Orson, mago de primera.

Orson, mago de primera.

jueves, 22 de octubre de 2026

"Soy Cuba", una joya del cine cubano.

Durante el régimen de Fulgencio Batista (1952-1959), Cuba era el prostíbulo de Estados Unidos. Lujo, casinos, fiestas, y mujeres hermosas que se vendían al visitante norteamericano por unos pocos dólares. Por eso, hay que preguntarse si una película que muestra el paso de esa Cuba a la de una revolución en marcha, se debe calificar de "propagandística", en vez de como histórica, puesto que habla de un proceso tan necesario, como inevitable. "Propaganda" alude a una realidad voluntariamente adulterada. Soy Cuba, creemos, se ciñe a la verdad de los hechos, porque no muestra la Cuba del castrismo, sino la Cuba que montó un cambio y la manera de hacerlo. Las revoluciones han sido fenómeno social imprescindible a lo largo de la Historia. Otra cosa son los intereses particulares o personales que esas revoluciones hayan podido esconder, como han apuntado muy bien las novelas de George Orwell y de Alejo Carpentier, por ejemplo. Cuando llenas las cárceles de disidentes, es que no estás haciendo muy bien lo que prometiste. Porque luchaste, supuestamente, por la libertad de tu gente, y luego vas y la sometes y encarcelas. Pones, de nuevo, yugos, cuando quitaste otros. En nombre del grupo, de la masa obrera, desprecias y minimizas al ser, al individuo.

Pero Soy Cuba habla solo de la rebelión del pueblo cubano contra ese sistema injusto bajo la batuta de Batista. La Cuba de los terratenientes, donde sus guajiros y guajiras, muy pobres, no eran dueños de sus plantaciones de caña de azúcar. Donde la falta de trabajo para las mujeres en la ciudad llevaba a que bastantes se ofrecieran a los clientes extranjeros en los locales de alterne. Donde la clase media de los estudiantes universitarios deploraba la censura de publicaciones y la falta de libertad de expresión. Donde la mayor parte de la clase baja no había pisado una escuela y era analfabeta. Una sociedad inmovilista, pues, e injusta, hecha a la medida del placer de unos pocos. La opresión y la injusticia permanentes y sobradas llevan a eso que se llama revolución, y que mete miedo en la sola palabra. A juicio de aquel noble represaliado en La Marsellesa, la magnífica obra de Jean Renoir, "la revolución es el levantamiento de la chusma contra la gente de calidad". Es decir, según él, el descontrol, el acabose. 

Dos hermanos guajiros en el filme de M. Kalatozov.

Soy Cuba se estrenó en 1964, únicamente en países socialistas, y es, aún hoy, un verdadero esmero de técnica cinematográfica. La mayor parte del contenido se construye con planos secuencia, perfectamente coreografiados. Los muy arriesgados trávelin desde los edificios, tanto ascendentes como descendentes, se consiguieron sujetando la cámara a la cintura del operador, y desplazando a este mediante un juego de poleas conectadas. Dirigió este filme el ruso Mikhaïl Kalatozov, laureado antes en Cannes, en 1958, por Cuando pasan las cigüeñas. Se hizo en coproducción entre Cuba y la URSS. La produjeron Miguel Mendoza y Simylon Maryachim. La fotografía, espléndida, en blanco y negro, nítida y sobresaliente, se debió a Sergey Urusevski. El guion fue de Enrique Pineda Barnet y Yevgueni Yevtouchenko, poeta ruso. El montaje, de N. Glagoleva. La música, de Carlos Farinas. Los intérpretes principales: Luz María Collazo, José Gallardo, Raúl García, Sergio Corrieri, Salvador Wood, Jean Bouise, Celia Rodríguez, Roberto García York, Luisa María Jiménez, Mario González Broche, y Raquel Revuelta. La duración íntegra oscila entre 145 y 147 minutos, aunque circularon versiones más cortas.

Un muy bello y emotivo poema, recitado por una melosa y cálida voz femenina, recorre el filme del ruso Kalatozov desde su comienzo. Ese texto, síntesis de la Historia de la isla desde su descubrimiento por España, dice así:

“Soy Cuba.

