Orson, mago de primera.

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domingo, 8 de febrero de 2026

De guerra y delincuencia.

Martin Scorsese retrató magistralmente los entresijos de la mafia de barrio neoyorquina en su indiscutible Uno de los nuestros (1990), un filme de acción trepidante, desgranada por un montaje espléndido a manera de collages, y de una violencia contundente. Los gánsteres despertaban admiración en el chaval protagonista, eran los “chicos listos” que hacían dinero rápido, y se los respetaba porque se les temía.
"Ciudad de Dios" (2002)

Fernando Meirelles y Kátia Lund, doce años después, en 2002, filmaron su propia versión de ese mismo tipo de retrato ultraviolento sobre la delincuencia en una favela de Río de Janeiro. El resultado: Ciudad de Dios. Un testimonio igualmente vertiginoso, construido con collages narrativos, que toma de muchacho protagónico a Buscapé, rodeado de amigos que trapichean con droga, alertan, llevan recados, o incluso disparan y asesinan por encargo. Lo normal es que, en ese ambiente de miseria, caos y podredumbre, un niño sepa disparar un arma con siete u ocho años. Pronto se puede convertir en jefe de banda, y empezar a competir por ganarse su propio espacio vital. No hay escrúpulos que valgan: la vida no vale nada, y solo el dinero y el poder cuentan dentro de la favela.

Quien no haya visto Ciudad de Dios, descubrirá una película distinta a todas. Rodada como si sus personajes variopintos salieran en un documental, no hace ninguna concesión al sentimentalismo ni a la moral al uso. Importa lo impactante, lo veraz, mostrado de una manera directa y descarnada, sin filtros que aminoren la gravedad de lo ocurrido. A un niño pequeño que roba se le revienta un pie de un tiro, y a otro, algo mayor, se le hunde el pecho de otro disparo. Una secuencia muy cruda, que casi lleva a apartar la mirada.

Buscapé no quiere delinquir. No desea ser un violento, un sicario, un asesino. Él quiere ser reportero gráfico y llevar una vida normal, honrada, aunque sea pobre. En cuanto se hace con una buena cámara fotográfica, que le regala un amigo, comienza a retratar la violencia del barrio en fotografías que le paga un periódico. Para su sorpresa, los retratados en acciones delictivas se ven a sí mismos como ídolos, como héroes populares, y aplauden sus instantáneas, aunque sean una evidencia de criminalidad para las autoridades y la gente común.

La trama abarca tres décadas de la vida en la favela, desde 1960 hasta bien entrados los 80. En su rodaje, participaron miembros auténticos de grupos de barrio, controlados por sus cabecillas, lo que otorga a lo mostrado de un poderoso altorrelieve.

Ciudad de Dios tiene un guion de Braulio Mantovani, que parte de una historia real escrita por Paulo Lins. Fue nominada, en 2003, a cuatro premios Oscar: mejor dirección, fotografía, montaje y guion adaptado. No consiguió ninguno. Sí ganó un BAFTA, en 2002, al mejor montaje (Daniel Rezende), así como el Premio del Círculo de Críticos de Cine de Nueva York, a la mejor película en lengua no inglesa.

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En tierra de nadie es un largometraje de 2001 sobre la guerra serbio-bosnia, cuya tesis prioritaria es que no se puede huir de un conflicto. El enfrentamiento se impone, arrastra a cualquiera, incluso al que no quiere combatir. La escena indolente del herido caído y abandonado sobre una mina antipersona, preparada para estallar, es la flámula de ese destino trágico.

"En tierra de nadie" (2001)

En una contienda no hay amistad que valga. Dos soldados rivales, uno serbio y otro bosnio, se juntan por azar en una gran trinchera abandonada. El foso señala el límite del frente. El serbio es novato; no sabe, casi, disparar un fusil automático. El bosnio está más curtido y apto para la supervivencia en el combate. Su compañero ha caído, y, dado en principio por muerto, ha sido colocado sobre un explosivo trampa, que se accionará fatalmente si alguien lo manipula.

