Blog dedicado al cine: comentario de películas, selección de imágenes y secuencias. Desde las más espectaculares, a las más sencillas; sobre todo estas últimas, porque el verdadero arte, el genuino y duradero, consiste en contar con talento una historia.
Una supernova es una estrella que
aumenta repentinamente su brillo y lo mantiene durante un tiempo, antes de
decrecer en intensidad hasta apagarse. Eso fue lo que le pasó a Judy Garland
(1922-1969), la que fuera gran astro infantil de la MGM y una de las voces
mejor dotadas de Hollywood. Brilló en su juventud y se fue consumiendo en su
madurez, a pesar de ser la triunfadora en Ha nacido una estrella (George
Cukor, 1954). Habituada por el estudio a unas generosas dosis de estimulantes,
tranquilizantes y anfetaminas, Judy Garland fue una muñeca maltratada y rota,
usada hasta la saciedad para hacer taquilla, mientras, con los años, su
expresión enflaquecía y tomaba el aspecto de un ratoncillo asustado y famélico.
Cuatro matrimonios desafortunados, rematados por un quinto, con un sujeto que
prometió sacarla de la miseria para que pagara sus deudas con el fisco
americano y recuperara la custodia de sus dos hijos pequeños.
La última Judy es la que aparece
en la película homónima, firmada por Rupert Goold, cuyo guion de Tom
Edge y Peter Quilter está basado de lejos en el drama teatral de este segundo,
que en España se estrenó en 2011 en el Teatro Marquina de Madrid, en un
dignísimo y aclamado montaje, con una estupenda Natalia Dicenta como Judy y con
Miguel Rellán en el rol de su amigo pianista.
Esta vez es Renée Zellweger
quien incorpora a la mítica actriz y cantante, ayudada por unas lentillas
oscuras, un pelo corto, alborotado y teñido de negro, y una mueca de máscara
griega grotesca que mantiene durante todo el metraje. Su trabajo ha sido
distinguido con un Globo de Oro y se espera que se le otorgue la dorada
estatuilla del Oscar próximamente. Su versión no es que no convenza, sino que
es estática, alejada de matices y consuma una amargura que se contagia a todo el
filme. Judy es un largometraje amargo, muy amargo.
Las canciones se hacen esperar.
Cuando llegan, en una sala de fiestas londinense, son correctamente entonadas
por la propia Zellweger, y recuerdan algo a la Garland auténtica. La película
se centra en las últimas actuaciones de una Judy acabada en Inglaterra, muy
poco antes de morir en el baño de su morada de Chelsea a la edad de 47.
Vemos a un mito destruido, insomne,
atacado de los nervios, humana y artísticamente inseguro, que se incorpora a
duras penas sobre su sombra para ganar dinero y así recobrar la compañía de sus
descendientes. Una mujer sin pasión, sin amigos, sin futuro. Una Judy que es
llevada al escenario para que no falte a su cita con su público, pero que
rehúye el compromiso y que a menudo estropea el espectáculo por su adicción al
alcohol y a las pastillas.
Judy no decepcionará a los
incondicionales de la actriz. Pero tampoco les va a entusiasmar. El viejo
Hollywood aparece retratado inmisericordemente, con un Louis B. Mayer
despótico, verdadero ogro inmenso amenazando a su nuevo descubrimiento
infantil, teniendo a la joven estrella trabajando diecinueve horas al día, no
dejándole comer ni dormir lo necesario. Mayer fue el martillo de Judy, su grúa
y su piqueta. El único apoyo de aquellos años, Mickey Rooney, también falla a
la actriz. Con la edad, fue dejando de interesar a los estudios. Su físico
–nunca generoso-- fue perdiendo. En Vencedores o vencidos (Stanley
Kramer, 1961), incorpora extraordinariamente bien a Irene Hoffman, una mujer
acusada y represaliada durante el nazismo por sostener un idilio con un judío. En
ese papel, Judy aparecía obesa y estropeada, lo cual pudo subrayar el hondo
dramatismo de sus escenas.
En cuanto al elenco, merece la
pena destacar el esfuerzo, con resultados muy logrados, de Darci Shaw
como la joven Garland. Y de Andy Nyman y Daniel Cerqueira como pareja de
homosexuales reprimidos, fans fieles de Judy. En la década de los sesenta, los
homosexuales norteamericanos tenían una consigna para reconocerse: “Amigos de
Dorothy”, por el personaje protagonista interpretado por la actriz en la mágica
e inigualable El mago de Oz (1939). Se dice que el arcoíris como emblema
gay procede, igualmente, de ese lugar de ensueño donde todo es posible.
La sociedad victoriana no habría
sido la misma sin la disidencia de Oscar
Wilde (Dublín, 1854-París, 1900). Autor insustituible, esteta de primera
línea, crítico mordaz unas veces, e ingeniosamente sutil otras, su presencia en
nuestras lecturas sigue siendo necesaria. Es, probablemente, uno de los cinco
mejores escritores de los tiempos modernos. Incombustible e imperecedero,
maestro en el Arte por el Arte, discípulo del esteticismo de Walter Pater,
alumbró verdaderas joyas literarias: El
fantasma de Canterville, El crimen de
Lord Arthur Savile, El gigante
egoísta, El ruiseñor y la rosa, Salomé, El abanico de Lady Windermere, La
importancia de ser Ernesto, El
retrato de Dorian Gray, así como interesantes ensayos dialogados como La decadencia de la mentira, El crítico como artista, y El alma del hombre bajo el socialismo.
El cine ha adaptado algunas de
sus obras con verdadero acierto: El
fantasma de Canterville (Jules Dassin, 1944, con Charles Laughton), El retrato de Dorian Gray (Albert Lewin,
1945, con George Sanders y Hurd Hatfield), El
abanico de lady Windermere (Otto Preminger, 1949, con Jeanne Crain y Madeleine
Carroll), Al margen de la vida
(Julien Duvivier, 1943, con Edward G. Robinson).
Llega ahora una semblanza
biográfica del último Wilde, el exiliado de Inglaterra a Europa (Francia e
Italia). En España se la ha titulado como La importancia de llamarse Oscar Wilde, cuando en el
original es The Happy Prince (El Príncipe Feliz), en referencia al
cuento homónimo, el más bello y emotivo de toda la Literatura, y uno de los más
trágicos y tristes (junto con La pequeña
cerillera, de Hans Christian Andersen). Se trata de una coproducción entre
Reino Unido, Italia, Bélgica y Alemania de 2018, dirigida y protagonizada por Rupert Everett.
