 2020

La otra dimensión de Garabandal.

Garabandal, solo Dios lo sabe es una producción española dirigida por Brian Alexander Jackson (al parecer, seminarista o sacerdote ya), estrenada oficialmente en México en septiembre de 2018, y con una difusión en España muy limitada (enero y febrero de ese mismo año).
No se sabe muy bien por qué los productores, durante esta Semana Santa y hasta el domingo de Resurrección (12 de abril), permiten su visionado libre en la siguiente página oficial:

Se trata de un largometraje modesto, realizado con limitación de medios, y con actores aficionados participando en el reparto. Uno de los promotores del proyecto fue el Padre José Luis Saavedra –autor de una tesis sobre las apariciones en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra--, quien buscó entre conocidos de Toledo los rostros para algunos de los personajes principales: el brigada de la Guardia Civil Juan Álvarez Seco (Fernando García Linares), don Valentín Marichalar, el párroco (Rafael Samino Arjona), Conchita González (Belén Garde García, titulada en Magisterio, y religiosa).
El rodaje se llevó a cabo entre rezo y rezo. Todos los integrantes del equipo son laicos comprometidos con instituciones de la Iglesia católica. Muy en particular con los Siervos/-as del Hogar de la Madre, una organización consagrada presente en distintos lugares (en Zurita, Cantabria, en Jacksonville, Florida, en Belmonte, Cuenca, en Arroyomolinos, Madrid, y en países como Irlanda, Italia y Ecuador). El director de esta película y la protagonista pertenecen a este grupo.
Ni qué decir tiene que esta película pretende reavivar la investigación del Vaticano sobre las apariciones en el pequeño y remoto pueblo cántabro de San Sebastián de Garabandal, en Rionansa. Unas apariciones –presuntamente primero del Arcángel San Miguel, y de la Virgen del Carmen seguidamente-- cuyas principales testigos fueron cuatro niñas de doce y once años de la localidad: Conchita González, Jacinta González, Mari Loli Mazón (fallecida en 2009) y Mari Cruz González. La actante de las visiones fue la primera y mayor, Conchita, quien fue la única que las mantuvo hasta 1965 (comenzaron en junio de 1961). En este tipo de situaciones, siempre hay una actante, una testigo-visionaria principal, que obra en solitario (Lourdes) o bien en compañía de otros videntes secundarios (Fátima). La principal vidente es la que dirige los acontecimientos, y la que más influye siempre en sus compañeros/-as. Es sugestionable y al mismo tiempo tiene un gran poder de sugestión y de convencimiento sobre quienes la secundan. ¿Quiere esto decir que lo visto es todo una invención? No, al menos no en cuanto a montaje malintencionado. Nadie, a día de hoy, puede conocer exactamente qué es lo que ocurre durante una presunta visión celestial. Si es solo un proceso de sobreestimulación mental, si se trata de un fenómeno de histeria grupal, si hay percepciones extrasensoriales, si hay “algo” inexplicable desde un punto de vista racional y científico.

Evidentemente, siempre los mensajes se dirigen contra el materialismo mundano, contra la falta o la falsa espiritualidad, contra la ausencia o pobreza de conversiones, contra los pecados del mundo, y suelen defender la pureza, legitimidad e integridad del dogma católico, desde posiciones ortodoxas.

