Orson, mago de primera.

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jueves, 13 de agosto de 2020

La crisis de los cincuenta.

¿Hay vida afectiva y social para una mujer cumplidos los cincuenta? Esa es la gran pregunta que se hacen tres amigas que coinciden todos los jueves en el Parque del Príncipe de Cáceres, para dar paseos y hablar de sus problemas. Invisibles es una película de Gracia Querejeta, con guion de la propia directora y de Antonio Santos Mercero, estrenada en cines el 6 de marzo de 2020. Su lanzamiento se truncó por la alarma por el Covid-19 y el confinamiento generalizado.

Es una comedia ácida, protagonizada por Adriana Ozores (Julia, la profesora de Matemáticas), Emma Suárez (Elsa, obsesionada con su jefe) y Nathalie Poza (Amelia, la insegura). Blanca Portillo, Pedro Casablanc y Fernando Cayo completan el reducido reparto. Toda la acción se desarrolla en el parque, de marzo a mayo. Es una cinta discursiva, y su única localización hace que se resienta de vistosidad. Haber visto a esas tres mujeres, por separado, en sus actividades cotidianas (trabajo, familia, calle) hubiera realzado el interés del espectador para seguir la narración. Invisibles no es La soga, ni La ventana indiscreta o Crimen perfecto, que palían un solo decorado con la fuerte intensidad dramática de la trama. Es así que tanta vuelta por el parque cansa lo suyo, si bien las conversaciones retratan plenamente la situación personal de cada una de las implicadas. Gracia Querejeta ha construido un relato de mujeres y para mujeres, al cual los hombres, sin embargo, no deben permanecer ajenos, pues el otoño de la edad media llega para todos. Se queda, y es la antesala del invierno.

Julia es una profesora de Secundaria frustrada, que empieza a desdeñar –y hasta aborrecer—su trabajo. Se queja de la actitud retadora de los adolescentes, de quienes no soporta, sobre todo, su juventud y alegría de la vida. Se le suicida una alumna, a quien ella no atendía bien. Da clase para los cuatro que quieren aprender, y pasa del resto. No está nada ilusionada ni volcada en su actividad docente. No tiene vida sexual con su marido.

Elsa vive obsesionada con sentirse apetecida. La idea de acostarse con su jefe no se le quita de la cabeza. Una y otra vez está pendiente de cada mensaje que le manda al móvil. Para ella, un buen polvo es siempre necesario. Especialmente, según se van pasando las primaveras. 

Amelia es una mujer muy insegura, que ha pasado por dos divorcios. Vive con un hombre que tiene una hija universitaria que no la acepta. Las trifulcas son constantes, sobre todo, en ausencia del padre de la muchacha. En el parque coincide casualmente con su expareja, que ha tenido mellizas. Ante él, Amelia se ve como fracasada por no vivir una relación estable y consolidada. Al mismo tiempo, contradictoriamente, reivindica el derecho a la soledad (aunque ella misma no sepa estar sola, y esto le lleve a apaños poco exitosos, por lo perecederos). 

El argumento va desgranando los males de la gente madura en nuestra sociedad: menos incentivos profesionales, sensación de aislamiento (aunque se viva junto a alguien), pérdida de ánimos, etc. Un momento de la vida donde las ilusiones entran en crisis. Cuando parece que la solución que queda es lamentarse ante las amigas, y que no habrá ya segundas oportunidades. Por eso, no hay final cerrado para esta película. Todo sigue, y quizá se repite.

Invisibles es un fresco veraz de las mujeres (e indirectamente también, de los hombres) maduros de nuestro tiempo. Un filme necesario, como testimonio, y una película que se agradece, a pesar de ciertos desaciertos en su planificación. Recomendable verla, aunque sea una vez.

© Antonio Ángel Usábel, agosto de 2020.

Paliando la edad madura.

sábado, 13 de abril de 2019

Autohomenaje.