El Príncipe Feliz, contado por él mismo a sus propios hijos y a
unos pilletes parisinos, sirve de hilo conductor al relato. De hecho, es cierto
que Wilde relataba oralmente esta historia ya en su visita a Cambridge, en
1885, el año en que nació Cyril, su primer hijo (el segundo, Vyvyan, vino al
mundo un año y medio después). Wilde pasó dos años en la cárcel de Reading, no
muy lejos de Londres, condenado a trabajos forzados (que no cumplió, por su
salud quebradiza) acusado de sodomía, el pecado nefando. Durante el primer año
de encierro un alcalde muy autoritario no le permitió escribir. Sus condiciones
mejoraron en el segundo año, cuando se le permitió redactar De profundis –una larga carta de
despecho—y meditar La balada de la cárcel
de Reading –sobre la suerte de un condenado a la pena capital y la
conmoción que desata entre sus compañeros presos--. Había ido a parar allí por
su querella, en 1895, contra el marqués de Queensberry, quien en una tarjeta le
había acusado de sodomita. El marqués era el padre de Bosie, lord Alfred
Douglas, el amante preferido de Oscar, a quien venía frecuentando desde 1891.
En el juicio, Queensberry fue absuelto de calumnias al probarse el
comportamiento homosexual de Wilde. Su condena no quedó anulada hasta 2017,
junto a las de otros 75.000 homosexuales procesados en Reino Unido.
Tras abandonar la prisión y
partir en transbordador a Dieppe, Oscar no volvió a escribir nada. Su encierro
lo había anulado creativamente, lo había hundido. Adoptó un seudónimo,
Sebastian Melmoth, en honor al personaje creado por su tío abuelo Charles-Robert
Maturin. Se refugió en París, desde febrero de 1898, donde recibía la visita de
amigos y amantes, como Robbie –Robert Ross, promotor de sus publicaciones y
cuyas cenizas reposan desde 1950 en la segunda tumba de Wilde, en
Père-Lachaise--. Vivía de sablear a
amigos y admiradores. Bebía absenta, consumía drogas (como la cocaína) y comía
poco. Tuvo también contactos con Bosie, hasta que la madre del muchacho le
retiró la asignación por conducta depravada. Con su mujer Constance hubo de
guardar las distancias y mantener un sentimiento de amor-odio. Al fin y al
cabo, ella en parte lo mantenía con una pensión; él vivía a expensas de ella. A
sus dos hijos les cambiaron el apellido paterno, para que no vivieran con la
vergüenza de ser descendientes de un réprobo. Tras sufrir una otitis, que se le extendió e infectó, Wilde falleció de una septicemia
el 30 de noviembre de 1900, en el Hotel d’Alsace, tras haber recibido el
bautismo y la extremaunción católica. (A lo largo de su vida, había recibido la
bendición apostólica personal de los Papas Pío IX –en 1877—y de León XIII, en
el mismo año de su muerte en París.)
La película no lo narra, pero
otros escritores se dieron el gusto de saludar a Wilde en esos cafés de París:
el poeta nicaragüense Rubén Darío, el periodista guatemalteco Enrique Gómez
Carrillo, el novelista canario Benito Pérez Galdós (de quien admiraba Wilde su
novela Marianela), el noventayochista
Pío Baroja y los modernistas hermanos Manuel y Antonio Machado.
El largometraje cuenta con una
dirección eficaz, una ambientación precisa y exquisita, y una excelente
interpretación de Everett en el rol
principal, correctamente secundado por Colin
Firth, coproductor también. Especial tono entrañable logra la secuencia de
Wilde cantando sobre una mesa del Calisaya, una cantina americana del Bulevar
de los Italianos. Vemos a un Wilde avejentado, crepuscular, felliniano, que se
da colorete en las mejillas para parecer aceptablemente púdico. Un retrato
cercano, que cala en el espectador, y que se aleja de la áspera semblanza
barojiana: gigante de grandes pies, desproporcionado de cuerpo, cara embobada, con
los bolsillos del abrigo repletos de periódicos.
La relación intensa, pero intermitente, con lord Alfred Douglas, perjudicó
extraordinariamente a Wilde. Douglas sabía que podía manejar al escritor como
quisiera; podía maltratarlo, que aquel comía en su mano.
El primer amante serio de Oscar fue Robert Ross, a quien conoció en 1886, cuando este contaba solo
diecisiete años. A pesar de las muy frecuentes infidelidades del genio, Ross le
fue leal hasta más allá de la muerte, al velar por la correcta publicación de
sus obras y por sus derechos legales. También al darle una segunda sepultura
digna en uno de los mejores camposantos parisinos.
En el verano de 1889, Wilde conoce y se enamora del poeta
joven John Gray, el “Dorian Gray” de
su célebre novela. Serán amantes hasta 1892. En junio de 1891, Oscar conoce a
Alfred Douglas, de veintiún años. Marcha con él a un balneario de Homburg, en
Alemania, en julio de 1892. En 1893, ambos hombres se instalan, por un año
entero, en el Hotel Savoy de París, y Douglas aprovecha para traducir del
francés la Salomé de su amigo. Wilde
discute con Douglas por esa traducción, que considera mala. Ese mismo año,
Robert Hichens escribe El clavel verde,
donde parodia la relación amorosa entre su amigo Oscar y lord Alfred.
Estando en París, Douglas frecuenta a jóvenes menores, y hace
amistad con prostitutos homosexuales. Wilde mantiene a alguno de ellos. En
1894, Douglas abandona a Wilde a instancias de sus padres, quienes lo envían a
la embajada británica de El Cairo. Sin embargo, Alfred lo atosiga con
telegramas y lo amenaza con el suicidio pasional. Oscar, entonces, acepta
volver a ver esporádicamente a Douglas, en Londres y en Brighton. 1895 es el
año de la perdición de Wilde: Douglas odia a su padre y por eso casi fuerza a
Oscar a denunciarlo cuando Queensberry lo acusa de sodomita. Mientras sale el
juicio, Oscar y Alfred se van a Montecarlo. Celebrada la vista, se exonera a
Queensberry y se condena a Wilde, cuyos derechos de autor se confiscan para
afrontar las deudas de la demanda y los costes procesales. También se venden
los libros de su biblioteca y sus manuscritos. Por si fuera poco, Alfred
intenta publicar en París las cartas de amor de Wilde. Los amigos del escritor
lo impiden en el último momento.
Tras el presidio, en agosto de 1897, Oscar se reconcilia con
Alfred y viaja con él a Nápoles. Pero en diciembre de ese año, optan por
separarse, acosados por los impagos tras cancelarse sus respectivas pensiones. En
abril de 1898 muere la esposa de Oscar, y este se queda con una exigua pensión.
En 1900, Alfred hereda de su padre difunto una fortuna de más de veinte mil
libras esterlinas, mas no se acuerda de su amigo Wilde. Tiene la labia, no
obstante, de encabezar su cortejo fúnebre.