Una vez aquí desembarcó Colón.

Él me escribió en su Diario:

«Es la tierra más hermosa

que ojos humanos vieron».

Gracias, Señor Colón.

Cuando usted me vio por primera vez,

yo cantaba y reía.

Yo saludé las velas con penachos;

creí que me traían felicidad.

 

Soy Cuba.

Mi azúcar se la llevaban los barcos,

mis lágrimas me las dejaban.

Extraña cosa es el azúcar,

Señor Colón, tanto llanto en ella,

y, sin embargo, es dulce.

 

Soy Cuba.

¿Por qué huyes?

Has venido aquí para divertirte.

¡Diviértete!

Quizás el cuadro no es alegre;

no bajes los ojos: ¡mira!

Yo, Cuba, para ti soy

casinos, bares, hoteles,

pero las manos de estos niños

y viejos también soy yo.

 

Soy Cuba.

A veces creo que a los troncos de mis palmas

los ha regado la sangre.

A veces me parece que, a mi alrededor,

se mueve no el mar, sino las lágrimas

del pueblo.

¿Quién responde por esa sangre,

quién responde por esas lágrimas?

 

Soy Cuba.

Los hombres, cuando nacen,

tienen dos caminos:

el del yugo que obliga y sojuzga,

o el de la estrella, que ilumina y mata.

Escogerás la estrella.

Duro será el camino

y lo señalaremos con la sangre.

Pero, al caer un hombre

por una causa justa,

surgen por miles otros,

y, cuando ya no queden hombres,

hasta las piedras se alzarán.

 

Soy Cuba.

Los hombres, cuando nacen,

tienen dos caminos.

Escogerás la estrella.

Duro será el camino

y lo señalaremos con la sangre.

 

Soy Cuba.

He aquí los hombres

sobre los que después

se escribirán leyendas.

Vienen de todas partes a la Sierra,

vienen a combatir.

 

Soy Cuba.

Tus manos están hechas al arado,

Mariano, pero ahora tienen

un fusil.

Disparas no para matar;

disparas contra tu pasado;

disparas para defender tu porvenir”.

El argumento se organiza en torno a historias independientes, pero conectadas. Después de un breve prólogo por un canal navegable de la isla, se abre la acción en la terraza del Hotel Tropicana, frecuentado por turistas extranjeros. Bailoteo con buena orquesta. Baja la cámara en prodigioso trávelin hasta el nivel de la piscina. Una joven morena se alza de la tumbona y se zambulle; la cámara la secunda, y se sumerge tras ella. 

Pasamos a la calle, a un barrio popular, donde un humilde vendedor de fruta corteja a su novia María. En su carrito esconde papeles subversivos. La muchacha es una hermosísima mulata que se hace la remilgada y pundonorosa. La siguiente escena nos lleva al interior de un cabaret, donde canta el mítico Ignacio Elejalde, componente de The Platters. En la barra, bellas bataclanas esperando la invitación de los clientes. Unos norteamericanos se interesan por una chica, muy atractiva, que se hace llamar Betty, pero que es, en realidad, la María de la secuencia anterior. La joven se lleva a su bohío a un cliente. Se retira el crucifijo que lleva al cuello y se desprecia a sí misma, por lo que va a hacer. Esa noche hacen el amor. Al despuntar la mañana, el cliente paga unos dólares por el servicio, y quiere comprar también el crucifijo que llevaba la muchacha colgado al cuello. Ella se niega y lo defiende como suyo, como una heredad. En esa secuencia vemos el sentimiento religioso católico, profundamente arraigado en el corazón de la mujer. Venderá su cuerpo, pero no vende al Señor Jesús. A la cabecera de su cama, también pende otro crucifijo. 

La siguiente secuencia nos saca de La Habana y nos lleva al campo, donde Pedro, un padre anciano, su hija y su hijo, cortan la caña de azúcar. Llega a caballo un terrateniente y le participa al viejo que la tierra ya no es suya, que la ha vendido a la United Fruit Company. Que tendrá, por eso, que dejar su choza. El guajiro manda a sus hijos fuera, a que se diviertan un poco. En su ausencia, prende una antorcha y quema casa y cañaveral. Luego, cae desolado al suelo. 

