Orson, mago de primera.

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lunes, 9 de diciembre de 2019

Estrenos otoño / invierno de 2019.

A partir de septiembre de 2019 se han sucedido los estrenos cinematográficos de interés. Vamos a comentar algunos, los que nos parecen más relevantes.
Joker (Todd Phillips, 2019), Ad Astra (James Gray, 2019) y El crack cero (José Luis Garci, 2019) tienen en común protagonistas asomados a un abismo de pérdida de identidad por un proyecto de vida truncado. La primera es la historia de un desequilibrado que vive con su madre, que depende de los tranquilizantes que le proporciona una asistente social, y que es vapuleado por una sociedad donde no encuentra ni justicia, ni acomodo. Es un humorista que no tiene gracia, y que no puede evitar desternillarse con una risa nerviosa que vulcaniza al más firme. Finalmente responderá con una explosión de violencia que será coreada por todos los incomprendidos y alienados del implacable paraíso capitalista. La apabullante interpretación de Joaquin Phoenix potencia durante dos horas el clímax de este drama psicológico, dotándolo de un patetismo, una veracidad, una solidez y sustancia nada comunes en las historias basadas en cómics. 
Ad Astra es una revisión del clásico de Conrad El corazón de las tinieblas: un hijo (Brad Pitt) es enviado en una misión espacial a buscar a su padre (Tommy Lee Jones), a quien no ve desde niño. El padre parece haberse vuelto loco y estar saboteando la supervivencia de una estación orbital y de todo el sistema solar en sí. Una narración introspectiva, con oportunas dosis limitadas de acción impactante, efectos técnicos inclusivos, y muy bien interpretada por Pitt. Muy interesante y digna de recordar, porque quizá sean así los viajes espaciales.

El crack cero, desaparecido nuestro gran Alfredo Landa (detective Germán Areta), viene protagonizada por el estoico y eficiente Carlos Santos. Es un homenaje a la primera historia (El crack, 1981), uno de los más duros relatos de cine negro de producción española. Rodada en blanco y negro, aprovecha tomas del Madrid de la película primigenia y consigue reproducir la misma atmósfera opresiva y claustrofóbica, con un investigador atrapado en la tela de una araña que le supera y amenaza con devorarlo implacablemente. Se repiten los comentarios sobre boxeo, las conversaciones irónicas –esas que siembran la novela barata--, las implicaciones sórdidas de la España profunda en las alcantarillas de un Madrid gris y desconocido. Soporte del relato de Garci y Javier Muñoz es la subcultura que cundió tanto en los años del franquismo y aun de la naciente democracia: la de revista o novela de quiosco, humo de velada pugilística, apuesta de canódromo, charla de barbería, billares o taberna. 
Una Cayetana Guillén Cuervo en el papel de la relaciones públicas Conchita, quien guarda gran parecido, por la caracterización, con otra Concha (Velasco). El crack cero recupera la solvencia y rotundidez de El crack, tras el descenso de la más blanda y ligera El crack dos. Sobresaliente Garci. Una espléndida propuesta.
Parásitos (Bong Joon Ho, 2019), ganó la última edición del Festival de Cannes. Es una tragicomedia coreana de ritmo ágil que cuenta el vertiginoso ascenso y no menos monumental caída de una familia pobre merced a la ingenuidad e imprudencia de otra familia acomodada. El elenco protagonista es soberbio y actúa con eficacia conjunta, convirtiendo el resultado en una obra coral extraordinaria. El veterano Kang-ho Song en la piel de un chófer tan experimentado como cínica es su señora –cocinera y ama de llaves—y su ajustada progenie: el profesor de idiomas y la instructora en arte. ¿Qué harían unos diablos muertos de hambre en ausencia de sus amos? Seguramente lo mismo que el imprudente aprendiz, a solas sin el brujo: conjurar a las escobas y ver espantado cómo estas traen cubos y más cubos de agua, hasta anegar la guarida, sin remedio.
El irlandés (The Irishman, Martin Scorsese, 2019) es una producción Netflix que utiliza la técnica de rejuvenecimiento facial, desarrollada por George Lucas, para que Robert De Niro, Joe Pesci, Al Pacino y otros actores interpreten a sus personajes a lo largo de treinta años. Una historia de mafiosos en la que todos ellos están en su salsa. Parecen nacidos para inmortalizar a los jefes italoamericanos de Cosa Nostra. Scorsese mueve la cámara con su estilo, por escenarios rápidos, espacios múltiples en secuencias breves pero contundentes. Tres horas y media de violencia contenida, mas intensa, sin edulcorantes. El guion cuenta con la participación del autor del relato original, Charles Brandt, quien teoriza sobre la intervención de la mafia en la desaparición del líder del sindicato de transportistas Jimmy Hoffa. El protagonista es el secuaz Frank Sheeran, papel que recae en De Niro, un veterano de la Segunda Guerra Mundial metido a “pintor de paredes”, en el argot del crimen organizado, ejecutor de sentencias de muerte. Sheeran, promovido a una escala intermedia, hace mucha amistad con Hoffa, líder condicionado por los reyes de la extorsión. Cuando estos deciden que Hoffa es alguien incómodo y prescindible, encargan al propio Sheeran que lo elimine. De telón de fondo, el clan Kennedy aupado a la Casa Blanca por doscientos mil votos comprados y luego empeñado hasta las cejas en acabar con la influencia de los padrinos. Misas, ceremonias, homenajes, respeto a la moral, culto a las madres de familia… un ritual vacuo y grotesco mostrado muchas veces, desde los años setenta, por Scorsese y otros realizadores (Coppola, Leone, Levinson, John Huston), y que –se dice por ahí-- hace gracia a los mismos retratados.
La gran mentira (The Good Liar, Bill Condon, 2019) es una historia de estafadores a gran escala y, a la vez, el romántico encuentro de una pareja de maduros (Helen Mirren, Ian McKellen) cruelmente condicionada por las sombras de su pasado. Una trama predecible en lo sustancial, resuelta con brío y con el excelente oficio británico de sus intérpretes protagonistas, que cuenta con una cierta “sorpresa” en lo que a su segunda parte se refiere. Bastante entretenida, aunque nada ligera, sino cruda por momentos.
Midway (Roland Emmerich, 2019; guion de Wes Tooke) ofrece una completa e ilustrativa recreación de lo que significó la Guerra en el Pacífico, desde el ataque japonés a Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941) hasta la revancha norteamericana en la batalla de Midway (4 a 7 de junio de 1942), victoria que cerró el acceso de la armada imperial nipona a la costa oeste de Estados Unidos y obligó a su repliegue sustancial. La cinta, de producción independiente (con capital chino), cuenta con buenas interpretaciones (Ed Skrein, Patrick Wilson, Woody Harrelson, Luke Evans, Brennan Brown, Nick Jonas, Dennis Quaid, Keean Johnson) y unas muy elaboradas secuencias de ataque aéreo realizadas digitalmente por Pixomondo. Más completa que su predecesora de 1976 (La batalla de Midway, Jack Smight), en cuanto que abarca más detalles históricos, su único defecto reside en que la reconstrucción por ordenador la asimila a un videojuego. Pero, si uno se olvida de que está viendo secuencias gráficas, en vez de escenas documentales coloreadas, o simulaciones por pilotos acrobáticos --como antes era lo habitual-, la ilusión funciona y el efecto se consigue. Muy meritoria, en verdad.
Puñales por la espalda (Knives Out, Rian Johnson, 2019) es una comedia que recrea las intrigas detectivescas de Agatha Christie: un viejo caserón, un millonario excéntrico suicidado, una plétora de herederos ambiciosos y ruines. La más honrada, la joven enfermera del viejo, una inmigrante de origen brasileño, rol que recae en la adorable Ana de Armas. Auténtico homenaje y loa a todos los inmigrantes en situación de dudosa legalidad. Desfila un elenco de veteranos: Christopher Plummer, Jamie Lee Curtis, Don Johnson, Frank Oz, Toni Collette… Daniel Craig se mete con tino en el papel de Benoit Blanc, el sagaz detective. Una cinta que esquiva la parodia (Un cadáver a los postres), agradable, simpática y lucida.