Los dos soldados llaman la atención de sus mandos respectivos, quienes autorizan a que una unidad blindada de los cascos azules intente rescatarlos. Pero, en la trinchera, la violencia se masca y la agresividad de los dos hombres --en especial, del bosnio--, lejos de disminuir, va en aumento, y la crispación va a torcer un desenlace acordado y pacífico.

En tierra de nadie, dirigida y escrita por Danis Tanovic, consiguió el Oscar y el Globo de Oro 2002 a la Mejor Película de habla no inglesa. El filme cosechó otros varios premios relevantes en Francia y otros países.

Un filme sobrio, nada efectista, que presenta a sus personajes anclados en su crítica circunstancia, que no ofrece introspección de ninguno, y que avala cierta crítica hacia la posición impostada de los altos mandos del ejército de la ONU, así como de los reporteros de guerra que acuden, como una nube de tábanos, al lugar.

Si no se ha visto En tierra de nadie, he aquí otro buen filme para descubrir.

Antonio Ángel Usábel, febrero de 2026.

domingo, 26 de enero de 2020

A bayoneta calada.

La del 14 fue la guerra de las trincheras, de los gases irritantes, de los primeros aviones, vehículos acorazados y submarinos. La aplicación de la técnica al arte de matar, ese progreso que obnubilaba al Futurismo de Marinetti y que pronto se vio que desposeía a la lucha de cierta nobleza, si es que alguna vez la tuvo realmente. 
El cinematógrafo se ha ocupado hasta la saciedad de los nazis, los japoneses y la Segunda Guerra Mundial, pero bastante menos de la Gran Guerra (como les gustaba llamarla a nuestros abuelos), pese a que haya algunas obras maestras realizadas sobre ese periodo histórico, como Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957), Sin novedad en el frente (Lewis Milestone, 1930), Adiós a las armas (Frank Borzage, 1932), El Barón Rojo (Roger Corman, 1971) o Johnny cogió su fusil (Dalton Trumbo, 1971). La Gran Guerra parece mucho más distante, y hasta cierto punto, eclipsada por los horrores que vinieron después. 
La del 14 fue una guerra dura y cruenta, como cualquier contienda. Condenaba a los hombres a permanecer varios meses en un laberinto de trincheras, donde las ratas y los insectos pululaban a sus anchas. Los combates cuerpo a cuerpo se hacían a bayoneta calada, y las nubes tóxicas diezmaban las compañías cuando la pólvora y la metralla no eran suficiente castigo.
Sobre esta guerra nos llega ahora una de las mejores cintas bélicas que se hayan rodado nunca, 1917, de Sam Mendes. Con guion del propio director y de Krysty Wilson-Cairns, asistimos durante dos trepidantes horas al cumplimiento de una misión imposible: atravesar las líneas enemigas para alertar a un cuerpo de ejército de una emboscada cercana. Y lo hacen dos cabos ingleses. Salen de su trinchera, reptan entre alambradas de espino y cráteres de obuses, tocan cadáveres putrefactos de hombres y animales y se refugian en granjas despobladas. Atraviesan ciudades en ruinas y caen en corrientes salvajes. Dean-Charles Chapman y George MacKay interpretan con soltura a ambos soldados protagonistas, acosados por un enemigo al que apenas vemos en pantalla, a menudo invisible, pero a la vez amenazador y letal. 
La película está fotografiada con cámara al hombro, en largos planos secuencia milimétricamente estudiados y resueltos. La cámara se mueve sin errar por unas trincheras de giros interminables, repletas de efectivos y de sacos terreros, de maderas y uralitas. Ante el objetivo se despliega la acción, segura, rotunda, palpitante, cruel. 1917 es una historia masculina, con una sola intervención de mujer (Claire Duburcq), anecdótica, breve, pero efectiva. No es tanto un relato heroico como sí de supervivencia, de salir libres del horror y de evitar males mayores a sus camaradas.
La lógica puede llevar a plantearnos cierta inconsistencia práctica de su misión, pues existían formas alternativas para llevar un mensaje sensible al frente, como el uso de palomas mensajeras o de aeroplanos. 
Sam Mendes ha demostrado un talento muy sólido e indiscutible al filmar con maestría esta historia, que no quedaría al alcance de un realizador menos curtido. Una obra espléndida, brillante, de absoluta madurez, perfecta tanto en su audacia técnica como en su aspecto interpretativo. Difícil de igualar, no ya de superar. Colosalismo sometido a la discreción del detalle. Únicamente Mel Gibson ha demostrado recientemente cómo se capta con verismo el fragor de la batalla en Hasta el último hombre (2016), cinta, no obstante, alejada en su guion de la redondez de 1917
Ganadora de dos Globos de Oro (mejor drama y mejor director), 1917 es ya un clásico moderno. 
© Antonio Ángel Usábel, enero de 2020.
"1917"_Metropoli.