Las apariciones de Garabandal coinciden en el tiempo (1961) con el plazo que dio la Virgen de Fátima para la revelación y cumplimiento del controvertido “tercer secreto” y con la preparación de un acontecimiento de suma trascendencia en la Iglesia católica: el Concilio Vaticano II (anunciado por el Papa Juan XXIII en enero de 1959). Este Concilio ecuménico fue el primero en defender y potenciar la participación de los fieles laicos en las instituciones eclesiásticas, así como la comprensión, el acercamiento y diálogo con otras religiones. Se acabaron con él las misas en latín y de espalda a los fieles. Se autorizó la lectura de la Biblia en lengua vernácula y su interpretación personal. El sacerdote ya no tenía el poder de la Palabra. La Palabra hablaba a todos y a cada uno de los fieles que se aproximaran a ella. Naturalmente, esta nueva postura de la Iglesia asustó, y mucho, a los más conservadores. En Garabandal, uno de los mensajes supuestos de la Virgen, se refiere a la dispersión y corrupción del clero, no se sabe si por efecto de lo que vendría con el Concilio --la apertura a los laicos--, o si profetiza los casos de abusos sexuales que hemos vivido recientemente en varios países. Otros mensajes aluden a la falta de fe, a la pérdida de paciencia ante los infinitos pecados por parte de Jesucristo (la copa no solo se está llenando, sino que ya rebosa) y a una necesidad urgente de un cambio de actitud merced a una conversión sincera. Es decir, tópicos comunes a casi todas las supuestas apariciones marianas.
En Garabandal, Conchita González fue la portadora de un secreto que debería desvelarse en un futuro, algo muy frecuente también en este tipo de sucesos. Según ella, ocurrirá en Garabandal, un jueves, un milagro que dejará huella permanente sobre el paisaje, sobre los pinos, y que incluso podrá ser contemplado desde otros espacios; el tiempo se detendrá universalmente durante diez o quince minutos y cada persona será consciente de ello. Sucederá a las ocho y media de la tarde, entre los días 6 y 16, bien de marzo, abril o mayo, y coincidiendo con la festividad de un santo mártir vinculado a la Eucaristía. Habrá enfermos que quedarán curados e incrédulos que cobrarán fe.

La Iglesia católica no ha dado respaldo oficial a estos mensajes ni a las mismas apariciones. En 1984, una de las videntes, Mari Cruz González (quien sigue poseyendo una casa en el vecindario), se retractó públicamente de todo lo declarado (v. edición impresa de El País, 17 de junio de 1984). Señaló a la mayor, Conchita, como actante de las visiones, quien sí experimentó un “éxtasis” o algo parecido, y a continuación se lo inculcó a las otras tres niñas. Según Mari Cruz, en Garabandal nunca hubo nada, y las peregrinaciones hacia el lugar carecen de justificación.
Según refiere el entonces brigada D. Juan Álvarez Seco, en informe de 07 de marzo de 1969, Garabandal era un pueblo muy religioso: rezo del Ángelus a las doce del mediodía, del rosario por la tarde, y procesión de farol y campanilla para las oraciones nocturnas. Sin embargo, cuando comenzaron las apariciones hubo quienes sospecharon que a las niñas les daban pastillas. El brigada, muy creyente católico, respaldó la veracidad de las visiones y su testimonio es hoy el principal documento que ha sustentado el guion de la película. Incluso afirma este guardia civil que vio cómo Conchita ascendía en éxtasis horizontalmente desde el suelo de la cocina de su casa durante unos pocos segundos. Quien quiera recordar la escena de levitación de la niña poseída por el demonio en El exorcista, identificará como familiar esta apoteosis.

Las inexactitudes del largometraje de 2018: don Valentín, el párroco, tenía tendencia a la tartamudez (no se muestra así en la ficción); la conversión del Dr. Luis Morales Noriega, afamado psiquiatra de Santander, se deja sin explicar (se debió a que su esposa, enferma de cáncer, y fervorosa creyente, solicitó besar una de las medallas bendecidas por la Virgen, lo cual la reconfortó en gran medida); el Padre Luis María Andréu, jesuita, convencido defensor de lo ocurrido, murió poco después de haber participado él mismo en la visión de un milagro junto a las niñas. No estaba enfermo, era joven (36 años), y se quedó muerto dentro del coche que lo bajaba de Garabandal, a la altura de Reinosa, después de dar gracias al Cielo por haberle permitido saber que después de esta vida hay otra en la cual seremos confortados. Sus palabras textuales parece que fueron estas: “Estoy pleno de dicha. ¡Qué regalo me ha hecho la Virgen! Que suerte tener una madre así en el cielo. No hay que tener miedo a la vida sobrenatural. Las niñas nos han dado ejemplo de cómo hay que tratar a la Virgen. A mí no me cabe duda que lo de las niñas es verdad. ¿Por qué nos habrá elegido a la Virgen a nosotros? Hoy es el día más feliz de mi vida.”

