Orson, mago de primera.

Orson, mago de primera.

domingo, 1 de marzo de 2026

El muchacho que creyó en sus sueños.

Elvis Aaron Presley nació en un hogar muy humilde de un pequeño pueblo de Mississippi. De niño, en el colegio, contaba con pocos amigos, y le suspendían en Música. Un día su padre, Vernon, le dejó escoger entre una bici y una guitarra. El muchacho, acostumbrado a oír las voces de los negros cantar en las iglesias, prefirió la segunda. La aprendió a tocar fijándose en cómo lo hacían los demás. Vernon le sugirió que se hiciera electricista, un oficio que daba algo de dinero; pero el joven creyó que, con la música, se podría llegar a alguna parte. Poco a poco, se iría gestando un mito: de camionero que tarareaba éxitos musicales, a un talento deslumbrante capaz de cantarlo todo. Porque Elvis empezó con el rock, desafiante, rebelde, moviendo las caderas, pero pronto, y a instancias de su mánager, el coronel Tom Parker –su Mesías y su Tirano--, superó con creces a cualquier crooner del momento –Bing Crosby, Frank Sinatra, Dean Martin, incluidos—y se volvió gigante como un dios.

Más de 1.100 conciertos entre 1969 y su muerte, en 1977. A veces, hasta tres diarios. Siempre en Estados Unidos. Elvis solo pisó Europa cuando fue destinado a Alemania durante el servicio militar, licenciándose como sargento. Después, las películas; casi todas con la misma fórmula de chico conoce a chica, la canta, chica se enamora de chico. Elvis desaprobaba que no le dejaran actuar de verdad, en filmes con argumentos sólidos donde no tuviera que cantar. Pero Hollywood lo había encasillado y, en respuesta, tras treinta y un rodajes, el astro del rock se plantó de nuevo sobre los escenarios, haciéndose giras por todo el país. La Metro, que no tiraba fácilmente la toalla con él, negoció con el coronel Parker el rodaje de un gran documental con sus actuaciones en el Hotel Internacional de Las Vegas. Así nacía Elvis: That´s the Way It Is (1970). Visto el éxito de la iniciativa de servir a Elvis “en su jugo”, MGM pactó un segundo reportaje, Elvis on Tour (1972). Después vendría el Aloha from Hawaii Vía Satélite (1973), pero esa ya sería otra historia.

Ahora, el director y productor Baz Luhrmann ha condensado el material de esos dos documentales, añadiendo algunas imágenes inéditas procedentes del archivo familiar de los Presley, y algún material más descartado por Metro, en su obra-tributo Epic: Elvis Presley in Concert (2025). Hora y media para descubrir (o redescubrir) al artista sobre el escenario (mayoritariamente, del Internacional de Las Vegas), escuchándole hablar de su vida, sus intereses y su obra en su propia voz. En los primeros veinte minutos, se liquida la primera fase del Rey: el de las iniciales actuaciones en televisión, su paso por la mili, y sus cromáticos largometrajes llenos de melodías coreografiadas. A Luhrmann lo que le motiva es alcanzar cuanto antes el punto culminante del ascenso de Elvis tras su “regreso” del 68, el momento de su debut en Las Vegas, el paraíso de los casinos, de los hoteles con letreros luminosos enormes, y refugio de estrellas de Hollywood que allí completaban caja.

Más que revelarnos material nuevo, Luhrmann dota a su nueva propuesta de un montaje soberbiamente planificado y ejecutado; es así que, aunque nos suenen las secuencias, las vemos como si fuéramos niños de primera comunión. Nos deslumbra con un Elvis que está ahí, frente a nosotros, en pantalla grande y con un sonido excelente.  A menudo, cada canción abre un paréntesis en su mitad, para que asistamos a su ensayo, a los meticulosos preparativos del Rey dando instrucciones a sus subordinados. También, lo vemos entre bambalinas, antes de alzarse el telón, advirtiendo que hay que ofrecerse por entero, evitando cualquier error, porque el público es distinto cada noche. Hay que interpretar cada pieza como si fuera en una primera vez.

El Elvis de Luhrmann nos deleita con interpretaciones en vivo de Polk Salad Annie, Burning Love, That’s All Right, Love Me, Tiger Man, All My Trials (An American Trilogy), How Great Thou Art, Bridge Over Troubled Water, Little Sister, Suspicious Minds, A Big Hunk O’Love, In the Ghetto, y varias más. Un clímax verdaderamente emotivo y profundo se logra con las grabaciones de góspel, para el que Elvis se las pintaba solo.

Y el Rey nos va contando sus cosillas: las grabaciones de la Sun tenían demasiado eco; de joven, coleccionaba música seria del Metropolitan, en especial, los discos de Mario Lanza; no es bueno que el hombre esté solo: todos, en algún momento, necesitamos a alguien…

Luhrmann evita el declive del astro, el Presley final de 1976-77 (Elvis in Concert). Nos deja con ese buen sabor de boca de la estrella fulgurante.

Concluye el documental con un poema lírico de Bono, precioso, musicado por Elliott Wheeler: American David.

Bono (U2): "American David" (a poem).

Es de suponer que la edición en dvd / Blu ray de Epic incluya el llamado “montaje del director”, lo que no se ha proyectado en las salas, con, quizá, el cómo se hizo.

Se cuenta que sesenta y ocho cajas yacían olvidadas en una vieja mina de sal de Kansas, a casi doscientos metros de la superficie. Dentro de ellas se repartían cientos de metros de celuloide con grabaciones del Rey del Rock, algunas inéditas o apenas vistas. Y, lo más sorprendente, una grabación de 45 minutos del propio Elvis narrando sus experiencias vitales. La mayoría de las filmaciones carecían del sonido correspondiente, que se encontró por separado. Hubo que sincronizar cada toma con su audio original. En principio, se anunció un montaje de 180 minutos, después de descartar un metraje todavía más extenso. Pero el producto final que se ve en pantalla grande es justo la mitad. Quizá lo mejor de lo mejor. Acaso, otra forma de mostrar lo ya conocido, porque no quede mucho más por conocer.

Antonio Ángel Usábel, marzo de 2026.


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