Orson, mago de primera.

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jueves, 2 de mayo de 2019

El Príncipe Feliz.

«Quien vive más de una vida
más de una muerte ha de morir.»
(O. Wilde)
La sociedad victoriana no habría sido la misma sin la disidencia de Oscar Wilde (Dublín, 1854-París, 1900). Autor insustituible, esteta de primera línea, crítico mordaz unas veces, e ingeniosamente sutil otras, su presencia en nuestras lecturas sigue siendo necesaria. Es, probablemente, uno de los cinco mejores escritores de los tiempos modernos. Incombustible e imperecedero, maestro en el Arte por el Arte, discípulo del esteticismo de Walter Pater, alumbró verdaderas joyas literarias: El fantasma de Canterville, El crimen de Lord Arthur Savile, El gigante egoísta, El ruiseñor y la rosa, Salomé, El abanico de Lady Windermere, La importancia de ser Ernesto, El retrato de Dorian Gray, así como interesantes ensayos dialogados como La decadencia de la mentira, El crítico como artista, y El alma del hombre bajo el socialismo
El cine ha adaptado algunas de sus obras con verdadero acierto: El fantasma de Canterville (Jules Dassin, 1944, con Charles Laughton), El retrato de Dorian Gray (Albert Lewin, 1945, con George Sanders y Hurd Hatfield), El abanico de lady Windermere (Otto Preminger, 1949, con Jeanne Crain y Madeleine Carroll), Al margen de la vida (Julien Duvivier, 1943, con Edward G. Robinson).
Llega ahora una semblanza biográfica del último Wilde, el exiliado de Inglaterra a Europa (Francia e Italia). En España se la ha titulado como La importancia de llamarse Oscar Wilde, cuando en el original es The Happy Prince (El Príncipe Feliz), en referencia al cuento homónimo, el más bello y emotivo de toda la Literatura, y uno de los más trágicos y tristes (junto con La pequeña cerillera, de Hans Christian Andersen). Se trata de una coproducción entre Reino Unido, Italia, Bélgica y Alemania de 2018, dirigida y protagonizada por Rupert Everett
El Príncipe Feliz, contado por él mismo a sus propios hijos y a unos pilletes parisinos, sirve de hilo conductor al relato. De hecho, es cierto que Wilde relataba oralmente esta historia ya en su visita a Cambridge, en 1885, el año en que nació Cyril, su primer hijo (el segundo, Vyvyan, vino al mundo un año y medio después). Wilde pasó dos años en la cárcel de Reading, no muy lejos de Londres, condenado a trabajos forzados (que no cumplió, por su salud quebradiza) acusado de sodomía, el pecado nefando. Durante el primer año de encierro un alcalde muy autoritario no le permitió escribir. Sus condiciones mejoraron en el segundo año, cuando se le permitió redactar De profundis –una larga carta de despecho—y meditar La balada de la cárcel de Reading –sobre la suerte de un condenado a la pena capital y la conmoción que desata entre sus compañeros presos--. Había ido a parar allí por su querella, en 1895, contra el marqués de Queensberry, quien en una tarjeta le había acusado de sodomita. El marqués era el padre de Bosie, lord Alfred Douglas, el amante preferido de Oscar, a quien venía frecuentando desde 1891. En el juicio, Queensberry fue absuelto de calumnias al probarse el comportamiento homosexual de Wilde. Su condena no quedó anulada hasta 2017, junto a las de otros 75.000 homosexuales procesados en Reino Unido. 