© Antonio Ángel Usábel, diciembre de 2019.

jueves, 1 de mayo de 2014

Atrincheramiento.

El fenómeno español cinematográfico del año está siendo la comedia de Emilio Martínez Lázaro Ocho apellidos vascos (2014), que ya supera de recaudación los 44,5 millones de euros y los siete millones y medio de espectadores.

Pese a su repentino y desmesurado éxito comercial, no he podido sino asistir entristecido a su proyección, pues me parece una cinta con un guion poco elaborado y, desde luego, nada sutil. Escasamente tiene que ver este estilo de comedia, sazonado con sal gorda, con la elegante planificación y muy fina ironía de Frank Capra, Billy Wilder, George Cukor, Howard Hawks, o incluso nuestro magistral Luis García Berlanga.
Ocho apellidos vascos ofrece una visión estereotipada y ridícula de Euskadi, presentando a sus ciudadanos como cerriles cromañones, atrincherados en su feudo norteño contra la “invasión” de cualquier otra parte de España. La historia se resume en poco espacio: Rafael, un andaluz trianero (Dani Rovira) se encapricha en Sevilla de una muchacha vasca muy vasca; la chica, Amaia (Clara Lago), desaparece olvidando sus efectos personales. Por consiguiente, el sevillano viaja hasta Euskadi con el propósito de devolvérselos y conquistar a la joven. Pronto percibe que lo mejor, para no desentonar demasiado allí, es simular acento vascuence y aparentar ideas abertzales. Aparece el tercero en discordia, Koldo, un rudo pescador de bonitos (Karra Elejalde), más vasco que un bacalao a la vizcaína. Padre de la chica, se ilusiona con las expectativas de boda. Se une al trío una cacereña (Carmen Machi), exesposa de guardia civil, contenta con vivir en aquel emporio, que se hace pasar por madre del candidato a novio.
Y así, sin saber comprensiblemente más que cuatro palabras de euskera batúa, Rafael se gana la simpatía de Koldo y se mete en el bolsillo a la pandilla de alborotadores locales, que, cejijuntos desamparados ellos, le consideran de su familia y otros animales. Al fin y al cabo, los vascos –como los pasiegos-- siempre han sido poco amigos de los razonamientos largos.
 A costa de un embrutecido y bravucón carácter vasco, se desgrana la idea de que aquello no es como el resto de la Península, sino más bien una pequeña aldea gala que se resiste al invasor. Las pocas veces que Hollywood ha presentado en sus películas a los vascos, los ha hecho lucir cómicamente boina y pañuelo pamplonica; estoy pensando en, por ejemplo, Fiesta (1957, de Henry King) o en El pasaje (1979, de J. Lee Thompson). Pero Hollywood es Hollywood, y queda muy lejos. Lo lamentable es que siendo Euskadi una parte importante de la riqueza cultural de nuestro país, se haga delito y mofa de ella como si nada. Porque –señores guionistas—no se es más español por ser de Sevilla y del Betis. Mal defendemos la riqueza cultural de España con insinuaciones tan pobres y sesgadas como esa. Los tiempos en que el andaluz fue colono ya pasaron. También aquellos otros en que lo hispano era solo la mantilla, el jerez y el abanico. Se olvida de que, en Vascongadas, la poesía popular –y no ya el fútbol-- llena los escenarios deportivos con montones de aficionados sensibles. De que hay una literatura minoritaria, pero arraigada en el alma del pueblo, porque no conoció casi nunca una forma escrita. Así también son los vascos, cuyo craso error ha sido acentuar su idiosincrasia tomando de enemiga a la madre patria, y alimentando en los de Madrid la sensación de que ni son como los de Castilla ni pueden serlo. Nadie les pide que lo sean. Llevo yo sangre vasca y montañesa y me quiero sentir vasco cuando visito Donostia, lo mismo que catalán si voy a Barcelona o santanderino si estoy en Santander. Porque soy español y defiendo que el alma de todas esas regiones conforma lo nuestro, lo hispánico. Todos habitamos esta tierra de conejos que se expandió al mundo en el siglo XV. Junto a Colón viajaban en las naos muchos marineros y cartógrafos vascos, como Juan Vizcaíno de Lacoza, Juan Ustobia, Pedro Bilbao, Juan y Txomin Lequeitio, y varios más en sus secundarias singladuras. Se puede decir que se llegó a América gracias a la pericia y esfuerzo de los navegantes vascos. ¿Por qué, entonces, presentar al vasco –frente al resto de España-- como un enigma histórico?
Tal vez es Merche –el personaje encarnado por Carmen Machi—la única que sintoniza con la realidad natural de Euskadi, al haberse quedado a vivir en esa tierra de adopción. Con su gesto declara que Euskadi merece un mejor trato, como luchó por ello con firmeza Iñaki Azcuna, emérito y difunto alcalde de Bilbao. Había que deshacer la mala prensa que los intolerantes radicales difundían de la tierra vasca, pues en ella –aun respetando y amando sus costumbres—debe haber un lugar para todos. Para el vasco y el no vasco. Por igual reciprocidad, hay que acoger con cariño al nacido en Euskadi en cualquier región española. Y hay que amar lo vasco, porque forma parte de nuestro aliento peninsular. No obstante, don Pío Baroja, que era de San Sebastián, compró su casa en Vera de Bidasoa, merindad de Navarra, por si acaso.