Confieso que nunca he sido almodovariano. Nunca hice cola para ver sus películas de los años de La Movida, cuando yo era un adolescente aún, pues las situaciones y los alocados personajes me parecían un canto al exceso, una oda a la desobediencia y un aria al desorden. La Movida, con su estética punki, heavy o gótica, no solo no me atraía sino que me horrorizaba. No fui un rebelde ni un seguidor de tribu urbana alguna. Sin embargo, tengo que reconocer que, si el cine español quebró horizontes y fue reconocido internacionalmente en la primera andadura de nuestra democracia, fue especialmente gracias a las películas rompedoras de Pedro Almodóvar, manchego, nacido en Calzada de Calatrava hace 69 años. Países de nuestro entorno, como Francia, comenzaron a prestigiar el cine innovador de Almodóvar, con su tono kitsch extremadamente hortera y sus experiencias disparatadas y nada convencionales.  No obstante, antes de su pleno reconocimiento académico fuera de España, el gato al agua se lo llevaron otros directores, menos audaces y más moderados: José Luis Garci (Oscar al mejor largometraje extranjero por Volver a empezar, 1983) y Fernando Trueba (igual Oscar por Belle Époque, 1994). Almodóvar, por fin, se alzó con el Oscar –el premio gordo— a la mejor película en 2000 por Todo sobre mi madre, y se llevó el Oscar por el guion de Hable con ella, en 2003, pero no lo consiguió como mejor director. Su presencia en las pantallas de medio mundo es, desde luego, clamorosamente indiscutible. Mencionar un hombre de cine español, descontando al cada vez más olvidado Luis Buñuel, es recurrir a Almodóvar sin duda.
Con el rodaje y estreno de Dolor y gloria (2019), Pedro Almodóvar se retrata a sí mismo y se da un sentido y sentimental homenaje. Elige al insustituible Antonio Banderas –actor fetiche—como alter ego. A Banderas lo ha ido fortaleciendo el tiempo, otorgándole seguridad y señorío. Salvador Mallo (Banderas) es un realizador aburguesado, coleccionista de arte, sibarita, aquejado de diversos achaques de oídos, espalda, cabeza y todo lo que haga falta. Además de en la clínica, se le va a hacer un reconocimiento en la Filmoteca Nacional, donde se va a proyectar su película mítica. Para el evento, Salvador desea contar con la asistencia de su actor protagonista, Alberto Crespo (Asier Etxeandia), con el cual mantuvo durante el rodaje una muy tensa relación. Con ánimo de recuperarlo, Salvador lo visita en su alojamiento de El Escorial. Crespo es un adicto a los “chinos”, vapor de heroína aspirado. El director se deja tentar y se aficiona al “caballo”, porque en parte cura sus dolores y su inmensa soledad. Surgen sus recuerdos de infancia –ambientados en las cuevas del Batán de Paterna--. Años difíciles en el seno de una familia modestísima. Una madre cariñosa, Jacinta (Penélope Cruz), que pretende lo mejor para su niño, lo pone al cuidado de unos curas, por mediación de la beata del lugar. En el colegio lo tienen cantando, engatusados por su divina voz, y le aprueban las asignaturas casi sin estudiar. El relato pasa del pasado al presente. El actor Crespo está dispuesto a secundar a Salvador en el homenaje si este le presta un texto suyo –La adicción-- para representar un monólogo teatral. Casi a la vez aparece otra antigua amistad de Mallo, Federico (Leonardo Sbaraglia). 
Dolor y gloria es una película sobria y elegante, preferentemente entretenida, lo que viene caracterizando ya al último cine de Pedro Almodóvar desde justo el cambio de milenio, con Hable con ella y La mala educación, que luego corroboraron cintas como Los abrazos rotos, Los amantes pasajeros y Julieta. Almodóvar parece querer diseñar ahora sus largometrajes para todos los públicos y para todos los gustos, renegando de los excesos estrambóticos de los años ochenta y noventa.
De Pedro Almodóvar se ha diseccionado mucho su cine y poco su biografía, de la cual se conocen retazos. En Dolor y gloria ha aprovechado algunos aspectos: su infancia muy humilde, pasada entre La Mancha y Extremadura (quizá fuese en tierra extremeña eso de la llegada del proyector y de la pantalla tras la que orinaban los niños, porque en Calzada no había cine), su mala enseñanza con unos religiosos salesianos como becario pobre, su salud quebradiza, siempre con altibajos no excesivamente preocupantes, su amor hacia su madre, a quien aparta de Madrid para no evidenciarla su homosexualidad. 