El Padre Luis María Andréu pertenecía a una familia ultracatólica, en la cual todos estaban ordenados.
Algunos ven, o creen ver, o quieren ver. Otros se empeñan en negar cualquier posibilidad de visión. Hay quien piensa que… a lo mejor pudo haber “algo” en Garabandal. Estas diferentes actitudes se dan habitualmente en todo lugar donde se registran apariciones sobrenaturales de matiz místico. Quizá la ciencia física (o la neurofisiológica) consiga explicar algún día qué ocurre exactamente durante este tipo de fenómenos o manifestaciones. Puertas abiertas a una dimensión desconocida, pero posible; o acaso mentes dominantes e hipnóticas. Hasta ese momento, que cada uno crea (o no crea) lo que su conciencia –o su consciencia—le aconseje.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2020.

domingo, 9 de febrero de 2020

Yo soy Espartaco.

Bryna se asomó por la ventana de la cocina

un día que nevaba. Allí, en el patio, sobre

la capa blanca, resplandecía una caja de oro.

Bryna fue y la abrió. Dentro sonreía

el pequeño Issur.

Todos los días mueren personas. Pero no muy a menudo individuos que rebasen el siglo de vida. Kirk Douglas (Issur Danielovitch Demsky) ha muerto en Beverly Hills, Los Ángeles con 103 años. Había nacido en Amsterdam, una población del condado de Montgomery (Nueva York), en diciembre de 1916. Su existencia se ha apagado el 5 de febrero de 2020. Licenciado en Filosofía y Letras en la Universidad de Saint Lawrence, para la que trabajó de jardinero, estudió arte dramático en Nueva York y allí hizo amistad con Lauren Bacall. Debutó en el teatro en 1941, y en el cine en 1946, en el filme El extraño amor de Martha Ivers, un potente thriller dirigido por Lewis Milestone, con guion de Robert Rossen, y coprotagonizado por Van Heflin y Barbara Stanwyck.  De Paramount pasó a la Fox, donde pronto consiguió papeles de importancia: El ídolo de barro (Mark Robson, 1949), con guion de Carl Foreman, sobre un púgil ambicioso, su primera nominación al Oscar; del mismo Foreman le llegó un relato hoy no muy recordado, pero realmente excelente, El trompetista (Michael Curtiz, 1950), donde dio cuerpo a Rick Martin, un músico de jazz defensor del nuevo estilo y donde compartió créditos con Lauren Bacall y Doris Day; el potente western Camino de la horca (Raoul Walsh, 1951), coprotagonizado por un secundario de oro, Walter Brennan; Río de sangre (Howard Hawks, 1952), una imperecedera cinta de aventuras fronterizas con una barcaza remontando el Missouri, en el territorio de los pies negros. Una obra verdaderamente “de culto”.
Enseguida vendrían sus largometrajes sobre el proceloso mundo de Hollywood, ambos dirigidos con meritorio y recio pulso por Vincente Minnelli: Cautivos del mal (1952) y Dos semanas en otra ciudad (1962), los dos con guion de Charles Schnee. Sin duda, de las mejores interpretaciones de Douglas. El actor alternó el melodrama intenso con películas de aventuras y de mero entretenimiento, pero muy bien realizadas: 20.000 leguas de viaje submarino (1954), Ulises (1954), Los vikingos (1958).
En esa década de los 50, Douglas alcanzó verdaderos hitos interpretativos en dramas de impecable factura: El gran carnaval (Billy Wilder, 1952), uno de sus papeles más interesantes: el de un periodista de un modesto medio local que explota el accidente en una cueva india para hacerse famoso; un descrédito despiadado de Wilder hacia el sensacionalismo. De la mano de Minnelli y de George Cukor, Kirk Douglas rozará la cumbre en El loco del pelo rojo (1956), la biografía de Van Gogh, literalmente bautizada, en el original, como “Lujuria por la vida”. Este filme fue su gran esperanza para el Oscar a actor protagonista. No pudo ser. Se lo arrebató Yul Brynner por El rey y yo. Sí lo obtuvo Anthony Quinn por encarnar a Gauguin. 1957 fue el año en que compitió Gigante, con tres nominados: James Dean (en su última aparición), Mercedes McCambridge y Rock Hudson (sin duda, y estimado unánimemente, su mejor rol y película).
En ese mismo momento, Douglas estrena Senderos de gloria, con Kubrick en la dirección, en la que hace de un militar que defiende a sus soldados de la acusación de cobardía. Adolphe Menjou y George Macready prestan su rostro de época a esta historia ambientada en el frente de la Gran Guerra. Douglas toma parte en la producción, a través de su firma Bryna (el nombre de su madre). Casi dos décadas después, y siguiendo su iniciativa, su jovencísimo hijo Michael pasará de hacer su pequeño papel de detective en Las calles de San Francisco a producir uno de los largometrajes más sólidos de la Historia: Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975).
Dos westerns de Douglas merecen capítulo aparte: Duelo de titanes y El último tren de Gun Hill. Ambos firmados por John Sturges, el oficiante de La gran evasión. En la primera, con guion del novelista Leon Uris (autor de Éxodo), Douglas es Doc Holliday, el tahúr tuberculoso quien arrastra en pos de sí a la otoñal Kate Fisher, esmeradamente interpretada por Jo Van Fleet (solo un año mayor). Kirk compartió reparto con su “alter ego” en la pantalla a la hora de elegir dramas de intensidad pareja, Burt Lancaster. Lancaster era el sheriff Wyatt Earp, el mítico héroe de OK Corral. En el segundo título, Kirk da vida al comisario Matt Morgan, quien se enfrenta a un viejo amigo para vengar el ultraje y horrible asesinato de su esposa india. Le presenta réplica, de nuevo, el gran Anthony Quinn.