 Las interpretaciones en Ocho apellidos vascos son correctas, y los actores hacen lo que pueden con sus personajes, en especial Clara Lago como Amaia  --sobresaliente--, y Carmen Machi y Karra Elejalde en sus respectivos. Pero la parcialidad del guion asfixia el discurrir de la historia, impidiendo que fluya con naturalidad; los episodios están encorsetados dentro de la sola dirección que interesa.
La película defrauda, sabe a poco. No se han sabido aprovechar, por ejemplo, los paisajes naturales de la costa cantábrica y de los valles del interior. Tampoco vemos un panorama humano cotidiano que equilibre el tono monocromo de lo narrado. La ausencia de hábiles secundarios lastra el material, ahogando cualquier polifonía de la partitura. La teatralidad acartonada de la filmación solo sirve para recordarnos que tenemos un país vistoso y rico, plural y seductor. Un verdadero crisol de gentes.
 
Euskadi se merece mucha mayor atención y un mejor trato en nuestro cine. Hay que hacer más documentales sobre Vascongadas, como también de las demás regiones españolas, tengan lengua local propia o no. Aunque a menudo en clave de comedia haya que aceptar ciertos disparates, hay siempre que hacerlo con ternura y con una sonrisa de todo corazón.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2014.

domingo, 19 de mayo de 2013

El amigo de las suecas.

No podía pasar yo sin rendir un pequeño homenaje a uno de los actores-fetiche de nuestro cine español: aquel señor bajito, pícaro, simpático, aparentemente desinhibido, dicharachero, patriota, optimista, y amigo de las suecas. Nuestro gran Alfredo Landa (Pamplona, 3 de marzo de 1933-Madrid, 9 de mayo de 2013).

Landa dio origen, y a mucha honra, al “landismo”: comedia española de señor que busca esparcimiento. A partir de la década de 1960, el régimen de Franco aflojó el puño y se permitió quitarse el corsé en la cinematografía. Al fin y al cabo, se trataba de mostrar un desengaño, como en el Barroco: España es diferente… pero es mejor; no vayas a perseguir fuera lo que tienes aquí, ¿eh? En el fondo, las comedias landistas exaltaban lo nacional hasta lo infinito. Landa nos enseñaba a apreciar más lo nuestro, lo que quizá no valorábamos lo suficiente: la fidelidad, las playas y el sol mediterráneo, la paella y la tortilla de patatas, el seiscientos, la partida de cartas, el servicio militar, el pueblo y Bonet de San Pedro.
 
Landa ha sido un actor imprescindible. No se puede entender nuestro cine sin él. Como Tony Leblanc (con quien coincidió en Una vez al año ser hippy no hace daño, 1969), destilaba optimismo, pero lo hacía con el aspecto del hombre corriente, feucho, que le ponía sal y pimienta a lo cotidiano. Ver una interpretación de Landa se agradece, porque viene de alguien que ama la vida y transmite al cien por cien ese amor, esa alegría de vivir. Landa iba a por todas, y al final se quedaba como estaba, pero seguía sacando la felicidad de dentro. Ha sido un lujo tenerlo con nosotros y que nos haya acompañado tantos años, a lo largo de más de ciento treinta largometrajes, deleitándonos y comunicándonos su fuerza. Ya no hay actores así, de esta talla, que estén presentes en nuestras vidas y que nos hablen de ese modo. Se merecería estar ya en el Olimpo de los dioses y que desde él dé esperanza a esta sociedad oscura y triste. Necesitamos fanales, farolillos chinos como el suyo: esas sonrisas que nos sacaban de la miseria.
Las películas de Landa eran intrascendentes, sí… ¿Y qué? No se va a poner uno siempre serio.
Recuerdo No desearás al vecino del quinto (Ramón Fernández, 1970), con guion de Juan José Alonso Millán (Cristóbal Colón, de oficio… descubridor), la historia del modisto Antón, que dirige su tienda femenina en una ciudad pequeña y las atrae a pares. No es un dandy, es un homosexual, con una pluma como un castillo que resulta simpático a las chavalas y señoras con sus ademanes de vodevil. Como reza la presentación del filme, Antón es un hombre de confianza porque “todos los maridos tienen la seguridad de que el peligro sería que Antón les tomase a ellos las medidas”. Pero el extraviado modisto modestamente esconde un secreto: ¿es realmente Antón ese homosexual inofensivo de la peluca y la perrita?
En Vente a Alemania, Pepe (Pedro Lazaga, 1971), Alfredo nos dijo que no se podía esperar demasiado del extranjero. Encarna a Pepe, un lugareño con muchas ganas de marcha que viaja a Alemania a hacer fortuna. Pronto se dará cuenta de que con tanto empleo de relleno, no le quedan ni tiempo ni fuerzas para ligar. La película descalificaba la iniciativa de algunos españoles que iban a Francia, Bélgica, Holanda y Alemania en pos de un empleo digno y bien remunerado. Gracias a ellos, el régimen se recompuso durante los años sesenta, pues mandaban dinero a sus familiares y era capital que venía bien a la economía nacional.
 
