Fernando Meirelles y Kátia
Lund, doce años después, en 2002, filmaron su propia versión de ese mismo
tipo de retrato ultraviolento sobre la delincuencia en una favela de Río de
Janeiro. El resultado: Ciudad de Dios. Un testimonio igualmente
vertiginoso, construido con collages narrativos, que toma de muchacho
protagónico a Buscapé, rodeado de amigos que trapichean con droga, alertan,
llevan recados, o incluso disparan y asesinan por encargo. Lo normal es que, en
ese ambiente de miseria, caos y podredumbre, un niño sepa disparar un arma con
siete u ocho años. Pronto se puede convertir en jefe de banda, y empezar a
competir por ganarse su propio espacio vital. No hay escrúpulos que valgan: la
vida no vale nada, y solo el dinero y el poder cuentan dentro de la favela.
Quien no haya visto Ciudad de
Dios, descubrirá una película distinta a todas. Rodada como si sus
personajes variopintos salieran en un documental, no hace ninguna concesión al
sentimentalismo ni a la moral al uso. Importa lo impactante, lo veraz, mostrado
de una manera directa y descarnada, sin filtros que aminoren la gravedad de lo
ocurrido. A un niño pequeño que roba se le revienta un pie de un tiro, y a
otro, algo mayor, se le hunde el pecho de otro disparo. Una secuencia muy
cruda, que casi lleva a apartar la mirada.
Buscapé no quiere delinquir. No
desea ser un violento, un sicario, un asesino. Él quiere ser reportero gráfico
y llevar una vida normal, honrada, aunque sea pobre. En cuanto se hace con una buena
cámara fotográfica, que le regala un amigo, comienza a retratar la violencia
del barrio en fotografías que le paga un periódico. Para su sorpresa, los
retratados en acciones delictivas se ven a sí mismos como ídolos, como héroes
populares, y aplauden sus instantáneas, aunque sean una evidencia de
criminalidad para las autoridades y la gente común.
La trama abarca tres décadas de
la vida en la favela, desde 1960 hasta bien entrados los 80. En su rodaje,
participaron miembros auténticos de grupos de barrio, controlados por sus
cabecillas, lo que otorga a lo mostrado de un poderoso altorrelieve.
Ciudad de Dios tiene un
guion de Braulio Mantovani, que parte de una historia real escrita por Paulo
Lins. Fue nominada, en 2003, a cuatro premios Oscar: mejor dirección, fotografía,
montaje y guion adaptado. No consiguió ninguno. Sí ganó un BAFTA, en 2002, al
mejor montaje (Daniel Rezende), así como el Premio del Círculo de Críticos de
Cine de Nueva York, a la mejor película en lengua no inglesa.
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En tierra de nadie
es un largometraje de 2001 sobre la guerra serbio-bosnia, cuya tesis
prioritaria es que no se puede huir de un conflicto. El enfrentamiento se
impone, arrastra a cualquiera, incluso al que no quiere combatir. La escena
indolente del herido caído y abandonado sobre una mina antipersona, preparada
para estallar, es la flámula de ese destino trágico.
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| "En tierra de nadie" (2001) |
En una contienda no hay amistad
que valga. Dos soldados rivales, uno serbio y otro bosnio, se juntan por azar
en una gran trinchera abandonada. El foso señala el límite del frente. El
serbio es novato; no sabe, casi, disparar un fusil automático. El bosnio está
más curtido y apto para la supervivencia en el combate. Su compañero ha caído,
y, dado en principio por muerto, ha sido colocado sobre un explosivo trampa,
que se accionará fatalmente si alguien lo manipula.
Los dos soldados llaman la
atención de sus mandos respectivos, quienes autorizan a que una unidad blindada
de los cascos azules intente rescatarlos. Pero, en la trinchera, la violencia
se masca y la agresividad de los dos hombres --en especial, del bosnio--, lejos
de disminuir, va en aumento, y la crispación va a torcer un desenlace acordado
y pacífico.
En tierra de nadie,
dirigida y escrita por Danis Tanovic, consiguió el Oscar y el Globo de
Oro 2002 a la Mejor Película de habla no inglesa. El filme cosechó otros varios
premios relevantes en Francia y otros países.
Un filme sobrio, nada efectista,
que presenta a sus personajes anclados en su crítica circunstancia, que no
ofrece introspección de ninguno, y que avala cierta crítica hacia la posición
impostada de los altos mandos del ejército de la ONU, así como de los
reporteros de guerra que acuden, como una nube de tábanos, al lugar.
Si no se ha visto En tierra de
nadie, he aquí otro buen filme para descubrir.
Antonio Ángel Usábel,
febrero de 2026.




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