La década de 1960 se abre con un muy renombrado drama de amor, Un extraño en mi vida, de Richard Quine. Una de esas historias que uno no se cansa de volver a ver. Con guion del mismo novelista Evan Hunter, cuenta la relación adúltera e imposible de Larry Coe, arquitecto, con Maggie Gault (Kim Novak), ambos casados. 
El novelista Howard Fast y el guionista Dalton Trumbo –que eran sospechosos de simpatizar con el comunismo—brindaron a Douglas y a Bryna la oportunidad de filmar la primera gran rebelión de esclavos de que se tiene noticia: Espartaco (Stanley Kubrick, 1960). Douglas necesitaba hacer un filme histórico de gran altura y formidable consistencia, que huyera del cartón piedra al uso y fuera como un mirador abierto al pasado, a la Roma republicana. Para ello iba a contar con la intervención de un elenco de lujo: Laurence Olivier (Craso), Charles Laughton (Graco), Peter Ustinov (Léntulo Baciato), Jean Simmons (esclava Varinia), Tony Curtis (esclavo Antonino), John Gavin (Julio César), Nina Foch (Helena), John Ireland (gladiador Crixo), Woody Strode (gladiador Draba), Herbert Lom (Tigranes). La película la comenzó Anthony Mann, quien rodó la secuencia de la cantera del principio. Pero fuertes desavenencias con Douglas lo llevaron a ser reemplazado por Kubrick, detallista, perfeccionista, metódico, hasta el punto de hacer que Ustinov ideara el chiste de que él se ganaba la vida, como actor… haciendo Espartaco.

Parte de Espartaco se rodó en la Comunidad de Madrid. En concreto, en Colmenar Viejo, toda la secuencia de la batalla final, donde tomó parte activa el ejército español. Kubrick quería militares disciplinados que se movieran en perfecta formación por el campo de batalla. Así que logró lo que pretendía, porque la escena quedó majestuosa y convincente. King Vidor había hecho lo mismo con Salomón y la reina de Saba (1959), que también se rodó en las proximidades de Madrid, y con extras y técnicos españoles. 