En 1976, Juan Antonio Bardem consigue estrenar una cinta muy peculiar, una road movie a la española, de orientación tragicómica: El puente. Estaba basada en varios relatos breves de Daniel Sueiro. Abordaba las peripecias de Juan, mecánico y esquirol, apasionado de las motos, quien prefiere ser un espectador de la vida. Durante un “puente”, y al haberle abandonado su chica, decide subirse a La Poderosa, su motocicleta, y marcharse desde Madrid de juerga a Torremolinos. Pero durante el largo trayecto, de más de quinientos kilómetros, diversa gente le va saliendo al paso: dos mujeres que van a visitar a un preso vasco, una compañía de actores ambulantes que representa una farsa sobre los ídolos nacionales, unos amigos emigrantes que han hecho fortuna en Alemania, un estrafalario inventor, unos jornaleros y un argelino sin trabajo, un torero que no quiere torear, una furgoneta de hippies que fuman marihuana (y con los cuales se desfoga sexualmente). Cuando Juan se planta al final en Torremolinos es de noche y casi tiene que volver. Pero reflexiona sobre los acontecimientos del viaje, y se despierta en él una conciencia social y obrera que antes no tenía. Juan era un individuo egoísta que ni siquiera iba al pueblo, a visitar a su madre. Cuando regresa a Madrid, al taller, acepta reunirse con sus compañeros de Comisiones Obreras, que están planeando una huelga.
 
En Las autonosuyas (Rafael Gil, 1983), con guion de Fernando Vizcaíno Casas, Landa interpreta al alcalde de Rebollar de la Mata, provincia de Madrid, quien a la vista del pingüe negocio que es montar una autonomía –como la catalana o la vasca--, propone al pleno y a otros ayuntamientos locales constituir el Ente Autonómico Serrano. La iniciativa cobra forma, ante la atónita mirada de un viejo militar franquista (Ismael Merlo). Como todo buen territorio autonómico, Rebollar requiere una lengua propia, que no puede ser el español o castellano como tal, sino el “farfullo”, una forma de hablar distinguida que cambia las pes en efes, por defecto de frenillo del señor alcalde. Como es lógico, el proyecto de autonomía acaba en hundimiento, con una velada justificación al golpe de estado de Tejero. Este largometraje tiene un magnífico tema musical, compuesto por Gregorio García Segura.

Pese a la tendenciosidad del guion hacia el autoritarismo, la película pronostica el afán independentista de las llamadas provincias con fuero histórico, tal y como vemos hoy que está sucediendo. A algunos les da vergüenza ser españoles, y prefieren ser otra cosa (sin dejar de ser, en realidad, lo que no pueden negar, lo que son). Claro que, sopesando cómo está hoy la corrala, no es de extrañar tanto cantonalismo.
En 1984, llegó la gran oportunidad de Alfredo Landa de demostrar su valía como actor dramático. Antes ya lo había hecho el genial José Luis López Vázquez con Mi querida señorita (Jaime de Armiñán, 1972). Nos referimos a la adaptación de una novela de Miguel Delibes, sobre la miseria de los aparceros extremeños: Los santos inocentes (Mario Camus, 1984). Alfredo era Paco el Bajo, a las órdenes de los señores, los ricos hacendados. Paco tiene que hacer de sabueso durante las cacerías y tener vigilado al Azarías (Francisco Rabal), un retrasado que se alivia por los rincones y domestica pájaros. El tándem formado por estos dos formidables actores –Landa y Rabal—causó conmoción en el Festival de Cine de Cannes; los franceses se rindieron a ellos y les otorgaron a ambos la Palma de Oro a la mejor interpretación masculina. Rabal preparó el papel con meticulosidad: compró ropa vieja, rota y raída a un lugareño y se hizo fabricar una prótesis para presentar una dentadura estropeada.
En 1994, Landa rodó, a las órdenes de José Luis Garci, el remake de Canción de cuna, basada en la obra dramática homónima de Gregorio Martínez Sierra y María Lejárraga. Era una historia blanda, cursi, lacrimógena, sobre la adopción de una niña por unas monjas de clausura y una priora joven condenada a morir por una dolencia incurable. Landa era el médico que coquetea platónicamente con ella y que ayuda a las hermanas y a la niña cuanto puede. Es una de las caracterizaciones más humanas del actor navarro. Una composición única, redonda, entrañable; lo mejor del filme (que se alzó con cinco premios Goya).