Recuerdo la primera máxima de Wilde que verdaderamente me
impactó. Se la escuché a don Emilio
Escartín Núñez (fallecido en septiembre de 2006), mi profesor de Literatura
medieval española en la Universidad Complutense. (La persona a quien, por otra
parte, más honda y sentidamente he oído recitar a García Lorca). Corría el año
1985. Decía así: “Propio es de imbéciles imitar a los genios”. Buena definición
de sus posibilidades, porque lo mejor que siempre tuvo Oscar Wilde –hombre nacido
para los placeres, el arte y el lujo—fue lo que declaró en la aduana al llegar
a Estados Unidos, en enero de 1882: su genialidad.
Tomamos este título de un álbum
de Astérix para referirnos a la morada que no está en ninguna parte, donde sin
embargo los astros relucen. Esos astros que no encuentran acomodo en las
ciudades o en el campo; en un día laboral, en el quehacer de la vida corriente;
que no tienen familia, o no están a gusto con la que tienen. Un astro así fue Freddie Mercury: compositor, cantante,
estrella del grupo Queen.
Bohemian Rhapsody (Bryan Singer, 2018) rinde
tributo a este artista rompedor, cínico, irónico, extravagante. Lo hace con
toda la estética y características de las películas biográficas, pero sin
incurrir en los habituales ñoñería y sentimentalismo. Además, no es una visión
solo de Freddie, sino de la banda en su conjunto. El guion apuesta por la
simpatía, los toques de humor, el dinamismo y, naturalmente, por las canciones
más melódicas del grupo. Sus miembros quedan bien representados por Gwilym Lee(Brian May), Ben Hardy (Roger Taylor) y
Tom Hollander (Jim Beach). Bohemian
Rhapsody es un filme para entretener y para gustar. También para aproximarse
a Freddie Mercury (nacido Farookh Bulsara en Zanzíbar, el 5 de septiembre de
1946), si no se le conocía.
Seis minutos cambiaron la
historia de los singles y de las transmisiones de música por radio. Los seis
minutos de duración del tema que da título a la película. Hasta mediados o
finales de los años setenta, no se editaban en singles canciones largas, que
superaran los tres minutos o tres minutos y medio. Queen osó “romper” con EMI al negarse la productora a publicar Bohemian Rhapsody en sencillo, alegando
que era demasiado extensa, además de monótona. Se acercaba a la obertura de una
ópera. Pero los gustos del público migraron y todo fue posible después. A Night At The Opera (Una noche en la ópera, 1975), un
homenaje a los Hermanos Marx, será el gran álbum de Queen. Anteriormente, grabaron Queen
I –de rock duro—y Queen II
(1974), donde el sonido se suavizaba. Después vino A Day At The Races (Un día en
las carreras, 1976), nuevo guiño a los Marx Brothers. Estos álbumes ya
contenían, como innovación, contribuciones de cada miembro del grupo. Queen intentó volver participativo al
público, para que este interviniera en el seguimiento del ritmo de las
canciones. Este rasgo lo recoge bien el guion.
El principal defecto de este largometraje es poner a CBS como
antagonista en la sombra y pretender que Freddie sin Queen no era nadie, y que
Queen sin Freddie tampoco. Muy falso, porque con CBS Mercury tuvo notables
éxitos. Cinco singles y un Long Play lo corroboran, editados entre 1984 y 1986.
Tampoco es verdad que Freddie rompiera con EMI, para quien grabó un single (Time, 1986) y tres Long Play (entre
ellos, Barcelona, en 1988). Casi a la
par que debutaba en un estudio con la banda, Mercury había grabado un single
con EMI, I Can Hear Music (1973),
aunque bajo el seudónimo de Larry Lurex.
El guion sí enfatiza la
tumultuosa relación sentimental de Freddie (Rami Malek más que correcto) con Mary Austin (Lucy Boynton), a
quien conoció en 1970, y con la que estuvo conviviendo siete años. Extraña
pareja, porque Mercury era más homosexual que otra cosa. En la película un día
Mary “se cae del guindo” y descubre la faceta gay del personaje.
No están bien trazadas las
primeras coordenadas musicales de Freddie. A finales de 1960, el vocalista
coqueteaba como fan con el grupo Smile
(futuro Queen) y compartía piso en el
selecto barrio de Kensington con Roger Taylor, miembro de su admirada banda.
Ambos vendían ropa y pinturas en un mercadillo de ese distrito londinense. Pero
al tiempo Freddie cantaba con Ibex,
un grupo de Liverpool, y con Sour Milk
Sea, con la que estuvo pocos meses. En abril de 1970, cuando Smile perdió a Tim Staffell --que por
otra parte era viejo amigo de Freddie, ya que fue compañero suyo en la escuela
de Arte donde Freddie se hizo diseñador gráfico--, Mercury pasó a la banda y
sugirió el cambio de nombre por Queen.
Él mismo diseñó el logotipo del grupo, incluyendo los signos del zodiaco de sus
componentes, y añadiendo el mítico Ave Fénix, como símbolo del resurgimiento
musical.
Freddie cometía excesos y daba
sonadas fiestas, pero no andaba “comprando las amistades” para llenar un vacío
como muestra la película. El músico y cantante era muy amigo de sus amigos, e
incluso se ganó la simpatía y el corazón de la soprano Montserrat Caballé, a
quien conoció en marzo de 1987, en la Ciudad Condal. Con ella preparó un álbum
conjunto. El famoso tema Barcelona
fue interpretado por ambos por primera vez en la discoteca ibicenca Ku, en mayo de 1988.
Así pues, Bohemian Rhapsody se centra demasiado en el matrimonio entre Freddie
Mercury y Queen, tergiversando y
olvidando otras facetas y detalles de la vida del vocalista y compositor.
Freddie Mercury contrajo SIDA en
1986. Lo mantuvo en secreto a los miembros de su banda, y no lo hizo público
hasta un día antes de morir. Falleció en su cama de su piso de Kensington, a
las siete de la tarde del 24 de noviembre de 1991. Tenía 45 años.
Dos meses lleva en los cines de
Madrid Historia de una pasión
(2016), el firme poema de Terence Davies sobre Emily Dickinson (1830-1886). Este mismo año se exhibía de él
también la suculenta Sunset Song (2015), retrato
descarnado de la supervivencia de una joven en la granja escocesa de su padre.
Vuelve a ser Hurricane Films la
que capitanee este arriesgado proyecto minimalista, cuyo título original es A Quiet Passion, es decir, Una pasión íntima, pues muy discreta fue
la vida de esta poetisa norteamericana, nacida y enterrada en Amherst, Massachusetts.
1.789 poemas que forman el corpus de un monólogo de la ermitaña autora consigo
misma. Solo ocho publicados en vida, y de manera anónima.