Regresamos a La Habana. Reportaje sobre homenajes a Batista proyectado en la gran pantalla de un motocine. Unos estudiantes subversivos, armados de cócteles molotov, la hacen arder. Los estudiantes huyen. Los periódicos publican, al día siguiente, la muerte de Fidel Castro. Los mismos universitarios determinan imprimir unos pasquines, que arrojan desde las azoteas próximas a la Universidad, desmintiendo la noticia y llamando a la lucha. Entre ellos, uno, Enrique, piensa que hay que atentar contra los mandos del régimen. Pero sus compañeros lo disuaden y proponen destruir todo el sistema. Matar a alguien conduce solo a represalias duras, mientras el aparato del Estado se mantiene incólume. Aun así, Enrique hace un ensayo de atentado contra un jefe de Policía, con un fusil dotado de mira telescópica, que él mismo frustra, pues ve que el objetivo está acompañado de sus hijos pequeños. Unos policías irrumpen en una habitación donde se imprimen pasquines rebeldes. Encuentran un ejemplar de El estado y la revolución, libro de Lenin. Interrogan por su propietario. Nadie responde. Uno de los estudiantes se acerca a la ventana y tira unas hojas, al tiempo que grita sus consignas. Los policías lo tirotean, y el chico se precipita al vacío. En las escalinatas de la Universidad, Enrique mismo pronuncia un discurso revolucionario. La Policía dispara al aire. Abate a una paloma blanca. Enrique la toma en sus manos, y él y sus compañeros bajan las escaleras cantando y avanzando pacíficamente hacia el cordón policial. La Policía dirige mangueras de agua contra los manifestantes. Estos vuelcan e incendian coches. Detienen a uno, y, ante sus gritos reivindicativos, el jefe de Policía lo mata de un tiro por la espalda, cuando ya lo llevaban preso. Entonces, Enrique coge una piedra y avanza hacia el jefe, el mismo al que antes tuvo él a tiro de fusil. El policía le dispara varias veces y lo mata. 

Enrique arenga a sus compañeros universitarios.

Los compañeros estudiantes toman el cuerpo de Enrique, lo ponen sobre una camilla, y lo tapan con la bandera cubana. Cortejo fúnebre mayoritario por las calles. En ese momento, la cámara se alza en mágico trávelin ascendente, se introduce en una fábrica de tabaco, y vuelve a salir por una ventana, para acompañar, desde el aire, el recorrido de la gente que acompaña al caído Enrique. Este es, posiblemente, el plano secuencia más complejo jamás filmado. Sin cortes, con la cámara situada en un arnés con poleas, contando con varios operadores, y luego sujeta a un cable que atraviesa longitudinalmente una calle. Todos los movimientos medidos, y planificados, al milímetro; tanto los de la cámara, como los del público actor. Fue uno de los varios planos secuencia de la película que determinaron su restauración y estreno en Estados Unidos, en 2003, por mano de Martin Scorsese y Francis Ford Coppola.


Salimos hacia las montañas de Sierra Maestra. En una ciénaga, unos rebeldes son emboscados y sorprendidos por los militares. Se les pregunta dónde está Fidel. Cada uno de ellos responde: “Yo soy Fidel”. Es una secuencia calcada sobre la de Espartaco, de Kubrick. Cada gladiador apresado se levanta del suelo, y exclama: “¡Yo soy Espartaco! ¡Yo soy Espartaco!”. 

Amelia y sus hijos, refugiados de un bombardeo.

Un campesino, su mujer, y sus hijos pequeños, laboran en su bohío. Se les acerca un guerrillero, hambriento y sediento, que porta un fusil. Mariano, el campesino, lo sienta a su mesa y pide a su mujer, Amelia, que le sirva un plato. Mariano observa con aprensión el arma, que descansa junto al quicio de la puerta. Los dos hombres hablan sobre la rebeldía. Mariano dice que esa no es su guerra, que no le importa que sus tierras no sean suyas, ni que sus hijos no vayan a la escuela. Él solo quiere vivir tranquilo, y en paz. Se enfada con el guerrillero y lo expulsa. Amelia lo sigue y le da unos plátanos. Al poco de marchar el soldado, los aviones gubernamentales bombardean la zona. Destruyen la choza de Mariano, y por poco no lo matan. Su mujer e hijos se refugian en el interior de una pequeña cascada. Mariano comprende, entonces, que esa sí es su guerra. Corre a las montañas, para unirse a los rebeldes. Pide un fusil, pero le contestan que cada cual ha de ganarlo en combate, luchando primero con un machete de cortar caña. Mariano arrebata un fusil a un regular; ya tiene su arma. Panorámica del ejército popular, avanzando heroico por Sierra Maestra. Fin del largometraje.