Tras abandonar la prisión y partir en transbordador a Dieppe, Oscar no volvió a escribir nada. Su encierro lo había anulado creativamente, lo había hundido. Adoptó un seudónimo, Sebastian Melmoth, en honor al personaje creado por su tío abuelo Charles-Robert Maturin. Se refugió en París, desde febrero de 1898, donde recibía la visita de amigos y amantes, como Robbie –Robert Ross, promotor de sus publicaciones y cuyas cenizas reposan desde 1950 en la segunda tumba de Wilde, en Père-Lachaise--.  Vivía de sablear a amigos y admiradores. Bebía absenta, consumía drogas (como la cocaína) y comía poco. Tuvo también contactos con Bosie, hasta que la madre del muchacho le retiró la asignación por conducta depravada. Con su mujer Constance hubo de guardar las distancias y mantener un sentimiento de amor-odio. Al fin y al cabo, ella en parte lo mantenía con una pensión; él vivía a expensas de ella. A sus dos hijos les cambiaron el apellido paterno, para que no vivieran con la vergüenza de ser descendientes de un réprobo. Tras sufrir una otitis, que se le extendió e infectó, Wilde falleció de una septicemia el 30 de noviembre de 1900, en el Hotel d’Alsace, tras haber recibido el bautismo y la extremaunción católica. (A lo largo de su vida, había recibido la bendición apostólica personal de los Papas Pío IX –en 1877—y de León XIII, en el mismo año de su muerte en París.)
La película no lo narra, pero otros escritores se dieron el gusto de saludar a Wilde en esos cafés de París: el poeta nicaragüense Rubén Darío, el periodista guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, el novelista canario Benito Pérez Galdós (de quien admiraba Wilde su novela Marianela), el noventayochista Pío Baroja y los modernistas hermanos Manuel y Antonio Machado.
El largometraje cuenta con una dirección eficaz, una ambientación precisa y exquisita, y una excelente interpretación de Everett en el rol principal, correctamente secundado por Colin Firth, coproductor también. Especial tono entrañable logra la secuencia de Wilde cantando sobre una mesa del Calisaya, una cantina americana del Bulevar de los Italianos. Vemos a un Wilde avejentado, crepuscular, felliniano, que se da colorete en las mejillas para parecer aceptablemente púdico. Un retrato cercano, que cala en el espectador, y que se aleja de la áspera semblanza barojiana: gigante de grandes pies, desproporcionado de cuerpo, cara embobada, con los bolsillos del abrigo repletos de periódicos. 
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2019.
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La relación intensa, pero intermitente, con lord Alfred Douglas, perjudicó extraordinariamente a Wilde. Douglas sabía que podía manejar al escritor como quisiera; podía maltratarlo, que aquel comía en su mano. 
El primer amante serio de Oscar fue Robert Ross, a quien conoció en 1886, cuando este contaba solo diecisiete años. A pesar de las muy frecuentes infidelidades del genio, Ross le fue leal hasta más allá de la muerte, al velar por la correcta publicación de sus obras y por sus derechos legales. También al darle una segunda sepultura digna en uno de los mejores camposantos parisinos. 
En el verano de 1889, Wilde conoce y se enamora del poeta joven John Gray, el “Dorian Gray” de su célebre novela. Serán amantes hasta 1892. En junio de 1891, Oscar conoce a Alfred Douglas, de veintiún años. Marcha con él a un balneario de Homburg, en Alemania, en julio de 1892. En 1893, ambos hombres se instalan, por un año entero, en el Hotel Savoy de París, y Douglas aprovecha para traducir del francés la Salomé de su amigo. Wilde discute con Douglas por esa traducción, que considera mala. Ese mismo año, Robert Hichens escribe El clavel verde, donde parodia la relación amorosa entre su amigo Oscar y lord Alfred. 
Estando en París, Douglas frecuenta a jóvenes menores, y hace amistad con prostitutos homosexuales. Wilde mantiene a alguno de ellos. En 1894, Douglas abandona a Wilde a instancias de sus padres, quienes lo envían a la embajada británica de El Cairo. Sin embargo, Alfred lo atosiga con telegramas y lo amenaza con el suicidio pasional. Oscar, entonces, acepta volver a ver esporádicamente a Douglas, en Londres y en Brighton. 1895 es el año de la perdición de Wilde: Douglas odia a su padre y por eso casi fuerza a Oscar a denunciarlo cuando Queensberry lo acusa de sodomita. Mientras sale el juicio, Oscar y Alfred se van a Montecarlo. Celebrada la vista, se exonera a Queensberry y se condena a Wilde, cuyos derechos de autor se confiscan para afrontar las deudas de la demanda y los costes procesales. También se venden los libros de su biblioteca y sus manuscritos. Por si fuera poco, Alfred intenta publicar en París las cartas de amor de Wilde. Los amigos del escritor lo impiden en el último momento.