Davies reconstruye, con
ambientación impecable de interiores rodados en Bélgica y en la casa museo de
la propia retratada, el microcosmos familiar de los Dickinson, cuya vida de
sociedad giraba en torno a su iglesia, y cuyas conversaciones no solían
trascender del comentario del sermón del domingo. Una estirpe cerrada sobre sí
misma, endogámica, recelosa de la apertura, distante. De los tres hermanos,
solo el varón se casa, y su padre abogado abona los quinientos dólares
oportunos para que no participe en la Guerra Civil. Las dos chicas, Emily y
Lavinia, permanecen solteras. Y no solo solteras, sino célibes –como mandaban
los cánones--, o sea, para vestir santos (si hubieran sido católicas). Sus
monótonas existencias oscilan entre la lectura velada de las Brontë y George Eliot,
las horas muertas de salón y los recitales de música y ópera. Emily,
especialmente, se volvió más excéntrica, más recluida: hablaba a las visitas
desde lo alto de la escalera, para no ser vista. Es muy posible que tuviera
agorafobia. Cuando murió su padre, adoptó como luto el color blanco. Emily era
una mujer de complexión extremadamente delicada, frágil, y enfermiza, pues
sufría del mal de Bright. Esta enfermedad le hacía padecer severamente de la
espalda y los riñones, le hinchaba los pies y las muñecas, y le provocaba
convulsiones severas parecidas a las de la epilepsia. De hecho, fue la dolencia
crónica que acabó con ella a sus cincuenta y cinco años.
“Yo era la más menuda de la casa.
Me quedé con el cuarto más pequeño.
Por la noche, mi pequeña lámpara, un libro
y un geranio.
[…] Nunca hablaba, a no ser que me preguntaran;
y entonces, escuetamente y bajo.
No podía soportar vivir en voz alta;
el bullicio me azoraba tanto…”
En la reconstrucción de Davies,
Emily pide permiso a su padre –hasta cierto punto tolerante—para pasar algunas
noches escribiendo poesía. Es igualmente el padre el que “autoriza” el envío de
alguno de los poemas a un diario. Poco a poco, el espíritu burlón de Emily es
el lenguaje de la poesía, convertida en herramienta reflectante de una
exclusiva de sí misma. Con paciente rigor, Emily se cose sus propios
cuadernillos de papel, donde anota y atesora sus creaciones. Sus grandes
inéditos. Poemas breves, crípticos, enrevesados, de puntuación aleatoria. Y entre una y otra lectura, entre cierta
conversación con el reverendo Wadsworth y alguna chanza con la liberal Vryling
Buffam, muere el padre de Emily, y luego fallece la madre. Emily se queda de
barbacana para fortalecer la otrora inconsistente aquiescencia hacia el látigo
puritano: destierra los flirteos de su hermano Austin con cierta dama casada.
Hoy en día, se sospecha que sus
poemas de amor de inclinación lésbica pudieron urdirse en loor de su cuñada
Susan, compañera de estudios además.
“Me quieres. Estás segura.
No temeré equivocarme.
No me despertaré engañada
una sonriente mañana
para descubrir que la luz del sol
ha desaparecido,
que los campos están desolados,
¡y que mi amada se ha ido!”
En este poema, Emily habla después
de que espera que no llegue esa noche en que las sospechas de abandono le hagan
“correr a casa” y descubrir con horror que no está quien ama. Se da la
circunstancia de que su hermano y su cuñada vivían en la casa de al lado. No se
debe negar lo evidente.
Condenada a la progresiva e
implacable consunción renal, Emily intenta abrirse las puertas de la
inmortalidad y dejar el testigo vivo de su obra a las generaciones futuras.
“No es que morir nos duela tanto.
Es vivir lo que más nos duele.
Pero morir es algo diferente,
un algo detrás de la puerta.”
La “vida segunda de la fama” de
la que hablaba nuestro gran Jorge Manrique, es la que quiere para sí la poetisa
de Amherst. Los egos pronunciados, pindios, soberanos de sus ínsulas extrañas y
desiertas, reclaman eternidad, así en la tierra como en el cielo. Le sucedió,
también, a Juan Ramón.
“Jugarán otros niños en el prado,
dormirán bajo tierra otros cansancios;
pero la pensativa primavera
como la nieve llegará a su tiempo.”
La lectura de Juan Ramón, en “El
viaje definitivo”:
“Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y lejos del bullicio distinto, sordo, raro
del domingo cerrado,
del coche de las cinco, de las siestas del baño,
en el rincón secreto de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu de hoy errará, nostáljico...
Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.”
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Si hay una composición
verdaderamente atinada de la poetisa de Amherst, es la numerada como 543, donde
ella confiesa:
“Temo a la persona de pocas palabras.
Temo a la persona silenciosa.
Al sermoneador, lo puedo aguantar;
al charlatán, lo puedo entretener.
Pero con quien cavila
mientras el resto no deja de parlotear,
con esta persona soy cautelosa.
Temo que sea una gran persona.”
…………………………………………………………………….
Historia de una pasión es
una película delicada, lenta, perezosa, no apta para todos los paladares. Un
largometraje al que atender por segunda vez, para focalizar mejor cada lectura
de Dickinson en el entorno concreto en que tiene lugar.
Interpretaciones convincentes del
veterano Keith Carradine como Edward, padre de Emily; de Jennifer Ehle como su hermana Lavinia (resplandeciente y perfecta
elección de casting) y de Duncan Duff como Austin Dickinson. En cuanto a
Cynthia Nixon como Emily, sin ser un ajuste desacertado, e inspirador del guion
del filme, no comunica la fragilidad de aquella mujer menuda. Se sobrepone a
ella y la hace entera, fuerte, recia como la palmera que solo se inclina ante
el dolor de la enfermedad.
…………………………………………………………………………
De superior factura es el
anterior largometraje de Terence Davies, Sunset Song, basado en un texto clásico de las letras
escocesas, debido a Lewis Grassic Gibbon. A principios del siglo XX, una
familia numerosa levanta su granja en Escocia. El padre es un individuo déspota
y tirano, que amedrenta a sus hijos mayores y no admite más autoridad que la
suya. Tiene a su mujer para yacer con ella y engendrar cuantos hijos le envíe
el Señor. A su hijo Will lo flagela por el simple hecho de disparar su escopeta
sin su permiso. Aquel hogar se convierte en una cárcel, en una olla a presión
que, cuando estalla, da pie a varios cuadros muy trágicos. La muerte de la
madre provoca la soledad y hastío del patriarca, quien desea cometer incesto
con su hija Chris. Afortunadamente, una segunda apoplejía termina con el
desalmado empeño. Chris se casa entonces con un muchacho tímido pero apuesto,
Ewan. Pasan un tiempo de merecida dicha, hasta que sobreviene la Gran Guerra
europea y Ewan es llamado a filas. Durante un permiso, se ve que su carácter ha
cambiado enormemente: traspuesto por los nervios del combate, grita, zarandea y
viola a su mujer. Parece un saqueador y no un esposo. Está en él el animal de
la guerra. Esa bestia humana que desconoce la piedad cuanto más huye de su
propio miedo.