 Antonio Ángel Usábel, octubre de 2026.

lunes, 12 de octubre de 2026

El sueño americano.

Confieso que siento debilidad por esta colaboración entre Charles Brackett y Billy Wilder, como guionistas, a partir de la novela homónima de Ketti Frings, Si no amaneciera (Hold Back The Dawn, 1941). La dirección corrió a cargo de Mitchell Leisen, para la productora Paramount, quien luego llevaría al Oscar a la mejor intérprete a Olivia de Havilland en La vida íntima de Julia Norris (1946), el drama de una madre soltera cuyo esposo ha muerto en la guerra. De Havilland había participado, recientemente, en la emblemática Lo que el viento se llevó (1939), con el apocado personaje de Melania. El otro gran protagonista de este filme de Leisen fue Charles Boyer, en el rol de un bailarín rumano, Georges Iscovescu, huido de Europa, y desesperado por entrar como residente en Estados Unidos.

Charles Boyer y Olivia de Havilland, en "Si no amaneciera".

Iscovescu llega hasta un pueblecito mexicano, a muy escasos metros de la verja que sirve de frontera con Norteamérica. Allí le advierten que el cupo de acogida de inmigrantes rumanos es muy restringido, y que le tocará esperar ocho años a que le llegue el turno. Georges se aloja en el Hotel La Esperanza (irónico nombre), junto a otros inmigrantes europeos que también sueñan con ser acogidos por Estados Unidos. Pronto su estancia genera deudas, ya que al bailarín no se le conoce trabajo remunerado. Un día es reconocido en una cantina por quien fue su pareja de baile, Anita (Paulette Goddard), quien se casó con un jockey americano, y así consiguió la ciudadanía. Esta le da la idea de que, aprovechando algún evento con reclamo turístico, se acerque a una americana soltera y la enamore, para desposarla y poder entrar en el país soñado.

La oportunidad llega un 4 de julio, la fiesta de la Independencia de las Colonias, cuando hasta el pueblo llega una maestra norteamericana, Emmy (De Havilland), conduciendo una furgoneta con sus pequeños alumnos. Georges la sonsaca, y se da cuenta de que no tiene pareja. Aprovechando la avería del motor del vehículo (y escondiendo una pieza fundamental), esa noche Iscovescu pone todo su empeño en seducir y enamorar a la joven profesora, circunstancia que consigue. Se casan en una ceremonia rápida.

Hammock (Walter Abel) haciendo sus pesquisas.

Pero aparece en escena Hammock, un incisivo y muy sagaz agente de inmigración (Walter Abel), dispuesto a arruinar la luna de miel de los recién casados. Por su parte, Anita, separada de su marido el jinete, anda tras Iscovescu. Cree, en principio, que solo obra por conveniencia al casarse con Emmy. La profesora retorna a sus pupilos a Estados Unidos, y vuelve junto a Georges unas semanas más tarde, disfrutando de un permiso de la escuela. Ella y su marido marchan en la furgoneta a hacer un recorrido por localidades mexicanas de la costa. Cuando regresan, Anita enfrenta a Emmy con la realidad: ni el mismo anillo que porta perteneció a la madre de Georges, sino a ella misma. Emmy, desilusionada, pero fiel a Georges, lo defiende en un duro interrogatorio con el agente Hammock. Después, le devuelve el anillo y cruza la frontera.

Charles Boyer y Paulette Goddard, en el filme de Leisen.