Almodóvar, es cierto, se sobrepuso al clima de hastío insalvable del campo manchego, ese paraje quijotesco donde nunca ocurre nada fuera de lo común. “Los manchegos –apostilló un día el director—son un pueblo muy reaccionario (…) En sus vidas, la ausencia de placer es total, absoluta.” Huyó de La Mancha y buscó refugio y oportunidades en Madrid. En los años sesenta se hizo hippie. En 1969 ingresó de empleado en la Telefónica, de donde estuvo entrando y saliendo, con algún viaje a Londres para abrirse a otra realidad. En Londres, donde vivió cinco meses en 1971, Almodóvar se dedicó a lo más variopinto; por ejemplo, cuidador de niños en casa de los Rothschild, cuya casa daba al cementerio de Highgate y a la tumba de Carlos Marx. Muy a comienzos de los ochenta, Pedro se sumó a La Movida, un espacio donde, de repente, no se exigía un currículum maravilloso para medrar con cualquier cosa que se quisiera hacer pasar por arte. La noche estruendosa, los conciertos, el rock duro, las drogas… “En aquella época, el caballo llegó fuerte y no había información, lo que hacía que la gente se fumara un chino de heroína como si fuera un cigarro” (Asier Etxeandia dixit). Las plazas de medio Madrid, sumidas en los vapores salvajes de la nocturnidad, estaban atestadas de camellos y yonquis. Había mucha heroína, y no solo esnifada, sino también, y sobre todo, inyectada. Pronto llegaría el inesperado y muy cruel azote del Sida, emboscado en las jeringas desechables reutilizadas. Desde ciertos sectores políticos progres, incluso parecía alentarse el consumo de algún estupefaciente, un porro o dos cuando menos. Eso adormecía a la gente, aletargaba las conciencias en un momento en que el empleo escaseaba o era muy precario. En la siguiente década, se abrirían paso “excelsior” las agencias de trabajo temporal. Soy testigo de que, en los baños de la Complutense, alguien escribió con sorna y sin ambages “Trabajo temporal… para el abuelo de Froilán”. 
Todo parece indicar, pues él mismo lo ha confesado, que a finales de los sesenta Almodóvar descubrió “la droga, el alcohol y a Walt Whitman”. La droga es un condimento común, una forma de socializar en películas como La ley del deseo (1987), un arranque para la acción en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), y desde luego una pieza argumental clave en Entre tinieblas (1983). Sin embargo, la droga y los adictos han ido suavizándose en su filmografía reciente, hasta volverse casi anecdótica. En una entrevista para El Cultural (de El Mundo, 8 de marzo de 2019), Pedro Almodóvar –más burgués gentilhombre—matiza ese cierto coqueteo con los estupefacientes en el pasado: “Hace muchos años que no me drogo. Nunca he tomado caballo, y Dios me libre de decir nada bueno de él (…) Nunca tomé porque enseguida vi a dónde te llevaba.” En Dolor y gloria es un exponente caracterizador de los personajes, que vienen de los ochenta, de la época dura del consumo en Madrid: “Lo más importante de La Movida es cómo vivíamos. Un cambio absolutamente radical. Lo que para mí es muy importante es que los tres personajes masculinos, y ese triángulo que forman, vienen directamente de los ochenta, se han formado como yo en aquel periodo. Tienen una relación con el sexo y las drogas que procede de ahí. Creo que es la película en la que más he hablado de lo que significó vivir en aquellos años.”
Dolor y gloria es un importante esbozo biográfico de Pedro Almodóvar y una de las mejores interpretaciones de Antonio Banderas. La película, al margen de la maestría de su realizador, del guion y de la idea original, es él.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2019.
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“Hay mucha preocupación. El juicio al procés es el testimonio más vivo del fracaso político. Los ciudadanos tenemos muchas diferencias, pero siempre hay más elementos en común. Lo más decepcionante es que los problemas de los ciudadanos parece que han desaparecido de los programas políticos.” (Pedro Almodóvar)