Se ha comparado Sunset
Song con el cine del maestro Ford. No guarda relación. Ford era pleno
lirismo, era un poeta de sentires y sentimientos. La realidad tamizada por la
ficción: la caballería, la camaradería, la música tradicional, los bailes, la
ironía y el guiño a un mundo que estaba desapareciendo. Davies afronta su
relato sobre la Escocia rural sin propósitos mitificadores. Clava la cámara,
eso sí, como hacía Ford, y no saca a los personajes del encuadre, ni permite
que el público contemple otra realidad. El espectador retrocede en el tiempo y
se sumerge de lleno en la historia, sin importarle para nada el presente que
deja atrás.
Con elementos folletinescos, el
relato avanza con enorme buen pulso. Una película pequeña, modesta, que se
acrecienta al exhalar el sabor de lo añejo. Muy a tener presente.
“Dios no solo juega a los dados, sino que a veces los tira donde nadie
pueda verlos”. Esta es la conclusión a la que llegó el cosmólogo británico Stephen Hawking (Oxford, 1942) para
referirse a la extraordinaria complejidad del Universo y sus leyes. La física
cuántica materializa esa línea impredecible del comportamiento del cosmos, con
unas partículas comportándose unas veces como tales, y otras como ondas. Hawking
–físico teórico de fama mundial--ejemplifica el ahínco para buscar esa fórmula mágica que lo explique
todo. La teoría de la relatividad concibe ordenada la materia. Según la segunda
ley de la termodinámica, el grado de orden de un sistema va siempre en aumento.
Sin embargo, las partículas elementales parecen contravenir la ley de la
armonía. ¿Cómo un sistema puede regirse por el orden y la arbitrariedad a la
vez? Hawking lleva desde 1965 intentando formular la máxima ecuación que
explique el comportamiento de lo real. Su búsqueda, acuartelada en los
laberintos de su cerebro, aún no ha terminado.
Si Dios existe, ha permitido que
esta mente maravillosa quede encapsulada en un cuerpo cruelmente inanimado. “Me
has retado, vas a conocer los misterios que rigen este mundo, pues ¡toma
castaña!, que te condeno a padecer por ello de una forma atroz”—parece haber
decretado Dios. O eso, al menos, es lo que estamos tentados de pensar.
Llega a los cines de nuestro país
La
teoría del todo (The Theory of
Everything, 2014), del documentalista James
Marsh, basada en una fuente de primera mano, Travelling to Infinity: My Life with Stephen, el relato
autobiográfico de la exesposa de Stephen Hawking, Jane Wilde.
Con un hábil guion de Anthony
McCarten, lleno de empuje y desprovisto de momentos especialmente anticlimáticos,
profundizamos en el drama humano y familiar de Hawking, desde sus comienzos
entre Oxford y Cambridge, hasta los estragos causados por su enfermedad
degenerativa, la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), conocida en Reino Unido
como dolencia de la neurona motora, y en Estados Unidos como The Lou Gehrig
Desease, patología de Lou Gehrig, el famoso jugador de béisbol inmortalizado
por Gary Cooper en El orgullo de los
Yankis (Sam Wood, 1942).Es
inevitable que una biografía novelada o, en este caso, una biopic, adolezcan de reverenciar al retratado hasta lindar con el
melocotón en almíbar; por ello, el filme de Marsh no escapa por entero de
cierta visión edulcorada de la juventud del protagonista. Así Marsh construye
una película muy familiar, atractiva pese al áspero drama que encierra, que
atiende a todos los resortes del género sin olvidar ninguno: héroe esperanzado,
esposa modélica y abnegada, acogida en público sumamente favorable. La película
es un canto a la esperanza ante la adversidad, y una defensa del entendimiento
y el amor verdadero entre una mente agnóstica y otra creyente. Porque la
jovencísima anglicana practicante Jane Wilde, estudiante de Filología Francesa
e Hispánica, acepta convertirse en la esposa de Stephen, un doctorando en
Física Teórica, al cual se la acaba de vaticinar una brevísima estimación de
vida de tan solo dos años. En efecto, es el uno de enero de 1963 y Hawking
derrama una copa de vino al sentir que su mano no puede sostenerla. A finales
del mismo mes, se le diagnostica la esclerosis, y se le da un periodo de tiempo
de dos años antes de la defunción. Estamos en enero de 2015, y Hawking acaba de
cumplir 73 años, es decir, 52 de convivencia con la mortal parálisis. Único
caso constatado en el mundo con un margen de supervivencia tan amplio. Otro
milagro: Dios ha permitido que ese cerebro prodigioso siga activo.
En apuntes suaves se nos da a
conocer la progresión intelectual de Stephen: de la teoría de la singularidad
de 1965, respetuosa con el modelo de Penrose, con un Universo con un comportamiento
análogo al de un agujero negro, es decir, con un comienzo y un final por
absorción de la materia, hasta el diseño teórico de 1981, de un cosmos sin
límites espacio-temporales, o lo que es lo mismo, sin principio ni fin, sin
Alfa ni Omega, sin la necesidad de un Creador o Motor Primero. Cuando Hawking
alumbra, en 1988, su mayor éxito editorial –que tuvo que reescribir varias
veces, para volverlo comprensible--, Breve
historia del tiempo. Del Big Bang a los agujeros negros, Carl Sagan anotó
en el prólogo: “Este es también un libro
acerca de Dios…, o quizá sobre la ausencia de Dios. La palabra Dios llena estas
páginas. Hawking se embarca en una búsqueda para contestar a la famosa cuestión
de Einstein sobre si Dios tuvo algo que ver en la creación del Universo.
Hawking intenta, como él explícitamente declara, entender la mente de Dios. Y
ello lleva a la más inesperada conclusión: un Universo sin límite en el
espacio, sin principio ni fin en el tiempo, y sin razón para un Creador”.
La materia no tendrá creación, pero Hawking
todavía no ha podido establecer la ecuación inmutable que la determina. Quizá, va camino de ello...
Es en noviembre de 1970, mientras
intenta desencajarse el cuello de un jersey, cuando el científico repara, al
trasluz, en el calor de la lumbre de la chimenea. El fuego, energía en
combustión, irradia luz y calor. ¿Por qué no va a poder experimentar lo mismo
un agujero negro que colapse? En enero de 1974, el genio enuncia la “radiación
de Hawking”: cuando un agujero negro se va convirtiendo en una singularidad, la
pérdida de su masa se traduce en la fuga de partículas de radiación incapaces
de ser absorbidas por el núcleo del propio agujero. El resultado es que no hay
final posible, pues la radiación que escapa se expande hacia otros lugares del
Universo. Si no hay un final, si la materia se regenera y autorregula
constantemente, tampoco cabe pensar en un principio.
Si hubo esa gran explosión que,
en tan solo una fracción de segundo, alumbró el Universo, superando, incluso, a
la velocidad de la luz, y quebrantando el modelo físico en su mismo inicio,
¿qué fue lo que la originó? ¿Qué había antes del Big Bang, y por consiguiente,
del espacio-tiempo? ¿Qué espacio físico contuvo a la primera partícula, la primigenia
burbuja madre del Cosmos? ¿Qué es y qué cometido tiene la “materia oscura”?