La derrota de los esclavos se inmortalizó como victoria moral, al no permitir que el estricto Craso descubriera a su jefe. En el instante en que se pregunta cuál de ellos es Espartaco, los rebeldes, al unísono, se levantan del suelo y gritan: “--¡Yo! ¡Yo soy Espartaco!” El encubrimiento les cuesta ir siendo crucificados desde ese punto hasta las murallas de Roma. Las sospechas de Craso se traducen en dejar para el final a dos prisioneros, quienes lucharán a muerte entre ellos. El derrotado perecerá rápidamente por la espada; el vencedor morirá lentamente en la cruz.

La recreación histórica es tan contundente y de tal fuerza que nos acerca la cruda realidad trágica de los hombres condenados a batirse diariamente, a veces hasta la muerte, los gladiadores. En una escena en la escuela de lucha, Espartaco se dirige a Draba, otro compañero de suertes, y le dice: “—Me gustaría ser tu amigo.” A lo que el otro le responde: “—Los gladiadores no tenemos amigos. Mañana podemos salir a la arena, y entonces tendré que matarte. O tú a mí.”

Espartaco es la gran creación de Kirk Douglas, tanto a nivel de producción como a escala interpretativa. Es una película de muy amplio presupuesto y realizada con ambición. Muy audaz, u osada, al plantear una escena de bisexualidad, en el baño, entre Craso y Antonino. El diálogo del gusto por las ostras y los caracoles fue, finalmente, amputado, y aunque se rodó, la secuencia hubo de sonorizarse durante el proceso de restauración del filme. Algunas tomas de heridas y brazos cortados también se eliminaron, por considerarlas crueles. Además, los distribuidores pedían aligerar el metraje para reducir el tiempo de proyección. Cosa que se hizo. En la restauración, aparte de limpiar la imagen, se reintegró casi todo lo eliminado después del estreno. Así que volvemos a tener –y a poder disfrutar—una obra grandiosa, que, más que colosal al estilo de DeMille o Griffith, resulta épica por la modernidad de la puesta en escena y la insuperable calidad del texto, de la dirección y de las interpretaciones. Hoy día Espartaco se mantiene exponencialmente vigorosa y firme.
Kirk Douglas nos ha regalado otras buenas interpretaciones en consistentes largometrajes: Siete días de mayo (John Frankenheimer, 1964), extraordinario drama militar que volvió a reunir a Lancaster y Douglas, el primero como general golpista y el segundo como el coronel que le desbarata los planes; El día de los tramposos (Joseph Leo Mankiewicz, 1970), una estupenda tragicomedia carcelaria en la que el alcaide (Henry Fonda) termina siendo el más listo; Camino de Oregón (Andrew V. McLaglen, 1967) sobre la aventura épica de los pioneros, donde Douglas hacía del jefe de la caravana, el senador William J. Tadlock, secundado por un reparto estupendo: Robert Mitchum, Richard Widmark, y una jovencísima Sally Field;  Asalto al carro blindado (Burt Kennedy, 1967), junto al inmenso vaquero John Wayne, el otro pistolero, con memorables y chispeantes diálogos:

“—El mío cayó primero, Lomax.

--Sí, pero el mío era más alto.”
También El final de la cuenta atrás (Don Taylor, 1980), con el portaaeronaves Nimitz atravesando una extraña tormenta eléctrica y regresando a los días de la guerra en el Pacífico, contra los japoneses. Una deliciosa película ochentera de viajes en el tiempo, con Douglas en el papel del capitán del navío. 
Kirk Douglas ha sabido dar todo de sí. El rubio vikingo con su magnético hoyito nos ha brindado interpretaciones poderosas: solemnes, reconcentradas en los dramas; muy simpáticas, distendidas y desenfadadas en los momentos de comedia. Vivió el Hollywood de la época dorada, cuando se hacían grandes y buenas películas, donde al efectismo siempre se unía una historia y una construcción del personaje firmes, con magníficos secundarios, tan competentes como las estrellas de cada reparto. Supo y pudo elegir bien sus participaciones y se alzó con los boletos ganadores.

Hollywood y el gran público siempre recordarán a Kirk Douglas. Descanse en paz el del hoyito.

© Antonio Ángel Usábel, febrero de 2020.

domingo, 2 de febrero de 2020

Supernova.