lunes, 9 de septiembre de 2019

La ruleta rusa en el Taj Mahal de Bombay.

Hotel Bombay (Anthony Maras, 2018) es una grata sorpresa, una de las mejores películas de estos últimos veinte años. Coproducida por India, Australia y Estados Unidos, es una reconstrucción de la cadena de atentados islamistas sufrida por la ciudad de Bombay, entre el 26 y el 27 de noviembre de 2008. Un grupo fuertemente armado de juramentados jóvenes perpetraron varios tiroteos y ataques con granadas y explosivos en doce puntos distintos. La Policía quedó pronto desbordada y el ejército y las fuerzas especiales tardaron más de veinticuatro horas en llegar y combatir el caos reinante. Como curiosidad, está el detalle de que nuestra política Esperanza Aguirre consiguió salvar su vida pisando un suelo de sangre y saliendo por una puerta de servicio del Hotel Oberoi Trident.

La acción del filme recrea los hechos acaecidos en el interior del lujoso establecimiento Taj Mahal Palace & Tower, un hotel de cinco estrellas, considerado de los mejores del mundo. Hasta él llega un grupo reducido de asaltantes, quienes se ponen a disparar sus fusiles Kalashnikov indiscriminadamente contra el personal y los usuarios del hotel, matando a bastantes en primera instancia.
El personal superviviente (la mayor parte, con un origen humildísimo), en vez de escapar por las cocinas, decide permanecer, en su mayoría, junto a la hostigada clientela. Para ellos “el cliente es Dios” y deben servirlo y protegerlo hasta sus últimas consecuencias. Un grupo numeroso se refugia primero en un salón comedor, para ser muy hábilmente llevado después al área VIP, de la sexta planta, protegida por una puerta blindada.
Los terroristas, en nombre de “Alá es grande”, registran cada planta y cada habitación, asesinando en el acto a cuantas personas encuentran en su camino. Algunas se refugian en los armarios, otras bajo las mesas o los mostradores. Quien en un primer momento salva su vida, se pregunta si moverse de allí o permanecer escondido en su sitio. Y ahí es donde los espectadores comparten la angustia con las víctimas potenciales del comando. ¿Qué hacer mejor? ¿Salir a otra parte? ¿Quedarse? Es como jugar a la ruleta rusa, y procurar que no se te escape el tiro que te dé en la sien. 
Al mismo tiempo, vemos las justificaciones de los asesinos: los muertos son infieles, los enemigos del Corán; son responsables de la miseria en que han vivido muchas familias por un reparto injusto de la riqueza y la sobreexplotación de Occidente. El fin –para ellos—justifica los medios. Los muertos han de ser una advertencia y el comienzo de una gran venganza. Los miembros del comando saben que, antes o después, caerán abatidos, pero no les importa morir por unos principios y por una razonable cantidad de dinero, en compensación, para cada una de sus familias.
La Policía, mermada en sus efectivos y confusa, ha de intentar parar a los juramentados con armas convencionales: escasas pistolas y fusiles. Los sorprendidos en el hotel tampoco logran reducir a ningún asaltante y hacerse con un AK-47. 
Las interpretaciones son todas completas y excelentes, destacando, sobre todo, Anupam Kher (Oberoi, el Jefe de Cocina), Dev Patel (Arjun), Nazadin Boniadi (Zahra), Amandeep Singh (Imran, uno de los terroristas) y el veterano anglosajón Jason Isaacs (el ruso Vasili).
Hotel Bombay es un drama serio, duro, sin concesiones a una estética comercial, cuya acción no decrece ni un instante, en la línea de títulos como Los gritos del silencio (The Killing Fields, Roland Joffé, 1984), Bajo el fuego (Under Fire, Roger Spottiswoode, 1983), El cazador (The Deer Hunter, Michael Cimino, 1978), El año que vivimos peligrosamente (The Year of Living Dangerously, Peter Weir, 1982).
Para los amantes de la ficción documental bien realizada. Magnífica, elocuente en cuanto a los estragos del fanatismo de toda época y lugar, y más que recomendable.
© Antonio Ángel Usábel, septiembre de 2019.
"Hotel Bombay" (Metropoli)