¿Por qué esta repele, en vez de atraer, como la gravedad? ¿Por qué, en
definitiva, existe el Universo? Muchas preguntas, que Hawking pretende reducir
a una sola ecuación. Una única fórmula que dé respuesta a todos esos enigmas. Que
compagine a la perfección la mecánica cuántica con la relatividad general de
Einstein. ¿Será posible? ¿Se conseguirá algún día? Por otra parte, ¿acaso solo
somos producto y resultado de la casualidad? Esta película puede llevar al espectador
a plantearse este y otros varios interrogantes sobre las leyes de la Física.
La vida conyugal y familiar de
Stephen distó mucho, no obstante, de ser idílica. No es fácil asistir a un
cuerpo vegetativo, y dejar que tu hogar se llene de enfermeras. Después de su
tercer hijo, el matrimonio Hawking se separa. Stephen se une a la asistente que
lo cuida, y Jane al director de coro de su iglesia. Así lo versiona el propio
protagonista, en su autobiografía: “Fui
sintiéndome más infeliz por la relación cada vez más estrecha que existía entre
Jane y Jonathan [el director del coro]. Al
final no pude aguantar más la situación y en 1990 me mudé a un piso con una de
mis enfermeras, Elaine Mason (…) Elaine
y yo nos casamos en 1995. Nueve meses después Jane se casó con Jonathan Jones.”
Y Hawking prosigue: “Mi matrimonio con Elaine fue apasionado y tempestuoso. Tuvimos
nuestros altibajos, pero el hecho de que ella fuera enfermera me salvó la vida
en varias ocasiones (…) Todas esas
crisis pasaban su factura emocional a Elaine. Nos divorciamos en 2007 y desde
entonces vivo solo con un ama de llaves.”
La opinión de Jane Wilde, entonces
señora de Hawking, no es, naturalmente, la misma. Al parecer, Stephen la apartó
de la gestión de los derechos de autor de Historia
del Tiempo (que ya lleva vendidos más de diez millones de ejemplares). En
una entrevista para The Guardian,
Jane se mostró franca: el éxito le había venido bien a Stephen, y le había
proporcionado ciertas comodidades tanto a él como a su familia. Pero no paliaba
los duros y agrios momentos de desesperación, motivados por los negros pozos de
la esclerosis lateral. Además, poco a poco, Jane fue siendo suplantada por
Elaine Mason en la influencia sobre Stephen, quien exigía más y más atención
cada vez. Jane se enteró por una carta de su marido de su intención de
marcharse a vivir con Elaine. Ese fue el final. Sin embargo, hoy día Jane y
Stephen Hawking mantienen una relación cordial, y ella reconoce “el gran privilegio que fue viajar con él,
aunque fuera una corta distancia, hacia el infinito.”
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Los primeros avances de Stephen Hawking
en Cambridge ya fueron motivo para un entretenido telefilme de la BBC, Hawking
(Philip Martin, 2004), con guion de Peter Moffat, e interpretado por Benedict Cumberbatch (The Imitation Game) y Lisa Dillon (quien
presentaba un gran parecido con la Jane Wilde auténtica). Pero aquella película
se quedaba en el comienzo de la enfermedad de Hawking, cuando caminaba con
bastón y aún no se había casado con Jane.
Las interpretaciones de La teoría del todo son eficaces: Eddie Redmayne calca la sonrisa pueril,
los andares tortuosos y el tronco y piernas desvencijadas del Hawking real; por
su parte, Felicity Jones no se queda
atrás, componiendo una calidísima y atractiva Jane. La película no sería la
misma sin este bien escogido tándem, que funciona con la complicidad de la
veteranas parejas de Hollywood: Teresa Wright y Gary Cooper (en la ya citada El orgullo de los yanquis), Greer Garson
y Walter Pidgeon (La señora Miniver, Madame Curie), June Allyson y James
Stewart (The Stratton Story, The Glenn Miller Story).
La teoría del todo es una película recomendable, instructiva,
ilustrativa, bonita. Un acercamiento brillante a un drama asombroso, que
sobrecoge y sorprende a un tiempo.
De todas formas, que no nos lleve
a creer que Stephen Hawking es el único astrofísico que existe.
En 1998 me enteré por la prensa de la publicación, a cargo del Consejo de Seguridad Nuclear, de Marie Curie y la Radiactividad. El libro se distribuiría gratuitamente por bibliotecas, centros de investigación y personas relacionadas de alguna manera con aspectos científicos. Rápidamente, escribí a su autor, el físico, investigador e historiador de la Ciencia D. José Manuel Sánchez Ron, hoy también académico de la Lengua (sillón G). Le expuse que yo era un investigador (me estaba doctorando en esos días), pero no de Ciencias, sino de Letras, y que, desde niño, había sentido admiración por la figura de María Sklodowska, a raíz del visionado de un clásico, Madame Curie (1943), dirigido por Mervyn LeRoy, e interpretado por la pareja Greer Garson y Walter Pidgeon. De hecho, yo era un enamorado de esa película, y Greer Garson, a quien después vi en Adiós, Mr Chips, La señora Miniver y Niebla en el pasado, se convirtió en una de mis actrices favoritas. D. José Manuel debió de coincidir con mi entusiasmo, pues no habían transcurrido quince días cuando me llegó por correo el ansiado ejemplar de su libro, que hoy guardo como oro en paño, con inmenso recuerdo y cariño hacia María y hacia él.
Madame Curie representaba para mí una gran aspiración: ser útil a la Ciencia, y formar tándem con alguien con mis mismas inquietudes descubridoras. En la película, María está sola al principio, pero da pronto con Pierre Curie, quien la acoge y le presta su laboratorio. Poco a poco, los trabajos iniciados por María atraen a Pierre, que se siente inclinado a colaborar en ellos, al tiempo de sentir también algo afectivo por María. Así vemos cómo dos almas inquietas se transfiguran en almas gemelas, y unen sus vidas en pos de su felicidad y en beneficio del progreso científico. Saber, descubrir, y amar. ¿Quién puede pedir más?
La vida no ha sido generosa conmigo y todavía no me ha permitido encontrar el beneficio del que disfrutó Pierre Curie. Pero esa es otra historia.