Emmy conduce completamente conturbada por el engaño que ha sufrido. Por una imprudencia, pierde el control de su vehículo y se sale de la carretera, dando tres vueltas de campana. Avisan a Iscovescu del accidente. Georges roba un coche y atraviesa el puesto fronterizo a la carrera. Logra burlar a sus perseguidores y llega al hospital de Los Ángeles donde han ingresado a Emmy. Consigue hablarle, estando ella grave y casi moribunda. Cuando va a entrevistarse con un director de Hollywood, a quien se presentó en Europa, para venderle su historia real por quinientos dólares, es arrestado por Hammock y devuelto a México. Allí vuelve a su vida holgazana de antes. Hasta que un día…

Aunque la línea más floja del guion es la fuga de Iscovescu a través de la frontera, y que llegue a colarse en un estudio de Paramount, donde se rueda una película, para hablar con un director, el resto del argumento es plenamente verosímil y sigue de completa actualidad hoy. Sabemos del doliente drama de familias con niños pequeños, provenientes no solo de Hispanoamérica, sino también del Magreb, de Oriente Medio, África e India, que atraviesan el Atlántico y más de medio continente, por sus propios medios, para alcanzar la frontera de México con Estados Unidos, y darse cuenta, in situ, de lo infructuoso del larguísimo periplo: no hay sitio para ellos en Norteamérica. Tendrán que hacer la vida, o sobrevivir, como puedan –o les dejen—en México. Según Médicos sin Fronteras, 78.000 personas solicitaron asilo en suelo azteca en el año 2024. Pero las autoridades registraron 925.000 personas en situación de paso irregular, es decir, sin declarar su estancia. Hay individuos de todas las nacionalidades, edades y sexos: nepalíes, congoleños, malienses, hindúes, colombianos… Muchos llegaron a pie, atravesando ríos, selvas y cordilleras, a menudo con niños pequeños a sus espaldas. Una vez allí, se dieron cuenta, pronto, de que ya solo iban a poder aspirar al sueño mexicano. En Estados Unidos, hay ahora redadas para capturar inmigrantes ilegales y expulsarlos del país. No obstante, la política de contener la inmigración de los indocumentados se inició, ya, con la administración Obama, con el Partido Demócrata en la Casa Blanca. La tesis del entonces presidente: si hay una Ley, todos la tienen que cumplir; no unos pocos sí, y otros muchos no. Las expulsiones eran una advertencia de que nadie se podía tomar la Ley a la ligera. Y que la seguridad del sistema de convivencia ciudadana dependía, y depende, en gran parte de ese acatamiento.

En el filme de Leisen, una mujer embarazada consigue, mediante un ardid, colarse en la oficina de Hammock, en ausencia de este, y dar a luz, ella sola. Su hijo es norteamericano. Su máxima aspiración.

Es, precisamente, este episodio de la hábil mujer embarazada el único que conservan de la novela de Frings los guionistas. En efecto, salvo el título y la localidad de Tijuana, nada se parece lo contado en la película al argumento original. Billy Wilder se llevó una desilusión muy grande cuando, a espaldas suyas, y a instancia de la estrella masculina protagonista (Charles Boyer), Leisen suprimió una secuencia de diálogo fingido con una cucaracha. Boyer debía imitar a un guardia fronterizo y hacer un interrogatorio al insecto sobre su visado. Al actor le sonó absurda la escena, y Leisen (muy flexible a menudo con los criterios de los actores, según Wilder) obedeció y no se hizo.

En la novela, el protagonista es Klaus, un alemán casado ya en París con Jennifer, una joven norteamericana que se gana la vida haciendo entrevistas a las estrellas de Hollywood. Klaus ha sido boxeador profesional y piloto de carreras. Ha huido de Alemania por el nazismo y está dispuesto a pedir asilo en los Estados Unidos. Sin embargo, al intentar solicitar visado de entrada en dos puntos diferentes, se crea un serio problema, y queda retenido junto al paso fronterizo de Tijuana. Allí vive en una pequeña colonia con otros refugiados europeos, casi todos de religión judía. Su esposa Jennifer lo visita en los fines de semana, mientras aboga para que se revise su caso. Cada familia recibe un número de orden, y pueden pasar meses, incluso años, hasta que le llegue el turno. La mayoría sobrevive de sus ahorros, o incluso prostituyéndose, como le ocurre a Irmgard, quien aguarda ser rescatada por su novio norteamericano, mientras en su vida se cruza el presuntuoso y aventurero dandi Tibor Szolnay, aspirante a estrella del celuloide. Tibor presta su altanería y aire de conquistador al personaje de Iscovescu en el filme.