jueves, 1 de mayo de 2014

Atrincheramiento.

El fenómeno español cinematográfico del año está siendo la comedia de Emilio Martínez Lázaro Ocho apellidos vascos (2014), que ya supera de recaudación los 44,5 millones de euros y los siete millones y medio de espectadores.

Pese a su repentino y desmesurado éxito comercial, no he podido sino asistir entristecido a su proyección, pues me parece una cinta con un guion poco elaborado y, desde luego, nada sutil. Escasamente tiene que ver este estilo de comedia, sazonado con sal gorda, con la elegante planificación y muy fina ironía de Frank Capra, Billy Wilder, George Cukor, Howard Hawks, o incluso nuestro magistral Luis García Berlanga.
Ocho apellidos vascos ofrece una visión estereotipada y ridícula de Euskadi, presentando a sus ciudadanos como cerriles cromañones, atrincherados en su feudo norteño contra la “invasión” de cualquier otra parte de España. La historia se resume en poco espacio: Rafael, un andaluz trianero (Dani Rovira) se encapricha en Sevilla de una muchacha vasca muy vasca; la chica, Amaia (Clara Lago), desaparece olvidando sus efectos personales. Por consiguiente, el sevillano viaja hasta Euskadi con el propósito de devolvérselos y conquistar a la joven. Pronto percibe que lo mejor, para no desentonar demasiado allí, es simular acento vascuence y aparentar ideas abertzales. Aparece el tercero en discordia, Koldo, un rudo pescador de bonitos (Karra Elejalde), más vasco que un bacalao a la vizcaína. Padre de la chica, se ilusiona con las expectativas de boda. Se une al trío una cacereña (Carmen Machi), exesposa de guardia civil, contenta con vivir en aquel emporio, que se hace pasar por madre del candidato a novio.
Y así, sin saber comprensiblemente más que cuatro palabras de euskera batúa, Rafael se gana la simpatía de Koldo y se mete en el bolsillo a la pandilla de alborotadores locales, que, cejijuntos desamparados ellos, le consideran de su familia y otros animales. Al fin y al cabo, los vascos –como los pasiegos-- siempre han sido poco amigos de los razonamientos largos.
 A costa de un embrutecido y bravucón carácter vasco, se desgrana la idea de que aquello no es como el resto de la Península, sino más bien una pequeña aldea gala que se resiste al invasor. Las pocas veces que Hollywood ha presentado en sus películas a los vascos, los ha hecho lucir cómicamente boina y pañuelo pamplonica; estoy pensando en, por ejemplo, Fiesta (1957, de Henry King) o en El pasaje (1979, de J. Lee Thompson). Pero Hollywood es Hollywood, y queda muy lejos. Lo lamentable es que siendo Euskadi una parte importante de la riqueza cultural de nuestro país, se haga delito y mofa de ella como si nada. Porque –señores guionistas—no se es más español por ser de Sevilla y del Betis. Mal defendemos la riqueza cultural de España con insinuaciones tan pobres y sesgadas como esa. Los tiempos en que el andaluz fue colono ya pasaron. También aquellos otros en que lo hispano era solo la mantilla, el jerez y el abanico. Se olvida de que, en Vascongadas, la poesía popular –y no ya el fútbol-- llena los escenarios deportivos con montones de aficionados sensibles. De que hay una literatura minoritaria, pero arraigada en el alma del pueblo, porque no conoció casi nunca una forma escrita. Así también son los vascos, cuyo craso error ha sido acentuar su idiosincrasia tomando de enemiga a la madre patria, y alimentando en los de Madrid la sensación de que ni son como los de Castilla ni pueden serlo. Nadie les pide que lo sean. Llevo yo sangre vasca y montañesa y me quiero sentir vasco cuando visito Donostia, lo mismo que catalán si voy a Barcelona o santanderino si estoy en Santander. Porque soy español y defiendo que el alma de todas esas regiones conforma lo nuestro, lo hispánico. Todos habitamos esta tierra de conejos que se expandió al mundo en el siglo XV. Junto a Colón viajaban en las naos muchos marineros y cartógrafos vascos, como Juan Vizcaíno de Lacoza, Juan Ustobia, Pedro Bilbao, Juan y Txomin Lequeitio, y varios más en sus secundarias singladuras. Se puede decir que se llegó a América gracias a la pericia y esfuerzo de los navegantes vascos. ¿Por qué, entonces, presentar al vasco –frente al resto de España-- como un enigma histórico?
Tal vez es Merche –el personaje encarnado por Carmen Machi—la única que sintoniza con la realidad natural de Euskadi, al haberse quedado a vivir en esa tierra de adopción. Con su gesto declara que Euskadi merece un mejor trato, como luchó por ello con firmeza Iñaki Azcuna, emérito y difunto alcalde de Bilbao. Había que deshacer la mala prensa que los intolerantes radicales difundían de la tierra vasca, pues en ella –aun respetando y amando sus costumbres—debe haber un lugar para todos. Para el vasco y el no vasco. Por igual reciprocidad, hay que acoger con cariño al nacido en Euskadi en cualquier región española. Y hay que amar lo vasco, porque forma parte de nuestro aliento peninsular. No obstante, don Pío Baroja, que era de San Sebastián, compró su casa en Vera de Bidasoa, merindad de Navarra, por si acaso.