Tras el presidio, en agosto de 1897, Oscar se reconcilia con Alfred y viaja con él a Nápoles. Pero en diciembre de ese año, optan por separarse, acosados por los impagos tras cancelarse sus respectivas pensiones. En abril de 1898 muere la esposa de Oscar, y este se queda con una exigua pensión. En 1900, Alfred hereda de su padre difunto una fortuna de más de veinte mil libras esterlinas, mas no se acuerda de su amigo Wilde. Tiene la labia, no obstante, de encabezar su cortejo fúnebre.
Recuerdo la primera máxima de Wilde que verdaderamente me impactó. Se la escuché a don Emilio Escartín Núñez (fallecido en septiembre de 2006), mi profesor de Literatura medieval española en la Universidad Complutense. (La persona a quien, por otra parte, más honda y sentidamente he oído recitar a García Lorca). Corría el año 1985. Decía así: “Propio es de imbéciles imitar a los genios”. Buena definición de sus posibilidades, porque lo mejor que siempre tuvo Oscar Wilde –hombre nacido para los placeres, el arte y el lujo—fue lo que declaró en la aduana al llegar a Estados Unidos, en enero de 1882: su genialidad. 

domingo, 17 de junio de 2018

A que te meto un tiro.

Laurent Cantet asombró a medio mundo en 2008 con su película La clase. Espectadoras de cierta edad salían de su visionado asombradas y exclamando: “--¡Qué vergüenza! ¡Pero cómo les hablan ahora a los profesores!”
Ha pasado el tiempo, y Cantet (y su coguionista, Robin Campillo) vuelven a la carga con otra sencillez excepcional, una cinta que arranca en su primera media hora con pobres expectativas, pero que luego remonta con una profundidad de captación tal que sumerge al público en la vida misma, hasta hacerle olvidar que está siguiendo una trama cinematográfica. El taller de escritura (L’Atelier, 2017) es un gran documento, un canto a la composición literaria como terapia para jóvenes en situación de marginalidad, bien por etnia o religión, situaciones familiares demoledoras, e incluso por fanatismo. Aun así, y como el propio filme demuestra, no hay mejor redención que la del trabajo. El muchacho protagonista es Antoine (Matthieu Lucci), hijo de clase humilde, un amante de los videojuegos violentos, del culto al cuerpo, que, en su imperecedera soledad, se ha dejado captar por ideas xenófobas y radicales de extrema derecha. Antoine refleja en sus composiciones narrativas el apego a la violencia que lleva dentro. Por otra parte, la instructora del grupo de jóvenes aspirantes a escritor, Olivia Dejazet (Marina Foïs) es autora de novelas negras donde también priman las escenas crudas. Se junta el hambre con las ganas de comer. Devota probable de Bret Easton Ellis, Olivia cree que, últimamente, sus personajes carecen de sentires y sentimientos reales, por lo que un individuo hosco, misterioso e impredecible como Antoine le viene que ni de perlas. Sería un modelo muy conveniente. En realidad, el chico se ha enamorado de ella, pero no se lo dice. En las conversaciones del grupo se perfila una novela policiaca, pero a la vez afloran los odios y rencores hacia quienes no son como uno mismo, ni piensan como “cabría esperar”.
Como era una norma en Pasolini, Cantet recluta a actores debutantes para que la historia gane en espontaneidad y, con ello, en credibilidad. Matthieu Lucci compone un personaje inquietante, al mismo tiempo que complejamente seductor. La veterana Marina Foïs (La tormenta interior) equilibra el encuadre. 
De telón de fondo, el pasado de Marsella con sus clausurados astilleros, donde se botaban petroleros que levantaban olas tremendas, y lo que ello provocó en 1989: cincuenta suicidios, paro, alcoholismo, drogadicción y divorcios. Hoy en día se reparan en el puerto embarcaciones de recreo y se restauran viejos barcos.
© Antonio Ángel Usábel, junio de 2018.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Inmortalidad, don de la palabra.

Dos meses lleva en los cines de Madrid Historia de una pasión (2016), el firme poema de Terence Davies sobre Emily Dickinson (1830-1886). Este mismo año se exhibía de él también la suculenta Sunset Song (2015), retrato descarnado de la supervivencia de una joven en la granja escocesa de su padre.