Klaus intenta ganar un dinero como sea. Al principio del relato, participa en una exhibición de valor y trata de arrebatar unos billetes prendidos al asta de un toro bravo en la plaza de Tijuana. No obstante, como carece de permiso de trabajo en suelo mexicano, sobrevive con los dólares que percibe Jennifer escribiendo sus artículos. Jennifer va a Washington y revuelve cielo y tierra para que se revise la situación de su marido. Antes, un abogado hace acto de aparición y se ofrece a solucionar las dificultades, pero es un completo negligente que cobra sin mover un dedo. Resulta sobrecogedora la escena en que una niña alza su plegaria al Cielo, para que llegue pronto el turno de sus padres:

“Mady estaba cerca de la ventana, aparte de los demás, de espaldas al cartero. Klaus la observó…, tenía cerrados los ojos y las pequeñas manos fuertemente enlazadas.

--Señor, Dios nuestro –musitaban sus labios--, dígnate enviarnos el número de orden para que mamá, Hans y yo podamos ir a Estados Unidos, y yo pueda llegar a ser otra Shirley Temple, pero mejor. Dígnate hacerlo, Señor… Concédemelo, Dios mío.

Pero no llegó carta para sus padres y se encaminó tristemente hacia la colina”.

También estremece la mujer enferma, Omah, a la que solo le queda el consuelo de cruzar la frontera en un ataúd.

E inquieta mucho a Klaus y Jennifer la pésima situación de Irmgard, sin ahorros, sin capacidad de ejercer un empleo. La salida es obvia: la prostitución. Al hilo de las aspiraciones de muchas muchachas jóvenes y atractivas, se reflexiona sobre lo que es alcanzar la fama: “Yo se lo he advertido, pero ¿qué puede hacer? Tiene que vivir. No la podemos recriminar si vive de la única manera que puede. Es sumamente lamentable. ¡Fíjate en lo que ocurre siempre! Una actriz en París o en Londres… Se presenta un dirigente de Hollywood en busca de artistas de talento o de gran belleza, y la que tiene la suerte de llamarle la atención y sabe comerciar con sus encantos, siendo «amable» con él, puede conseguir un contrato; se la llevan a Hollywood y nadie tiene nada que decir, ni la consideran como una prostituta. En cambio, Irmgard, admitiendo diez pesos de algunos para poderse comprar fríjoles y pan…”

La crisis migratoria continúa de plena, e inveterada, actualidad hoy. Por eso, resulta francamente testimonial, ilustrativa, e interesante, la lectura de la novela de Frings.

La escritora Ketti Frings
Ketti Frings (de soltera Katherine Hartley) nació en Columbus (Ohio) en febrero de 1909. Se casó en 1939 con Kurt Frings, del que tomó su apellido. Vertió gran parte de su experiencia como redactora publicitaria y articulista en su personaje de Jennifer. Toda la relación sentimental que detalla en la novela fue real: Kurt fue boxeador e instructor de esquí, como Klaus. Residió en la localidad de Tijuana hasta que pudo entrar legalmente en el país de su mujer. Tuvo un tío arzobispo que se distinguió por proteger a los judíos frente al acoso nacionalsocialista. Este mismo religioso colaboró, tras la Segunda Guerra Mundial, con una organización de apoyo a los alemanes represaliados por la victoria aliada, algunos de ellos señalados de criminales. Kurt tuvo dos hijos con Katherine, pero la pareja se divorció en 1963. En California, Kurt Frings ejerció de representante de estrellas famosas, como Audrey Hepburn, Elizabeth Taylor, Eva Marie Saint, Maria Schell y José Ferrer. Por su parte, Ketti Frings escribió guiones para Hollywood, y ganó el Premio Pulitzer en 1958 por una adaptación teatral de una novela de Thomas Wolfe, El ángel que nos mira.

Antonio Ángel Usábel, octubre de 2026.