 Las interpretaciones en Ocho apellidos vascos son correctas, y los actores hacen lo que pueden con sus personajes, en especial Clara Lago como Amaia  --sobresaliente--, y Carmen Machi y Karra Elejalde en sus respectivos. Pero la parcialidad del guion asfixia el discurrir de la historia, impidiendo que fluya con naturalidad; los episodios están encorsetados dentro de la sola dirección que interesa.
La película defrauda, sabe a poco. No se han sabido aprovechar, por ejemplo, los paisajes naturales de la costa cantábrica y de los valles del interior. Tampoco vemos un panorama humano cotidiano que equilibre el tono monocromo de lo narrado. La ausencia de hábiles secundarios lastra el material, ahogando cualquier polifonía de la partitura. La teatralidad acartonada de la filmación solo sirve para recordarnos que tenemos un país vistoso y rico, plural y seductor. Un verdadero crisol de gentes.
 
Euskadi se merece mucha mayor atención y un mejor trato en nuestro cine. Hay que hacer más documentales sobre Vascongadas, como también de las demás regiones españolas, tengan lengua local propia o no. Aunque a menudo en clave de comedia haya que aceptar ciertos disparates, hay siempre que hacerlo con ternura y con una sonrisa de todo corazón.
© Antonio Ángel Usábel, abril de 2014.

domingo, 19 de mayo de 2013

El amigo de las suecas.

No podía pasar yo sin rendir un pequeño homenaje a uno de los actores-fetiche de nuestro cine español: aquel señor bajito, pícaro, simpático, aparentemente desinhibido, dicharachero, patriota, optimista, y amigo de las suecas. Nuestro gran Alfredo Landa (Pamplona, 3 de marzo de 1933-Madrid, 9 de mayo de 2013).

Landa dio origen, y a mucha honra, al “landismo”: comedia española de señor que busca esparcimiento. A partir de la década de 1960, el régimen de Franco aflojó el puño y se permitió quitarse el corsé en la cinematografía. Al fin y al cabo, se trataba de mostrar un desengaño, como en el Barroco: España es diferente… pero es mejor; no vayas a perseguir fuera lo que tienes aquí, ¿eh? En el fondo, las comedias landistas exaltaban lo nacional hasta lo infinito. Landa nos enseñaba a apreciar más lo nuestro, lo que quizá no valorábamos lo suficiente: la fidelidad, las playas y el sol mediterráneo, la paella y la tortilla de patatas, el seiscientos, la partida de cartas, el servicio militar, el pueblo y Bonet de San Pedro.
 