Una supernova es una estrella que aumenta repentinamente su brillo y lo mantiene durante un tiempo, antes de decrecer en intensidad hasta apagarse. Eso fue lo que le pasó a Judy Garland (1922-1969), la que fuera gran astro infantil de la MGM y una de las voces mejor dotadas de Hollywood. Brilló en su juventud y se fue consumiendo en su madurez, a pesar de ser la triunfadora en Ha nacido una estrella (George Cukor, 1954). Habituada por el estudio a unas generosas dosis de estimulantes, tranquilizantes y anfetaminas, Judy Garland fue una muñeca maltratada y rota, usada hasta la saciedad para hacer taquilla, mientras, con los años, su expresión enflaquecía y tomaba el aspecto de un ratoncillo asustado y famélico. Cuatro matrimonios desafortunados, rematados por un quinto, con un sujeto que prometió sacarla de la miseria para que pagara sus deudas con el fisco americano y recuperara la custodia de sus dos hijos pequeños. 
La última Judy es la que aparece en la película homónima, firmada por Rupert Goold, cuyo guion de Tom Edge y Peter Quilter está basado de lejos en el drama teatral de este segundo, que en España se estrenó en 2011 en el Teatro Marquina de Madrid, en un dignísimo y aclamado montaje, con una estupenda Natalia Dicenta como Judy y con Miguel Rellán en el rol de su amigo pianista.

Esta vez es Renée Zellweger quien incorpora a la mítica actriz y cantante, ayudada por unas lentillas oscuras, un pelo corto, alborotado y teñido de negro, y una mueca de máscara griega grotesca que mantiene durante todo el metraje. Su trabajo ha sido distinguido con un Globo de Oro y se espera que se le otorgue la dorada estatuilla del Oscar próximamente. Su versión no es que no convenza, sino que es estática, alejada de matices y consuma una amargura que se contagia a todo el filme. Judy es un largometraje amargo, muy amargo.

Las canciones se hacen esperar. Cuando llegan, en una sala de fiestas londinense, son correctamente entonadas por la propia Zellweger, y recuerdan algo a la Garland auténtica. La película se centra en las últimas actuaciones de una Judy acabada en Inglaterra, muy poco antes de morir en el baño de su morada de Chelsea a la edad de 47. 
Vemos a un mito destruido, insomne, atacado de los nervios, humana y artísticamente inseguro, que se incorpora a duras penas sobre su sombra para ganar dinero y así recobrar la compañía de sus descendientes. Una mujer sin pasión, sin amigos, sin futuro. Una Judy que es llevada al escenario para que no falte a su cita con su público, pero que rehúye el compromiso y que a menudo estropea el espectáculo por su adicción al alcohol y a las pastillas.

Judy no decepcionará a los incondicionales de la actriz. Pero tampoco les va a entusiasmar. El viejo Hollywood aparece retratado inmisericordemente, con un Louis B. Mayer despótico, verdadero ogro inmenso amenazando a su nuevo descubrimiento infantil, teniendo a la joven estrella trabajando diecinueve horas al día, no dejándole comer ni dormir lo necesario. Mayer fue el martillo de Judy, su grúa y su piqueta. El único apoyo de aquellos años, Mickey Rooney, también falla a la actriz. Con la edad, fue dejando de interesar a los estudios. Su físico –nunca generoso-- fue perdiendo. En Vencedores o vencidos (Stanley Kramer, 1961), incorpora extraordinariamente bien a Irene Hoffman, una mujer acusada y represaliada durante el nazismo por sostener un idilio con un judío. En ese papel, Judy aparecía obesa y estropeada, lo cual pudo subrayar el hondo dramatismo de sus escenas. 
En cuanto al elenco, merece la pena destacar el esfuerzo, con resultados muy logrados, de Darci Shaw como la joven Garland. Y de Andy Nyman y Daniel Cerqueira como pareja de homosexuales reprimidos, fans fieles de Judy. En la década de los sesenta, los homosexuales norteamericanos tenían una consigna para reconocerse: “Amigos de Dorothy”, por el personaje protagonista interpretado por la actriz en la mágica e inigualable El mago de Oz (1939). Se dice que el arcoíris como emblema gay procede, igualmente, de ese lugar de ensueño donde todo es posible.
© Antonio Ángel Usábel, febrero de 2020.


domingo, 26 de enero de 2020

A bayoneta calada.