domingo, 23 de septiembre de 2018

Espiral del horror.

La Segunda Guerra Mundial fue una de las cimas del oprobio con sus más de cincuenta millones de muertos, sus regímenes totalitarios y sus campos de concentración y de exterminio. Los países que en aquellos momentos alentaron la agresión internacional vivían su propia campaña bélica interna contra todo aquel que, por no compartir la causa del régimen, mereciera ser depurado. Ocurrió en Italia, en la Unión Soviética, y, por descontado, en Alemania.
Historias de represaliados, generalmente por razones étnicas o religiosas, nos han llegado a cientos a través del cine y de la literatura. Pero menos hemos recibido de sus verdugos, y casi ninguna de que, incluso, hubo víctimas que se convirtieron en verdugos, igualando o incluso superando a estos en el ejercicio del arte de masacrar en una vorágine de violencia desatada.
El capitán (Der Hauptmann, 2017) apuesta por ofrecer una visión del lado más oscuro de la condición humana. Realizada y escrita en pleno estado de gracia por un director “comercial”, Robert Schwentke, y soberbiamente protagonizada por Max Hubacher, la cinta nos sumerge en los quince días plomizos previos al final de la contienda. Un mundo caótico para los perdedores, algunos aún aferrados tétricamente a la esperanza última del Führer, donde la incertidumbre es total: granjas saqueadas, ciudades destruidas, vehículos abandonados, un ejército en constante retirada donde abundan las deserciones. Un mundo sin Dios que acoge a unos supervivientes que vagabundean entre el polvo y la sangre. El hombre es un ser condenado a la existencia, con las consecuencias de su circunstancia, y sin ningún auxilio para él. Al fin y al cabo, todos construimos el infierno.
El soldado raso Willi Herold escapa de sus filas y encuentra una maleta con un uniforme de un oficial nazi. Decide ponérselo y comienza a ensayar su papel improvisado de capitán; ensaya su altanería, su autoritarismo, su orgullo patrio, su obcecada lealtad, su crueldad con una pistola en la mano. En esas está cuando lo descubre un soldado, Freytag (Milan Peschel), quien se cuadra ante él en la creencia de que es su superior. A partir de ese momento, el bulo crece como la bola de un escarabajo pelotero. A la pareja de comandante y chófer se unen partidas de soldados diseminadas por el frente. A Herold se le da muy bien simular, mentir, improvisar contactos y recomendaciones del más alto nivel, hasta verse convertido en el máximo responsable de la represión en un campo que acoge a desertores del ejército germano. Allí, su brutalidad hacia los prisioneros es de tal grado que asusta a los otros custodios del recinto. 
La suerte del buen impostor hace del país derrotado un escenario dramático perfecto. A don Quijote nadie le tomaba en serio en su atuendo de caballero andante, pero a Willi Herold todo el mundo lo teme, respeta y hasta reverencia. La ironía es que no es nadie. Solo un fugado, un evadido del sistema; otro más como los que él ordena golpear, vejar y ejecutar. 
El guion de Schwentke parece una traslación muy libre de El corazón de las tinieblas, la obra maestra de Conrad (que también iluminó Apocalypse Now), con ese lugar ideal donde es posible cometer salvajadas como la reacción más natural del civilizado. La fotografía en blanco y negro (Florian Ballhaus, premiado en San Sebastián) acera el dramatismo, volviéndolo casi documental, y aislando el pasado del presente. La desolación conseguida iguala a The Road (John Hillcoat, 2009). La violencia que impregna el aire reproduce la de Peckinpah en Grupo salvaje (1969) y La Cruz de Hierro (1977). 
De nuevo, después de El hundimiento (2004) y La cinta blanca (2009), los alemanes revisitan su pasado reciente. Un filme duro, cortante, meritorio; otra forma de contar la Segunda Guerra Mundial desde dentro, con sus héroes de tragedia clásica, recortados frente a un horizonte de cenizas donde el sol se ha ocultado para un largo invierno.       
© Antonio Ángel Usábel, septiembre de 2018.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Churchill, un líder humano.