Landa ha sido un actor imprescindible. No se puede entender nuestro cine sin él. Como Tony Leblanc (con quien coincidió en Una vez al año ser hippy no hace daño, 1969), destilaba optimismo, pero lo hacía con el aspecto del hombre corriente, feucho, que le ponía sal y pimienta a lo cotidiano. Ver una interpretación de Landa se agradece, porque viene de alguien que ama la vida y transmite al cien por cien ese amor, esa alegría de vivir. Landa iba a por todas, y al final se quedaba como estaba, pero seguía sacando la felicidad de dentro. Ha sido un lujo tenerlo con nosotros y que nos haya acompañado tantos años, a lo largo de más de ciento treinta largometrajes, deleitándonos y comunicándonos su fuerza. Ya no hay actores así, de esta talla, que estén presentes en nuestras vidas y que nos hablen de ese modo. Se merecería estar ya en el Olimpo de los dioses y que desde él dé esperanza a esta sociedad oscura y triste. Necesitamos fanales, farolillos chinos como el suyo: esas sonrisas que nos sacaban de la miseria.
Las películas de Landa eran intrascendentes, sí… ¿Y qué? No se va a poner uno siempre serio.
Recuerdo No desearás al vecino del quinto (Ramón Fernández, 1970), con guion de Juan José Alonso Millán (Cristóbal Colón, de oficio… descubridor), la historia del modisto Antón, que dirige su tienda femenina en una ciudad pequeña y las atrae a pares. No es un dandy, es un homosexual, con una pluma como un castillo que resulta simpático a las chavalas y señoras con sus ademanes de vodevil. Como reza la presentación del filme, Antón es un hombre de confianza porque “todos los maridos tienen la seguridad de que el peligro sería que Antón les tomase a ellos las medidas”. Pero el extraviado modisto modestamente esconde un secreto: ¿es realmente Antón ese homosexual inofensivo de la peluca y la perrita?
En Vente a Alemania, Pepe (Pedro Lazaga, 1971), Alfredo nos dijo que no se podía esperar demasiado del extranjero. Encarna a Pepe, un lugareño con muchas ganas de marcha que viaja a Alemania a hacer fortuna. Pronto se dará cuenta de que con tanto empleo de relleno, no le quedan ni tiempo ni fuerzas para ligar. La película descalificaba la iniciativa de algunos españoles que iban a Francia, Bélgica, Holanda y Alemania en pos de un empleo digno y bien remunerado. Gracias a ellos, el régimen se recompuso durante los años sesenta, pues mandaban dinero a sus familiares y era capital que venía bien a la economía nacional.
 
En 1976, Juan Antonio Bardem consigue estrenar una cinta muy peculiar, una road movie a la española, de orientación tragicómica: El puente. Estaba basada en varios relatos breves de Daniel Sueiro. Abordaba las peripecias de Juan, mecánico y esquirol, apasionado de las motos, quien prefiere ser un espectador de la vida. Durante un “puente”, y al haberle abandonado su chica, decide subirse a La Poderosa, su motocicleta, y marcharse desde Madrid de juerga a Torremolinos. Pero durante el largo trayecto, de más de quinientos kilómetros, diversa gente le va saliendo al paso: dos mujeres que van a visitar a un preso vasco, una compañía de actores ambulantes que representa una farsa sobre los ídolos nacionales, unos amigos emigrantes que han hecho fortuna en Alemania, un estrafalario inventor, unos jornaleros y un argelino sin trabajo, un torero que no quiere torear, una furgoneta de hippies que fuman marihuana (y con los cuales se desfoga sexualmente). Cuando Juan se planta al final en Torremolinos es de noche y casi tiene que volver. Pero reflexiona sobre los acontecimientos del viaje, y se despierta en él una conciencia social y obrera que antes no tenía. Juan era un individuo egoísta que ni siquiera iba al pueblo, a visitar a su madre. Cuando regresa a Madrid, al taller, acepta reunirse con sus compañeros de Comisiones Obreras, que están planeando una huelga.
 
En Las autonosuyas (Rafael Gil, 1983), con guion de Fernando Vizcaíno Casas, Landa interpreta al alcalde de Rebollar de la Mata, provincia de Madrid, quien a la vista del pingüe negocio que es montar una autonomía –como la catalana o la vasca--, propone al pleno y a otros ayuntamientos locales constituir el Ente Autonómico Serrano. La iniciativa cobra forma, ante la atónita mirada de un viejo militar franquista (Ismael Merlo). Como todo buen territorio autonómico, Rebollar requiere una lengua propia, que no puede ser el español o castellano como tal, sino el “farfullo”, una forma de hablar distinguida que cambia las pes en efes, por defecto de frenillo del señor alcalde. Como es lógico, el proyecto de autonomía acaba en hundimiento, con una velada justificación al golpe de estado de Tejero. Este largometraje tiene un magnífico tema musical, compuesto por Gregorio García Segura.

