Orson, mago de primera.

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jueves, 12 de marzo de 2026

Brasil. Dictadura. 1977.

En los años setenta del pasado siglo XX, Brasil estaba bajo la dictadura militar del general Ernesto Geisel, quien asumió la presidencia del país en 1974, y comenzó a suavizar la dureza del régimen, con vistas a un futuro de gobierno democrático.

En los inmediatos años anteriores, las detenciones y torturas de opositores eran comunes, y la ocupación de territorios indígenas había conllevado el asesinato de unas ocho mil personas, así como la reclusión en campos de detención de muchas otras.


El agente secreto (2025), la película de Kleber Mendonça Filho, nominada al Oscar como mejor película de habla no inglesa, y con grandes posibilidades de obtenerlo, se centra en esos años; concretamente, en 1976-77. Entonces, continuaba la represión, la extorsión policial con “mordidas”, la clandestinidad de los contrarios a los abusos de empresarios aliados con la dictadura, y la necesidad de partir al exilio, en espera de tiempos mejores.
Maria Fernanda Cândido, en "El agente secreto" (2025)

Es indudable que quienes mejor pueden descifrar las claves de este largometraje-puzzle son los espectadores brasileños; sobre todo, los nacidos antes de 1960, que fueran conscientes de la situación política y siguieran a celebridades de la cultura popular nacional. A los no nativos, va a haber detalles, guiños, que se les escapen, que, sin embargo, no dificultan sobremanera el entendimiento de la trama.

Lo que vamos viendo desde que se inicia la película no cobra explicación real hasta la segunda mitad de ella. Es una cinta larga, de 158 minutos, cuyo ritmo trepidante no decae en ningún momento y que seduce y atrapa al público desde el comienzo. La apertura es sorprendente y abrupta: un hombre, el protagonista (un excelente Wagner Moura, verdaderamente inspirado, quien, además, coproduce) llega en su escarabajo amarillo hasta una gasolinera cerca de Recife. Le asusta ver un cadáver tirado en el suelo, cubierto con unos cartones, y al que perros salvajes intentan hincar el diente. El encargado del local le explica que el muerto era un atracador, que se llevó su merecido, y que está a la espera que lo retire la policía. Pero, cuando la autoridad se presenta, no es para hacerse cargo de la onerosa situación, sino para interrogar al conductor.

A partir de ahí se abre una rocambolesca historia que alberga a varios personajes clandestinos, refugiados con nombre supuesto en la casa de Doña Sebastiana (Tânia Maria), una anciana pizpireta de pasado también políticamente comprometido. Frente a ellos, interactúan agentes de la Ley, más o menos corruptos, funcionarios de una oficina de identificaciones, sicarios, y empresarios fantoches.

Wagner Moura, en una imagen del filme.

La narración oscila entre la comedia y el drama, dando pie, por momentos, a una violencia inusitada y despiadada. Las conversaciones rozan lo esperpéntico, como cuando el comisario Euclides (idóneo y flemático Robério Diógenes) comenta con sorna que ha habido 91 muertos durante los carnavales, y que, fácilmente, se podría haber alcanzado el centenar. En otra secuencia, a un sastre de origen germano (al que da vida Udo Kier) se le exige que muestre las cicatrices de unos disparos. El hombre obedece con resignación.

Lo más brutal y pantagruélico es la pierna devorada por un escualo y rescatada del mismísimo interior de este. La pierna amputada va y viene, hasta convertirse en un personaje más de la película. Un homenaje, sin duda, a la serie B de Terror, y que no desentona con un conjunto bien urdido.

Los personajes están perfectamente trazados todos y, pese a la crudeza de determinadas situaciones, destilan simpatía. Siniestros son los dos asesinos a sueldo del filme, Augusto (Roney Villela) y Bobbi (Gabriel Leone), una pareja que se toma el oficio con obligada calma, que recuerda la de los dos asesinos homosexuales de Diamantes para la eternidad (1971), los señores Wint (Bruce Glover) y Kidd (Putter Smith).

Los siniestros sicarios.

El título de la cinta de Mendonça Filho remeda el de la célebre novela homónima de Joseph Conrad, de 1907. También en este caso había un grupo de anarquistas revolucionarios, amigos del protagonista, que actúan en la clandestinidad. Los giros argumentales, no obstante, no son coincidentes.

El agente secreto es un noble y sólido ejercicio de cine, que no defrauda en cuanto a buen entretenimiento e interés concierne. Un filme muy por encima de lo convencional.

Antonio Ángel Usábel, marzo de 2026.

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