La del 14 fue la guerra de las trincheras, de los gases irritantes, de los primeros aviones, vehículos acorazados y submarinos. La aplicación de la técnica al arte de matar, ese progreso que obnubilaba al Futurismo de Marinetti y que pronto se vio que desposeía a la lucha de cierta nobleza, si es que alguna vez la tuvo realmente. 
El cinematógrafo se ha ocupado hasta la saciedad de los nazis, los japoneses y la Segunda Guerra Mundial, pero bastante menos de la Gran Guerra (como les gustaba llamarla a nuestros abuelos), pese a que haya algunas obras maestras realizadas sobre ese periodo histórico, como Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957), Sin novedad en el frente (Lewis Milestone, 1930), Adiós a las armas (Frank Borzage, 1932), El Barón Rojo (Roger Corman, 1971) o Johnny cogió su fusil (Dalton Trumbo, 1971). La Gran Guerra parece mucho más distante, y hasta cierto punto, eclipsada por los horrores que vinieron después. 
La del 14 fue una guerra dura y cruenta, como cualquier contienda. Condenaba a los hombres a permanecer varios meses en un laberinto de trincheras, donde las ratas y los insectos pululaban a sus anchas. Los combates cuerpo a cuerpo se hacían a bayoneta calada, y las nubes tóxicas diezmaban las compañías cuando la pólvora y la metralla no eran suficiente castigo.
Sobre esta guerra nos llega ahora una de las mejores cintas bélicas que se hayan rodado nunca, 1917, de Sam Mendes. Con guion del propio director y de Krysty Wilson-Cairns, asistimos durante dos trepidantes horas al cumplimiento de una misión imposible: atravesar las líneas enemigas para alertar a un cuerpo de ejército de una emboscada cercana. Y lo hacen dos cabos ingleses. Salen de su trinchera, reptan entre alambradas de espino y cráteres de obuses, tocan cadáveres putrefactos de hombres y animales y se refugian en granjas despobladas. Atraviesan ciudades en ruinas y caen en corrientes salvajes. Dean-Charles Chapman y George MacKay interpretan con soltura a ambos soldados protagonistas, acosados por un enemigo al que apenas vemos en pantalla, a menudo invisible, pero a la vez amenazador y letal. 
La película está fotografiada con cámara al hombro, en largos planos secuencia milimétricamente estudiados y resueltos. La cámara se mueve sin errar por unas trincheras de giros interminables, repletas de efectivos y de sacos terreros, de maderas y uralitas. Ante el objetivo se despliega la acción, segura, rotunda, palpitante, cruel. 1917 es una historia masculina, con una sola intervención de mujer (Claire Duburcq), anecdótica, breve, pero efectiva. No es tanto un relato heroico como sí de supervivencia, de salir libres del horror y de evitar males mayores a sus camaradas.
La lógica puede llevar a plantearnos cierta inconsistencia práctica de su misión, pues existían formas alternativas para llevar un mensaje sensible al frente, como el uso de palomas mensajeras o de aeroplanos. 
Sam Mendes ha demostrado un talento muy sólido e indiscutible al filmar con maestría esta historia, que no quedaría al alcance de un realizador menos curtido. Una obra espléndida, brillante, de absoluta madurez, perfecta tanto en su audacia técnica como en su aspecto interpretativo. Difícil de igualar, no ya de superar. Colosalismo sometido a la discreción del detalle. Únicamente Mel Gibson ha demostrado recientemente cómo se capta con verismo el fragor de la batalla en Hasta el último hombre (2016), cinta, no obstante, alejada en su guion de la redondez de 1917
Ganadora de dos Globos de Oro (mejor drama y mejor director), 1917 es ya un clásico moderno. 
© Antonio Ángel Usábel, enero de 2020.
"1917"_Metropoli.