Pese a la tendenciosidad del guion hacia el autoritarismo, la película pronostica el afán independentista de las llamadas provincias con fuero histórico, tal y como vemos hoy que está sucediendo. A algunos les da vergüenza ser españoles, y prefieren ser otra cosa (sin dejar de ser, en realidad, lo que no pueden negar, lo que son). Claro que, sopesando cómo está hoy la corrala, no es de extrañar tanto cantonalismo.
En 1984, llegó la gran oportunidad de Alfredo Landa de demostrar su valía como actor dramático. Antes ya lo había hecho el genial José Luis López Vázquez con Mi querida señorita (Jaime de Armiñán, 1972). Nos referimos a la adaptación de una novela de Miguel Delibes, sobre la miseria de los aparceros extremeños: Los santos inocentes (Mario Camus, 1984). Alfredo era Paco el Bajo, a las órdenes de los señores, los ricos hacendados. Paco tiene que hacer de sabueso durante las cacerías y tener vigilado al Azarías (Francisco Rabal), un retrasado que se alivia por los rincones y domestica pájaros. El tándem formado por estos dos formidables actores –Landa y Rabal—causó conmoción en el Festival de Cine de Cannes; los franceses se rindieron a ellos y les otorgaron a ambos la Palma de Oro a la mejor interpretación masculina. Rabal preparó el papel con meticulosidad: compró ropa vieja, rota y raída a un lugareño y se hizo fabricar una prótesis para presentar una dentadura estropeada.
En 1994, Landa rodó, a las órdenes de José Luis Garci, el remake de Canción de cuna, basada en la obra dramática homónima de Gregorio Martínez Sierra y María Lejárraga. Era una historia blanda, cursi, lacrimógena, sobre la adopción de una niña por unas monjas de clausura y una priora joven condenada a morir por una dolencia incurable. Landa era el médico que coquetea platónicamente con ella y que ayuda a las hermanas y a la niña cuanto puede. Es una de las caracterizaciones más humanas del actor navarro. Una composición única, redonda, entrañable; lo mejor del filme (que se alzó con cinco premios Goya).