Churchill es una figura indispensable del siglo XX. Ahora nos llegan sus dudas y sus temores sobre la operación Overlord, el desembarco de Normandía, en esta cinta homónima de Jonathan Teplitzky, vigorosamente interpretada en su conjunto, pero en la que domina con majestad y plena autonomía Brian Cox.
Cox resucita a Sir Winston. Compone un personaje íntimo, veraz en sus debilidades, y por ello portentoso. Un hombre empeñado en salvaguardar a una nación entera, Gran Bretaña, dueña de un imperio. Un político que reconoce sus errores, a los que teme por sus a veces funestas consecuencias, y que no está dispuesto a repetirlos.
Se avecina el Día-D, el Día más largo. El crucial momento de asaltar Francia, ocupada por los alemanes. La costa está fuertemente defendida. Se prevén muchas bajas y hace mal tiempo. El Canal de la Mancha puede ser la pasarela para la catástrofe, como lo fue en Gallipoli. Churchill se solidariza con los jóvenes soldados que deberán tomar una playa centímetro a centímetro bajo el terrible fuego enemigo. Discute con Montgomery y Eisenhower los planes de la invasión. En su opinión, hay que concentrar la batalla en el Mediterráneo, desgastando al Eje desde el sur de Europa. Ike y Monty no están de acuerdo y quieren jugársela abriendo otro frente en Normandía. 
Al final, el viejo león –que se aficionó a los puros en Cuba, mientras servía como cadete a las órdenes del general Martínez Campos—ha de claudicar. Él no es una pieza importante en la estrategia militar de la contienda; es una ficha fundamental en el organigrama político del Viejo Continente. Un líder carismático para su pueblo, el británico.
La película está llena de memorables paseos de Churchill por la playa. De primeros planos con su preocupación, con sus reflexiones. Y esos son los preciosos momentos que Brian Cox no descuida lo más mínimo para identificarnos con el individuo histórico. Es imposible no ver en Cox a Churchill, como también lo fue no identificar a Charlton Heston como Moisés, a Marlon Brando como Napoleón, o a Peter Ustinov como Nerón. 
Miranda Richardson –otra gran veterana—le da la réplica como su esposa Clementine. Una parte muy interesante del filme son las discusiones matrimoniales. Churchill era un hombre difícil, porque nunca estaba del todo en casa. Su sino era el Parlamento, la política, y durante la Segunda Guerra Mundial, los centros de operaciones. Mucha paciencia le reconoce él a su mujer, en esas condiciones poco aptas para la tranquilidad familiar.
El guion parte de una historiadora especialista, Alex von Tunzelmann, la fotografía (serena pero elocuente) es de David Higgs, y la ambientación de Chris Roope.
Película modesta, apartada de la espectacularidad de Dunkerque (Christopher Nolan, 2017), pero cercana y envolvente, con ese inigualable efecto especial que era, para Jack Lemmon, una buena interpretación.
Secundan a Churchill / Cox los mediorrelieves de Eisenhower / John Slattery y Montgomery / Julian Wadham.
La mejor secuencia de la película, la de la claudicación de Churchill ante su rey Jorge VI (James Purefoy).
Aconsejable visionarla en versión original inglesa. La dicción es excelente y los diálogos resultan sencillos. La buena vocalización de los actores es muy comentada por el público español. 
Quien ame la Historia europea del siglo XX, a quien le seduzcan emblemas como Churchill, debe ver esta película.
© Antonio Ángel Usábel, septiembre de 2017.