Se nos ha ido un grandísimo actor, sólido y profesional como el que más. Una verdadera gloria nacional a la que, cuando revisemos sus mejores películas, siempre vamos a echar en falta. Descanse en paz nuestro bello y bueno Alfredo Landa.
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Alfredo Landa nació en pleno centro de Pamplona (Navarra, España), en marzo de 1933. Era hijo de un oficial de la Guardia Civil y un estudiante travieso e inquieto, pero muy aplicado. Trasladada la familia a Figueras (Gerona) tras la Guerra Civil, Alfredo debutó como intérprete infantil en una obra del colegio. Tenía solo siete años. El éxito alumbró en su ánimo el deseo de ser cómico. Vivió después en Madrid y San Sebastián, siempre sin abandonar el teatro aficionado y gastarse la paga en cine y tabaco. Su padre murió a los cuarenta y siete años de un cáncer de garganta. En San Sebastián, Landa cursó estudios de Derecho y fundó en su facultad un grupo de teatro universitario. No se licenció de abogado. Llegó a Madrid en octubre de 1958, con siete mil pesetas ahorradas, para participar en una prueba de doblaje que le consiguió un amigo. Quedaron satisfechos con él, y así empezó su andadura profesional en el ramo. En 1960 debutó en el teatro profesional. Poco más tarde, interpretó su primer éxito: La felicidad no lleva impuesto de lujo, de Alonso Millán. Se casó con una titulada en Filología Hispánica, Maite Imaz, con la que había coincidido en el campus de Donosti, y que había formado parte de su grupo teatral. El matrimonio tuvo tres hijos –Idoia, Alfredo y Ainhoa--, ninguno de ellos actor.
Landa hacía Eloísa está debajo de un almendro, en el María Guerrero, cuando le propusieron el guion de Atraco a las tres (José Mª Forqué, 1962), trabajo por el que ganó diez mil pesetas. Tuvo un papel más que discreto en la magnífica El verdugo (Luis García Berlanga, 1963), haciendo de monaguillo. Al año siguiente, repitió con Forqué en Casi un caballero, basada en la comedia de Carlos Llopis ¿De acuerdo, Susana?, donde tuvo de compañeros a Alberto Closas, Concha Velasco, Gracita Morales y José Luis López Vázquez. Contaba la historia de una ladrona aficionada y sus dos torpes compinches, enfrentados a todo un experto de guante blanco. La situación da un giro cuando la pequeña delincuente se enamora del apuesto ladrón.
A lo largo de los sesenta, se sucedieron los títulos discretos. Pero ya en sus mejores momentos (1970-1976), el actor llegó a rodar hasta siete filmes anuales.
Landa ha trabajado en 137 largometrajes con los mejores realizadores españoles: Berlanga, Forqué, Camus, Bardem, Garci, Lazaga, Ozores, Gutiérrez Aragón (serie El Quijote de Miguel de Cervantes, 1991-92), Cuerda…
Con 74 años, y después de sobreponerse a un cáncer de colon, anunció su retirada. Se dedicaría a leer, jugar al mus y a asistir a tertulias (era un hombre de extraordinaria cultura). En 2007, recibió un Goya honorífico al conjunto de su carrera. En 2009, un ictus le dejó mal parado, en una silla de ruedas. Luchó por reponerse, objetivo que solo consiguió a medias, porque los ataques cerebrales se repitieron. En los últimos tiempos, apenas razonaba ya. Ha fallecido en Madrid a los ochenta años.
Su compañero y amigo José Sacristán ha declarado: “Alfredo era para mí como un hermano. Nos conocimos en el año 60 en el Teatro Infanta Isabel. Yo era el meritorio y él hacía un papelito. Se portó muy bien conmigo. Fue curioso lo amigos que nos hicimos siendo él hijo de un capitán de la Guardia Civil y yo hijo de un militante del Partido Comunista, y compartiendo ambos las ideologías de nuestros progenitores. Eso nunca fue un problema (…) Y cuando cumplimos los 25 años como amigos se presentó con un llavero con una cadenita y una lengüetita de plata que ponía: ‘1960-1985. Pepe-Alfredo’, como si fuéramos maricones. Y eso que Alfredo tenía el hombre su punto de vista respecto a los homosexuales. Era muy navarro para eso.
(…) Decía siempre lo que pensaba. Recuerdo aquellos paseos que nos dábamos por la calle Barquillo y los cafés que nos tomábamos. Siempre los pagaba él, porque él también hacía doblaje y por aquel entonces iba mejor de dinero que yo. Comentábamos entre función y función si merecía la pena esto de ser actor con dos funciones diarias siete días a la semana y el ensayo a mediodía. Él decía que igual nos lo teníamos que pensar, que si esto era un coñazo…”

domingo, 28 de octubre de 2012

MARILYN, "Cursum perficio".

MARILYN… MONROE… Sea cual sea la combinación, juntos o por separado, estos dos antropónimos identifican al ser mítico, al sex-symbol por excelencia de la Historia del Cine. Una actriz que eligió ese trabajo para huir de sí misma, sin poder nunca dejar de ser la chica del calendario.