Llevar una historia de Ciencia al cine no es tarea fácil. Hay que sintetizar muy bien la realidad para volverla atractiva y comprensible al espectador. Hemos podido comprobar ese acierto en cintas como El aceite de Lorenzo (1992) y Una mente maravillosa (2006). El drama personal en ambos casos contribuye a reforzar el guion, uniéndose en simbiosis al eficaz tratamiento didáctico de la parte técnica. El antiguo Hollywood era especialmente hábil en recrear biografías de gente interesante. Se quedaban con lo bonito del biografiado, exagerándolo o maquillándolo, hasta conseguir la identificación plena del espectador con las actitudes y aptitudes de alguien modélico. Es lo que se conoce como biopic, es decir, biografía edulcorada. Así surgieron largometrajes de ensalzamiento de talento y virtudes, como El joven Lincoln (con Henry Fonda), Edison, el hombre (con Spencer Tracy), Noche y día (el falsísimo retrato de Cole Porter, con Cary Grant), El trompetista (con un excelente Kirk Douglas), Música y lágrimas (The Glenn Miller Story, con James Stewart), Tu mano en la mía (con Danny Kaye) y Eddy Duchin (con Tyrone Power). La fórmula a veces sigue funcionando, como en la excelente De-Lovely (2004, de Irwin Winkler), con Kevin Kline, uno de los más sólidos y portentosos actores de nuestro momento.
Con Madame Curie, Mervyn LeRoy extrajo las mayores virtudes interpretativas de la sobria Greer, quien sabía captar la atención del público al no pestañear en largos planos medios y enarcar la ceja, al tiempo de materializar un doble objetivo: el emocional y el didáctico. Madame Curie es una película que deberían ver todos los preadolescentes y adolescentes, porque va sobre uno de los más fascinantes impulsos del ser humano, aquel que atrapó a María y Pierre Curie, a Irene y Joliot Curie, a Santiago Ramón y Cajal y a Severo Ochoa, a Santiago Grisolía y Margarita Salas: la pasión de descubrir. Los secretos de la Naturaleza, que acaso una Inteligencia Suprema ha puesto en ella. Becquerel pensaba que un mineral llamado pechblenda –es decir, mineral de hulla extraído en Sajonia y Bohemia—encerraba elementos capaces de almacenar la energía de la luz del sol. Y que esos elementos, como bien se muestra en la película, impresionaban con ella placas fotográficas, reproduciendo el negativo de los objetos cercanos. Este poder –acaso una módica muestra de la energía que deja el Creador a su paso—fascinó de entrada a María Sklodowska, quien decide intentar aislarlo para determinar sus aplicaciones benéficas.
Pierre Curie era muy diestro en el manejo y calibración del electrómetro de cuarzo piezoeléctrico, instrumento que mejoró él mismo en 1900. Este medidor es el que María utiliza para diseccionar cien gramos de pechblenda y comprobar la carga eléctrica de sus constituyentes. La pechblenda, con el uranio y el torio ya reconocidos, marca ocho. Sin embargo, medidos uranio y torio por separado, aislados de la pechblenda, se obtiene una lectura de dos para cada uno, o sea, cuatro en total. Eso quiere decir que la hulla sajona contiene algún otro componente, aún más poderoso que el uranio y el torio juntos. Ese será el componente que María se aplica en aislar, con ayuda de Pierre. Un componente activo que apenas llega a una milésima del uno por ciento del análisis químico de la pechblenda. Por supuesto, el radio. Hoy sabemos que contiene otros principios activos, como el polonio, el bario y el actinio, pero el guion los simplifica en el radio.
El matrimonio Curie comunica su suposición a la junta de la Universidad de París, quien solo les cede un destartalado cobertizo, a modo de invernadero, que fue antes usado como sala de disección. Adquieren la ingente cantidad de ocho toneladas de pechblenda, que ellos mismos van disolviendo con ácidos para separar de ella el uranio y el torio, e ir filtrando otros componentes mediante largas y numerosísimas cristalizaciones. Las manos de María se resienten y se llagan, por efecto de esa energía desconocida. Pueden adquirir el rango fatal de cancerosas, pero ella no desfallece ni flaquea y decide continuar en beneficio de la Ciencia. Horas y horas, días y días, meses y meses entre vahos de sulfuros y decenas de platillos donde se cristalizan las sales. Por fin se llega a la cristalización final, que ha de mostrar el aspecto del ansiado componente. Pero lo único que queda es una mancha en el fondo, un minúsculo residuo inconsistente. Desalentados, los Curie marchan a casa. En apariencia, han fracasado en su empeño. Pero María piensa: ¿y si esa huella impalpable es el radio, el elemento soñado? Convence a su marido para volver al cobertizo: llegan de noche, el laboratorio permanece a oscuras; entonces, a través de una ventana, se obra el milagro: del platillo solitario, al fondo de la sala, emerge una intensa fosforescencia. Con emoción, los Curie penetran en el laboratorio y se aproximan a la extraña luz. Como figuras en un lienzo de pintura flamenca, quedan ambos sumidos en un reflejo tenue. Ante ellos, el radio.
Es así como lo cuenta Eva Curie en La vida heroica de María Curie descubridora del radio (contada por su hija):
“La jornada de trabajo había sido ruda, y lo más razonable hubiera sido que los dos sabios se tomaran un reposo bien merecido. Pero los Curie, por lo general, no son razonables. Se ponen los abrigos, advierten al doctor Curie [padre de Pierre] de su fuga, y se van […] Llegan a la calle Lhomond y atraviesan el patio. Pedro pone la llave en la cerradura. La puerta rechina […]
--No alumbres—dice María, en la oscuridad, y luego añade con una leve sonrisa--: ¿Recuerdas el día que me dijiste: ‘Quisiera que el radio tuviese un buen color?’
[…] El radio tiene algo más que un ‘buen color’. Es espontáneamente luminoso. Y, en el hangar sombrío, […] sus siluetas fosforescentes, azuladas, brillantes, aparecen suspendidas en la noche.
--¡Mira! ¡Mira! –murmura María.
Se adelanta con precaución, busca, encuentra a tientas una silla de enea. Se sienta, en la oscuridad, en silencio. Las dos miradas se tienden hacia las pálidas luces, las misteriosas fuentes de los rayos, hacia el radio: ¡su radio!”
Lo que los Curie contemplan esa noche de 1902 es un decigramo de radio puro. Cuarenta y cinco meses después del anuncio oficial de su más que probable existencia.
Post tenebras spero lucem, rezaba el lema de Juan de la Cuesta, impresor del Quijote. ‘Tras la oscuridad, espero la luz’. Y la luz llega a los ojos de María, esos ojos cansados, forzados, que también herirá la radiación implacable.
Premio Nobel de Física de 1903 para Henri Becquerel y María y Pierre Curie, descubridores de la radiactividad.
Seguidamente, tras el momento de gloria, la tragedia: la desaparición de su compañero de fatigas y amante esposo Pierre. El jueves 19 de abril de 1906, un camión con más de cuatro toneladas de material militar arrolla en la calle a Pierre Curie, matándolo en el acto. El hecho hunde en primera instancia la moral de su viuda, quien, no obstante, anota en su autobiografía: “Me es imposible expresar la profundidad e importancia de la crisis que trajo a mi vida la pérdida de quien había sido mi más cercano compañero y mi mejor amigo. Destrozada por el impacto, no me sentí capaz de afrontar el futuro. No podía olvidar, sin embargo, lo que mi esposo solía decir a veces, que, incluso desprovista de él, debía continuar mi trabajo.”