Vuelve a ser Hurricane Films la que capitanee este arriesgado proyecto minimalista, cuyo título original es A Quiet Passion, es decir, Una pasión íntima, pues muy discreta fue la vida de esta poetisa norteamericana, nacida y enterrada en Amherst, Massachusetts. 1.789 poemas que forman el corpus de un monólogo de la ermitaña autora consigo misma. Solo ocho publicados en vida, y de manera anónima.
Davies reconstruye, con ambientación impecable de interiores rodados en Bélgica y en la casa museo de la propia retratada, el microcosmos familiar de los Dickinson, cuya vida de sociedad giraba en torno a su iglesia, y cuyas conversaciones no solían trascender del comentario del sermón del domingo. Una estirpe cerrada sobre sí misma, endogámica, recelosa de la apertura, distante. De los tres hermanos, solo el varón se casa, y su padre abogado abona los quinientos dólares oportunos para que no participe en la Guerra Civil. Las dos chicas, Emily y Lavinia, permanecen solteras. Y no solo solteras, sino célibes –como mandaban los cánones--, o sea, para vestir santos (si hubieran sido católicas). Sus monótonas existencias oscilan entre la lectura velada de las Brontë y George Eliot, las horas muertas de salón y los recitales de música y ópera. Emily, especialmente, se volvió más excéntrica, más recluida: hablaba a las visitas desde lo alto de la escalera, para no ser vista. Es muy posible que tuviera agorafobia. Cuando murió su padre, adoptó como luto el color blanco. Emily era una mujer de complexión extremadamente delicada, frágil, y enfermiza, pues sufría del mal de Bright. Esta enfermedad le hacía padecer severamente de la espalda y los riñones, le hinchaba los pies y las muñecas, y le provocaba convulsiones severas parecidas a las de la epilepsia. De hecho, fue la dolencia crónica que acabó con ella a sus cincuenta y cinco años.
“Yo era la más menuda de la casa.
Me quedé con el cuarto más pequeño.
Por la noche, mi pequeña lámpara, un libro
y un geranio.
[…] Nunca hablaba, a no ser que me preguntaran;
y entonces, escuetamente y bajo.
No podía soportar vivir en voz alta;
el bullicio me azoraba tanto…”
En la reconstrucción de Davies, Emily pide permiso a su padre –hasta cierto punto tolerante—para pasar algunas noches escribiendo poesía. Es igualmente el padre el que “autoriza” el envío de alguno de los poemas a un diario. Poco a poco, el espíritu burlón de Emily es el lenguaje de la poesía, convertida en herramienta reflectante de una exclusiva de sí misma. Con paciente rigor, Emily se cose sus propios cuadernillos de papel, donde anota y atesora sus creaciones. Sus grandes inéditos. Poemas breves, crípticos, enrevesados, de puntuación aleatoria.  Y entre una y otra lectura, entre cierta conversación con el reverendo Wadsworth y alguna chanza con la liberal Vryling Buffam, muere el padre de Emily, y luego fallece la madre. Emily se queda de barbacana para fortalecer la otrora inconsistente aquiescencia hacia el látigo puritano: destierra los flirteos de su hermano Austin con cierta dama casada.
Hoy en día, se sospecha que sus poemas de amor de inclinación lésbica pudieron urdirse en loor de su cuñada Susan, compañera de estudios además.
“Me quieres. Estás segura.
No temeré equivocarme.
No me despertaré engañada
una sonriente mañana
para descubrir que la luz del sol
ha desaparecido,
que los campos están desolados,
¡y que mi amada se ha ido!”
En este poema, Emily habla después de que espera que no llegue esa noche en que las sospechas de abandono le hagan “correr a casa” y descubrir con horror que no está quien ama. Se da la circunstancia de que su hermano y su cuñada vivían en la casa de al lado. No se debe negar lo evidente.
Condenada a la progresiva e implacable consunción renal, Emily intenta abrirse las puertas de la inmortalidad y dejar el testigo vivo de su obra a las generaciones futuras.
“No es que morir nos duela tanto.
Es vivir lo que más nos duele.