Hace unos cuantos meses veíamos en la 2 de TVE (7-01-2012) un excelente documental francés (Marilyn. Últimas sesiones, de Patrick Jeudy) que nos certificaba que Marilyn, nuestra Marilyn, la Marilyn de todos merced a la magia de este arte de masas, ardió en deseos de ser otra. Pero era Marilyn. La que la catapultó a la fama y que sin embargo no quería representar. No podía huir de sí misma ni siquiera por la ficción. Era la diosa rubia codiciada, el objeto envidiado por taxistas y enfermeros, por escritores y jugadores de béisbol, por cretinos y presidentes. Ser actriz era la oportunidad de salir de sí misma, una forma simulada de huida. Marilyn se pasó sus treinta y seis años de vida escapando de su pasado –una selva sin amor--, pero sobre todo de un presente eterno, que se hacía futurible. Su encasillamiento como rubia tonta que busca millonario, que es justo lo representado en uno de sus últimos e inmortales papeles, la Sugar de Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959), la marcó con la cicatriz indeleble del reclamo sexual. Nadie la veía dotada para el drama, como quizá otras artistas más maduras, más hechas, como Ava Gardner, “el animal más bello del mundo”. Sí, en cambio, para la comedia o el musical. Era graciosa, abierta, simpática, a la par que inmensamente frágil y aniñada. Su aterciopelada voz era la de una niña traviesa y golosa. Una Wendy exuberante que no quería crecer y hacerse mayor. Marilyn quedó estancada en una infancia que no disfrutó, una infancia cruel, áspera, dura, ingrata. Su madre, una montadora de los estudios, era “Madre” a secas, como podía serlo la de Norman Bates. No conoció tampoco el amor de un padre, lo que se tradujo después en su definición del amor como una cadena de relaciones fracasadas. El vacío de cariño de la niñez y adolescencia se convirtió en pulsión masoquista, y en una ausencia completa de autoestima, que la conducía a buscar el dolor en lo efímero y superficial. Entendía a los hombres como unas fieras sedientas de su cuerpo. No la miraban, se la comían con los ojos. Lo cual puede ser cierto en la medida en que ella misma así lo creyera y en que no se diera a valer de otro modo. Tal vez no acertó o no pretendió acercarse al hombre idóneo. Tal vez Hollywood era demasiado poderoso como para aspirar a otra cosa. Las revistas, los chismes, las fiestas, la frivolidad, el glamour y los focos. Un mundo artificial, irreal, pero omnipresente e impositiva fábrica de sueños. Marilyn era demasiado bella, demasiado opulenta. Judy Garland, de fabulosa voz y talento artístico, era un coquín: bajita, fea, chata, con orejillas de ratona, aunque piernas más que decentes, que a menudo exhibía en los espectáculos. Las dos, esclavas de los barbitúricos y los sedantes: una por guapa y codiciada; la otra por niña prodigio sin asomo de belleza. Ambas prisioneras de esa jungla de luces. Objeto de masas, producto fabricado marca ACME. Speculum al joder.


 Su amigo Robert Mitchum –uno de los pocos sinceros con los que contó—decía que Marilyn nunca se tomó en serio su parte de icono sexual. Lo interpretaba, porque el público y los estudios lo pedían, pero ella no podía entenderlo. La actriz Celeste Holm, que no la soportaba, la veía más bien como una oportunista con gracejo; una imitadora de Betty Grable hábil para añadir gráciles guiños de cosecha propia.


Marilyn no era una buena actriz, era una diosa de celuloide. No era mala, porque su físico imponía, te dejaba atónito, y su simpatía y carácter frágil resultaban envolventes y seductores. Como cantante, tenía una voz melosa y aterciopelada, dulce al oído. Todos queremos a Marilyn. La miramos con cariño, con ternura, como la joven tímida invitada a la fiesta a la que hay que sacar a bailar. Nos hubiera gustado que hubiese encontrado la felicidad, en su casa, rodeada de hijos, comprendida, y al fin amada y respetada.

Hizo buenas películas, pese a que ella no lo comprendiera así. Trabajó con los mejores: Billy Wilder, George Cukor, Otto Preminger, Fritz Lang, John Huston, Howard Hawks, Joseph Leo Mankiewicz, Henry Hathaway, Tay Garnett, John Sturges, Jean Negulesco, Edmund Goulding, Henry Koster, Walter Lang. Para la mayoría, ella fue un instrumento de tortura: llegaba tarde a los rodajes, hacía perder el tiempo, como se demoraba también en las citas. Otra forma de llamar la atención, de sentirse deseada, de hacerse de rogar, y de que hablaran de ella unos y otros. Marilyn era un futuro imperfecto.

Norma Jean Baker, luego Mortenson, por su padrastro. Gladys Baker había intentado abortar de ella. La niña nació, pero su abuela, una Monroe, estuvo a punto de acabarla con una almohada. Vino al mundo en Los Ángeles, California, un primero de junio de 1926. Murió en la misma ciudad, un 5 de agosto de 1962. O acaso nunca vivió realmente; acaso nunca dejó de morir, perdida en su icono, ser humano relegado. Madre y abuela locas, carne de manicomio. Ella de casa en casa, viendo cómo mataban a tiros a su perrito Tippy, o siendo poseída por el diablo de un padrastro febril. Cuando rodaba su última película, The Misfits (Vidas rebeldes, 1961), se acercó a Clark Gable, en quien veía la figura de un padre protector. El que jamás tuvo. 


 Comentaré los seis papeles que más me gustan de Marilyn. En principio, uno como actriz de reparto: la cabaretera que emparenta con la familia Donahue, en Luces de candilejas (Walter Lang, 1954), la historia de los actores de vodevil, todo el día viajando de una ciudad a otra. La música, maravillosa de Irving Berlin, con ese tema de cierre que da nombre al título original: There’s No Business Like Show Business. La matriarca de la troupe es Ethel Merman, intérprete de poderosa voz, invitada varias veces al programa televisivo de Frank Sinatra. El patriarca, afable, obediente, es Dan Dailey. El afortunado novio de Marilyn es el excepcional bailarín Donald O’Connor. La historia, del eficaz Lamar Trotti. Los cómicos de la legua han dado camino a notables filmes: Cómicos (1954), de Juan Antonio Bardem, y El viaje a ninguna parte (1986), de Fernando Fernán-Gómez, obra maestra (aunque sin la Monroe), y una de las piezas-clave del cine español. En esta última, el personaje de José Sacristán también sueña y especula con el gran actor que pudo haber sido y no fue.