Y, para bien del espíritu científico, María continuó trabajando. En 1911, nuevo Nobel, el de Química.
La versión de Mervyn LeRoy se cierra majestuosamente con un solemne discurso de María ante la Academia de Ciencias. Su belleza nos invita a reproducirlo aquí:
“Porque si ninguno de nosotros puede abarcarlo todo, cada uno, sin embargo, puede alcanzar algún ‘destello’ de la Ciencia que, aunque modesto e insuficiente de por sí, puede añadirse al sueño humano de la verdad. Y gracias a estas pequeñas luces entre nuestras tinieblas vamos distinguiendo, cada vez más, la silueta vaga todavía de este grandioso plan que constituye todo el Universo. Yo estoy siempre entre aquellos que creen que por esta razón la Ciencia encierra una gran belleza y con su gran fuerza espiritual llegará, con la ayuda del Tiempo, a arrojar de este mundo la maldad que hay en él, su ignorancia, su pobreza, las tristezas, las guerras y las dolencias.
Sigue tras la clara luz de la verdad, sigue nuevos senderos aún no hollados; cuando la vista del hombre llegue donde aún no puede llegar, jamás podrá faltarle el divino milagro. Cada edad tiene sus propios sueños. Deja entonces los sueños que ya son del ayer, ven, coge la ígnea antorcha de la Ciencia y edifica el palacio del futuro.”
El guion de Madame Curie se basa en el texto biográfico de su hija Eva, y en él trabajaron Paul Osborn, Paul H. Rameau, Walter Reisch y el escritor de ficción Aldous Huxley. El proyecto partió de la célebre Anita Loos, y Huxley, que se había mudado a Hollywood en 1937, comenzó a desarrollarlo al año después. Pero sus resultados fueron demasiado literarios, y la Metro ordenó rehacer el guion. La versión que se aceptó no oculta la dificultad de María Sklodowska, como mujer, para abrirse camino en el mundo académico del París de 1900, pero suprime elementos reales importantes, como el apoyo que tuvo de su hermana, igualmente entregada a la investigación, y compañera suya en París. Evidentemente, se subrayan de manera didáctica inconmensurable los valores de tesón, entrega a un ideal noble y constructivo, el amor amigo, profundo y sincero en la adversidad, la búsqueda infatigable de la verdad.
Se ha realizado una versión más reciente de la epopeya de los Curie, protagonizada por la siempre gélida e inquietante Isabelle Huppert (Los méritos de Madame Curie, 1997, de Claude Pinoteau), pero el resultado no le llega ni de lejos a este clásico de 1943, que contaba, además, con la colaboración de eternos secundarios de los años treinta y cuarenta: Henry Travers (Clarence, el ángel de ¡Qué bello es vivir!), Robert Walker (pérfido asesino misógino e intrigante homosexual en Extraños en un tren), C. Aubrey Smith (héroe de batallita en Las cuatro plumas), un casi desconocido y jovencísimo Van Johnson y una todavía muy pequeña Margaret O’Brien (ambos coincidirían de nuevo, con Mervyn LeRoy, en Mujercitas).
* * *
Greer Garson se llamaba así realmente. Nació en County Down (Irlanda del Norte) el 29 de septiembre de 1908. Se preparó para maestra de escuela y estudió Bellas Artes en la Universidad de Londres. Al mismo tiempo, se inició en el teatro, llegando a compartir cartel con Laurence Olivier en una versión de Romeo y Julieta, de Shakespeare. Actuando en Londres la descubrió una noche de 1938 el mismísimo Louis B. Mayer, quien se la trajo a la MGM. En 1939 le llegó su primer papel importante, el de esposa de un despistado profesor de Latín y Griego, Robert Donat –ganador del Oscar—en Adiós, Mr Chips. El maestro se la encuentra por casualidad durante la subida a una montaña; y ahí está ella, esperando. Seguidamente protagonizó Más fuerte que el orgullo, basada en una novela de Jane Austen. El guion era de Aldous Huxley, contaba con Laurence Olivier, y contiene diálogos de gran efecto y calidad. En 1941 se inició su relación profesional con Walter Pidgeon (a quien las malas lenguas tachan de homosexual discreto), con quien hace la muy endeble De corazón a corazón, historia de un orfanato. En 1942, amanece su primer triunfo rotundo, La señora Miniver, cuando incorpora al prototipo de esposa valiente, resuelta, abnegada y luchadora en quien se creen reflejar todas las madres anglosajonas durante la Segunda Guerra Mundial. Greer ganó su Oscar y lo agradeció con un discurso inmensamente largo. De ese mismo año es Niebla en el pasado (Random Harvest, de Mervyn LeRoy), uno de los más potentes y nostálgicos melodramas del viejo estilo, con un Ronald Colman carente de identidad y una sufrida esposa, nuevamente, que le ayuda a reconocerla. En 1943, filma Madame Curie, un papel que había sido antes rechazado por Greta Garbo y que Joan Crawford codiciaba. En 1945, hace de sirvienta enamorada de señorito en El valle del destino. A partir de 1948, su estrella declina y sus películas pierden notoriedad. En 1953, le llega un pequeño papel, la Calpurnia de Julio César, de Mankiewicz. En 1960 acometió su última interpretación importante, y su séptima candidatura al Oscar, el rol de Eleanor Roosevelt en Amanecer en Campobello. Casada desde 1949 con un magnate del petróleo, falleció en Dallas (Texas) el 6 de abril de 1996.
Mervyn LeRoy era un artesano de los estudios, especializado en el melodrama. Debutó en el cine negro, en Warner Bros., con producciones baratas, pero efectivas, como Hampa dorada (Little Caesar, 1931, con Edward G. Robinson) y Soy un fugitivo (1932, con Paul Muni). En 1932, dirigió a Humphrey Bogart en dos de sus primeros filmes: Big City Blues y Three on a match (junto a Bette Davis). En 1940, ya en MGM, realiza uno de sus dramas cumbre, El puente de Waterloo, con Robert Taylor y Vivien Leigh, plagado de romanticismo y nostálgica ensoñación. Durante la Segunda Guerra Mundial, filma Niebla en el pasado y Madame Curie. De 1949, es su adaptación, en color, de Mujercitas (con June Allyson y Elizabeth Taylor). De 1951, es su película más espectacular y ambiciosa: Quo Vadis?, rodada en Cinecittá entre majestuosos decorados de la Roma clásica, con un no superado Peter Ustinov en la piel de Nerón. En 1952, dirige a la nadadora Esther Williams en La primera sirena, la mejor película de esta, con excelentes coreografías acuáticas. En 1962, desnuda a Natalie Wood en La reina del vodevil.
Para saber más acerca de la vida y los trabajos de María Sklodowska de Curie, pulsaraquí.