Pero morir es algo diferente,
un algo detrás de la puerta.”
La “vida segunda de la fama” de la que hablaba nuestro gran Jorge Manrique, es la que quiere para sí la poetisa de Amherst. Los egos pronunciados, pindios, soberanos de sus ínsulas extrañas y desiertas, reclaman eternidad, así en la tierra como en el cielo. Le sucedió, también, a Juan Ramón.
“Jugarán otros niños en el prado,
dormirán bajo tierra otros cansancios;
pero la pensativa primavera
como la nieve llegará a su tiempo.”
La lectura de Juan Ramón, en “El viaje definitivo”:
“Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y lejos del bullicio distinto, sordo, raro
del domingo cerrado,
del coche de las cinco, de las siestas del baño,
en el rincón secreto de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu de hoy errará, nostáljico...
Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.”
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Si hay una composición verdaderamente atinada de la poetisa de Amherst, es la numerada como 543, donde ella confiesa:
“Temo a la persona de pocas palabras.
Temo a la persona silenciosa.
Al sermoneador, lo puedo aguantar;
al charlatán, lo puedo entretener.
Pero con quien cavila
mientras el resto no deja de parlotear,
con esta persona soy cautelosa.
Temo que sea una gran persona.”
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Historia de una pasión es una película delicada, lenta, perezosa, no apta para todos los paladares. Un largometraje al que atender por segunda vez, para focalizar mejor cada lectura de Dickinson en el entorno concreto en que tiene lugar.
Interpretaciones convincentes del veterano Keith Carradine como Edward, padre de Emily; de Jennifer Ehle como su hermana Lavinia (resplandeciente y perfecta elección de casting) y de Duncan Duff como Austin Dickinson. En cuanto a Cynthia Nixon como Emily, sin ser un ajuste desacertado, e inspirador del guion del filme, no comunica la fragilidad de aquella mujer menuda. Se sobrepone a ella y la hace entera, fuerte, recia como la palmera que solo se inclina ante el dolor de la enfermedad.
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De superior factura es el anterior largometraje de Terence Davies, Sunset Song, basado en un texto clásico de las letras escocesas, debido a Lewis Grassic Gibbon. A principios del siglo XX, una familia numerosa levanta su granja en Escocia. El padre es un individuo déspota y tirano, que amedrenta a sus hijos mayores y no admite más autoridad que la suya. Tiene a su mujer para yacer con ella y engendrar cuantos hijos le envíe el Señor. A su hijo Will lo flagela por el simple hecho de disparar su escopeta sin su permiso. Aquel hogar se convierte en una cárcel, en una olla a presión que, cuando estalla, da pie a varios cuadros muy trágicos. La muerte de la madre provoca la soledad y hastío del patriarca, quien desea cometer incesto con su hija Chris. Afortunadamente, una segunda apoplejía termina con el desalmado empeño. Chris se casa entonces con un muchacho tímido pero apuesto, Ewan. Pasan un tiempo de merecida dicha, hasta que sobreviene la Gran Guerra europea y Ewan es llamado a filas. Durante un permiso, se ve que su carácter ha cambiado enormemente: traspuesto por los nervios del combate, grita, zarandea y viola a su mujer. Parece un saqueador y no un esposo. Está en él el animal de la guerra. Esa bestia humana que desconoce la piedad cuanto más huye de su propio miedo.
Se ha comparado Sunset Song con el cine del maestro Ford. No guarda relación. Ford era pleno lirismo, era un poeta de sentires y sentimientos. La realidad tamizada por la ficción: la caballería, la camaradería, la música tradicional, los bailes, la ironía y el guiño a un mundo que estaba desapareciendo. Davies afronta su relato sobre la Escocia rural sin propósitos mitificadores. Clava la cámara, eso sí, como hacía Ford, y no saca a los personajes del encuadre, ni permite que el público contemple otra realidad. El espectador retrocede en el tiempo y se sumerge de lleno en la historia, sin importarle para nada el presente que deja atrás.
Con elementos folletinescos, el relato avanza con enorme buen pulso. Una película pequeña, modesta, que se acrecienta al exhalar el sabor de lo añejo. Muy a tener presente.
© Antonio Ángel Usábel, diciembre de 2016.