Pero hay otras películas también excelentes de Marilyn que siempre recordaré: Río sin retorno (1954), de melancólica balada, una de las mejores entonadas por su voz; Niágara, donde alcanzó cotas dramáticas muy valiosas que después pulirá en Nueva York, junto a Lee Strasberg en el Actor’s Studio; y, por supuesto, porque nadie es perfecto, Con faldas y a lo loco (1959), posiblemente la mejor comedia de la Historia del Cine. Esta obra de Wilder es un eterno regalo para la salud. Una Noche Buena sin complejos. Marilyn coincidió en ella con su amigo Tony Curtis, con quien compartiera cama cuando ambos eran desconocidos. Cuando canta I Wanna Be Loved By You (Quisiera ser amada por ti), los censores exigieron que los focos dejaran en penumbra su generoso escote. Como la censura siempre ha sido torpe y tonta, se consiguió el efecto opuesto: los senos de Marilyn, más osados y turgentes si cabe.


 Un cariño muy especial lo guardo para El príncipe y la corista (The Prince and The Showgirl, 1956), cuyo accidentado rodaje en los estudios Pinewood de Inglaterra ha quedado documentado en los diarios del novelista y realizador Colin Clark, por entonces muy joven tercer ayudante de dirección de Lawrence Olivier. Clark relata que mantuvo una relación de amor platónico, consentido por la actriz, cuando esta se acababa de casar con Arthur Miller. Marilyn se llevó consigo a Paula Strasberg, su asistente artística y consejera, porque sus constantes inseguridades la hacían apoyarse siempre en alguien. Marilyn exigía alabanzas, necesitaba certificarse a sí misma que era algo más que la máquina de hacer dinero ideada por Hollywood. Llegaba una hora tarde a las escenas, ante la exasperación del portentoso Olivier (quien, sin embargo, terminó encomiándola), pero recibía a menudo el afecto de algún compañero de plató, como ocurrió con la bondadosa Dame Sybil Thorndike. Este episodio de su biografía personal y artística ha sido brillantemente recreado en el largometraje Mi semana con Marilyn (My week with Marilyn, Simon Curtis, 2011), donde Michelle Williams (ganadora del Globo de Oro) interpreta a la rubia genial, y Kenneth Branagh remeda a la perfección los ademanes principescos de Olivier.


En El príncipe y la corista Marilyn seduce con su glamour, pero más que como vulgar sex-symbol  destaca por la dulzura, afabilidad y ternura que desprende su personaje de chica humilde, sencilla y espontánea. Pienso que es uno de sus papeles mejor trabajados, y un verdadero acierto que fuera ella, y no Vivien Leigh, quien hiciera la película. No en vano, es una Marilyn Monroe Productions, otra razón por la que Sir Lawrence tuvo que tragarse su orgullo.

Finalizo recordando Vidas rebeldes, dirigida por John Huston, el bello testamento cinematográfico de Marilyn. Escrita para ella por su marido, Arthur Miller, nos presenta a la verdadera Monroe, la mujer frágil, de delicadeza y sensibilidad extremas que había detrás del mito. Una chica ingenua, sin aspiraciones, emocionalmente inestable, cariñosa, tierna, amante y protectora de los seres vivos y la Naturaleza, que no puede ver cómo apresan a unos caballos para luego convertirlos en pienso. Consigue que los suelten, y con ello da una lección a los rudos hombres de la pradera. Gable se queda sin unos cuantos billetes, pero se lleva a Marilyn bajo un cielo estrellado. Como suele suceder en los filmes de Huston, lo importante no es lo que al final se escapa, sino el aprendizaje y autodescubrimiento que se alcanza en el transcurso de los hechos narrados.


Así pues, recuerdo a Marilyn por cinco o seis películas. Pero también recuerdo a Greta Garbo por cuatro ejemplos (Margarita Gautier, Ana Karenina, La reina Cristina de Suecia y Ninotchka) y, sin embargo, me quedo con Marilyn. Garbo era la Divina. Especialmente dotada para el drama. Pero no tenía el porte de Marilyn, ni su gracia, ni su inocente halo de fragilidad. Marilyn Monroe fue una excepcional actriz de comedia, pues daba en la pantalla todo el cariño y la ternura que de niña nunca recibió. Elogiada por maestros como Billy Wilder o Joshua Logan, su tempranísima desaparición nos dejó sin ver la segunda parte de su carrera: quizá una actriz más temperamental, más dramática, más hecha. Solo quizá, pues no nos atrevemos a asegurar que Marilyn pudiera dejar de ser alguna vez ella misma. En su domicilio, la casa donde apareció muerta, había un escudo en el suelo con una inscripción latina muy reveladora: “Cursum perficio”. ‘Mi carrera ha terminado’.

sábado, 14 de mayo de 2011

"Midnight in Paris", en algún lugar del Tiempo.

Se acaba de estrenar --viernes, 13 de mayo de 2011-- la última cinta de Woody Allen, presentada fuera de concurso en Cannes. No por casualidad, festividad de la Virgen de Fátima, ya que va de "milagros". Del milagro de la magia del cine y de teletransportarse a otra época soñada. Midnight in Paris ('Medianoche en Paris') desarrolla durante una brevísima hora y media la fantástica aventura de un escritor en ciernes, que prepara una novela ambientada en una tienda de objetos "retro", cuando en la noche pasea solo por París y suenan doce campanadas en un reloj. Entonces, un coche antiguo se detiene junto a él y alguien lo invita a subir. Lo llevan a una fiesta de finales de los años veinte, donde Cole Porter canta y toca el piano, y Scott Fitzgerald y su mujer, Zelda, espejean y seducen. Por la mañana, el escritor vuelve a su hotel y a la realidad: su novia, una "niña bien" y sus padres millonarios y republicanos. Pero cada medianoche tiene la oportunidad de repetir la experiencia, y seguir conociendo el París de sus ídolos: Hemingway, Gertrude Stein, Dalí, Picasso, Buñuel... Se enamora de una de las musas de Picasso, papel que interpreta una maravillosa Marion Cotillard, y es correspondido por ella, quien lo introduce en su diario. La chica tampoco está satisfecha con su momento y sueña a su vez con la Belle Époque. Se le concede el deseo de frecuentar el Moulin Rouge en plena efervescencia de la bohemia de fin de siglo, y ahí es donde se desata el conflicto, casi al término de la película: porque su escritor no desea retroceder tanto en la rueda del Tiempo. Nadie viene a estar enteramente contento con su presente, sea el momento que sea en que se habite. Al final, solución salomónica, ni una cosa ni otra. Nuestro hombre ni permanece en el pasado, ni se queda tampoco con el presente. El amor verdadero es su futuro, y eso es lo que elige.


Owen Wilson va de Robert Redford, pero de broma. Si uno ve el cartel promocional de la película, que aquí tenéis, le parece estar ante el protagonista de El gran Gatsby y Memorias de África paseando, feliz y a sus anchas, por los muelles del Sena. Seguramente, al director le hubiera encantado poder contar con un joven Redford para interpretar el papel del escritor. Como no tiene una máquina del Tiempo, no puede rejuvenecer al galán treinta años, así que ha tenido que acudir a un "sosias", que de lejos da el pego, pero no de cerca. Owen Wilson asume muy dignamente el rol de pasmarote, de individuo sencillo que se somete a cualquier circunstancia, pero al que la divina Fortuna se aviene a favorecer y recompensar objetivando sus preferencias. No sabemos si Owen sería consciente, durante el rodaje, de que estaba interviniendo en un proyecto llamado a convertirse en un clásico del cine actual, una película con "encanto" y glamour, llamada a ser vista una y otra vez, no tanto si acaso como ¡Qué bello es vivir!, mas sí como Pretty Woman.

Este último trabajo de Allen nos parece muy superior a la sobrevalorada La rosa púrpura de El Cairo, una historia que se antojaba sosa, ñoña y pueril. Tiene la lozanía y la gracia de La maldición del escorpión de Jade (2001), pero es más seria dentro del ambiente de comedia dramática. Se inicia con un generoso repertorio de imágenes fijas de París, tamizadas por un filtro dorado, y un excelente tema musical interpretado con orquesta y saxos. Hay que decir que Allen huye de tópicos musicales e incorpora varios temas soberbios y no manidos (alguno, de acordeón, como corresponde al lugar). Excelente banda sonora, pues, que acompaña muy dulce y románticamente a la quimérica historia. Woody Allen ha conseguido un "pleno" con esta película, un verdadero regocijo para los sentidos de los amantes del buen cine, una historia nostálgica de aire "retro" muy bien contada, y lista para ser recordada y añorada.

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Viajar en el Tiempo ha sido la gran posibilidad que ha ofrecido la Literatura y el Cine. Pensemos en la propuesta de Twain, Un yanqui de Conneticut en la corte del Rey Arturo (1889), pletórica de romanticismo y de diestro humor. O en La máquina del Tiempo (1895), de H.G. Wells, adaptada al cine en El tiempo en sus manos, con Rod Taylor. O en la ucronía de Terry Gilliam Los héroes del Tiempo (1981). El bulevar de los sueños rotos en toda una familia aparecía en el magnífico drama de Priestley El Tiempo y los Conway (1937; La herida del Tiempo, en España). Sin embargo, la mayor inspiración para Midnight in Paris, ideada y escrita por el propio Allen, se encuentra, sin duda, en el esteticismo decimonónico de Henry James y de una cinta de 1980 de aire muy bostoniano, En algún lugar del Tiempo (Somewhere in Time), protagonizada por un inspirado Christopher Reeve tras haber rodado Supermán II, y por Jane Seymour. Recuerdo que descubrí esta sencilla y deliciosa película en un viaje Madrid-Santander, en el autobús de Continental Auto. Cuenta la historia de un dramaturgo que se prenda del retrato de una actriz de los años veinte, y de su viaje hasta ese periodo mediante hipnosis. Una bella aventura, romántica y nostálgica también.

En cuanto a Gertrude Stein, papel que interpreta Kathy Bates en la película de Allen, montó un estudio en el número 27 de la calle de Fleurus, en París, donde residía con su hermano desde 1902. No siendo una escritora de talento, sin embargo era una afamada y venerada crítica de arte, y pronto su casa fue frecuentada asiduamente, como un templo pagano, por un importantísimo círculo de escritores y artistas del periodo de entreguerras. Eran "la generación perdida", norteamericanos refugiados en Europa tras la Gran Guerra, que acabaron monopolizando la literatura de su país en los años veinte.

Muy cierta es la gran amistad que unía a Francis Scott Fitzgerald y a Zelda Sayre con Ernest Hemingway. Ambos novelistas debutaban por aquel entonces, e iniciaron sus carreras, de manera paupérrima, en el periodismo y la publicidad. A los dos les costó publicar y descollar. Hemingway impregnó sus relatos de vitalismo, de un realismo conciso y directo que huía de cualquier disertación. Fitzgerald --niño pobre con aspiraciones señoriales-- admiraba a James, y reflejó una atmósfera decadente de placeres y excesos. Hemingway vivió más vida que Fitzgerald, cuya esposa acabó loca y recluida, y él mismo tísico y alcoholizado. Hemingway viajó más, cazó más y respiró aires distintos. El de París era una fiesta entre ellos.

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Midnight in Paris (EE.UU, España, 2011). Escrita y dirigida por Woody Allen. Producida por Mediapro, Versátil  Cinema y Gravier Productions. Con Owen Wilson, Kathy Bates, Adrien Brody, Carla Bruni, Marion Cotillard, Rachel McAdams, Michael Sheen. Fotografía de Darius Khondji. Distribuida por Alta Films.