Se nos ha ido un grandísimo actor, sólido y profesional como el que más. Una verdadera gloria nacional a la que, cuando revisemos sus mejores películas, siempre vamos a echar en falta. Descanse en paz nuestro bello y bueno Alfredo Landa.
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Alfredo Landa nació en pleno centro de Pamplona (Navarra, España), en marzo de 1933. Era hijo de un oficial de la Guardia Civil y un estudiante travieso e inquieto, pero muy aplicado. Trasladada la familia a Figueras (Gerona) tras la Guerra Civil, Alfredo debutó como intérprete infantil en una obra del colegio. Tenía solo siete años. El éxito alumbró en su ánimo el deseo de ser cómico. Vivió después en Madrid y San Sebastián, siempre sin abandonar el teatro aficionado y gastarse la paga en cine y tabaco. Su padre murió a los cuarenta y siete años de un cáncer de garganta. En San Sebastián, Landa cursó estudios de Derecho y fundó en su facultad un grupo de teatro universitario. No se licenció de abogado. Llegó a Madrid en octubre de 1958, con siete mil pesetas ahorradas, para participar en una prueba de doblaje que le consiguió un amigo. Quedaron satisfechos con él, y así empezó su andadura profesional en el ramo. En 1960 debutó en el teatro profesional. Poco más tarde, interpretó su primer éxito: La felicidad no lleva impuesto de lujo, de Alonso Millán. Se casó con una titulada en Filología Hispánica, Maite Imaz, con la que había coincidido en el campus de Donosti, y que había formado parte de su grupo teatral. El matrimonio tuvo tres hijos –Idoia, Alfredo y Ainhoa--, ninguno de ellos actor.
Landa hacía Eloísa está debajo de un almendro, en el María Guerrero, cuando le propusieron el guion de Atraco a las tres (José Mª Forqué, 1962), trabajo por el que ganó diez mil pesetas. Tuvo un papel más que discreto en la magnífica El verdugo (Luis García Berlanga, 1963), haciendo de monaguillo. Al año siguiente, repitió con Forqué en Casi un caballero, basada en la comedia de Carlos Llopis ¿De acuerdo, Susana?, donde tuvo de compañeros a Alberto Closas, Concha Velasco, Gracita Morales y José Luis López Vázquez. Contaba la historia de una ladrona aficionada y sus dos torpes compinches, enfrentados a todo un experto de guante blanco. La situación da un giro cuando la pequeña delincuente se enamora del apuesto ladrón.
A lo largo de los sesenta, se sucedieron los títulos discretos. Pero ya en sus mejores momentos (1970-1976), el actor llegó a rodar hasta siete filmes anuales.
Landa ha trabajado en 137 largometrajes con los mejores realizadores españoles: Berlanga, Forqué, Camus, Bardem, Garci, Lazaga, Ozores, Gutiérrez Aragón (serie El Quijote de Miguel de Cervantes, 1991-92), Cuerda…
Con 74 años, y después de sobreponerse a un cáncer de colon, anunció su retirada. Se dedicaría a leer, jugar al mus y a asistir a tertulias (era un hombre de extraordinaria cultura). En 2007, recibió un Goya honorífico al conjunto de su carrera. En 2009, un ictus le dejó mal parado, en una silla de ruedas. Luchó por reponerse, objetivo que solo consiguió a medias, porque los ataques cerebrales se repitieron. En los últimos tiempos, apenas razonaba ya. Ha fallecido en Madrid a los ochenta años.
Su compañero y amigo José Sacristán ha declarado: “Alfredo era para mí como un hermano. Nos conocimos en el año 60 en el Teatro Infanta Isabel. Yo era el meritorio y él hacía un papelito. Se portó muy bien conmigo. Fue curioso lo amigos que nos hicimos siendo él hijo de un capitán de la Guardia Civil y yo hijo de un militante del Partido Comunista, y compartiendo ambos las ideologías de nuestros progenitores. Eso nunca fue un problema (…) Y cuando cumplimos los 25 años como amigos se presentó con un llavero con una cadenita y una lengüetita de plata que ponía: ‘1960-1985. Pepe-Alfredo’, como si fuéramos maricones. Y eso que Alfredo tenía el hombre su punto de vista respecto a los homosexuales. Era muy navarro para eso.
(…) Decía siempre lo que pensaba. Recuerdo aquellos paseos que nos dábamos por la calle Barquillo y los cafés que nos tomábamos. Siempre los pagaba él, porque él también hacía doblaje y por aquel entonces iba mejor de dinero que yo. Comentábamos entre función y función si merecía la pena esto de ser actor con dos funciones diarias siete días a la semana y el ensayo a mediodía. Él decía que igual nos lo teníamos que pensar, que si esto era un coñazo…”

martes, 13 de noviembre de 2012

Berlanga Film Museum.

El diario El País publicaba en su edición del martes, 13 de noviembre de 2013, la noticia de la inauguración del Berlanga Film Museum (Museo Virtual de Berlanga), por parte de la Generalitat Valenciana.
 
Una página de libre acceso donde se pueden consultar detalles biográficos del genio español, junto con referencias sobre su cine. Se pueden ver, por ejemplo, sus dos primeros cortos, Paseo por una guerra antigua (1949) y El circo (1950), realizados como trabajos de graduación para la escuela de cinematografía (Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, Madrid). En el primero, dirigido por cuatro alumnos de dirección, un hombre cojo por herida de guerra visita los escenarios de la Ciudad Universitaria que fueron frente de batalla. En el segundo, ya rodado en solitario por Berlanga, asistimos al montaje de un circo americano a lo Buffalo Bill y a algunos de sus números. Como anécdota, diremos que ya actuaba por allí José Villa, Tonetti. Sin duda, un corto que haría las delicias de Ramón Gómez de la Serna por su temática circense y que anticipaba el tono sainetero y lúdico del cine del director.

Hace año y pico, en agosto de 2011, asistí en la UIMP de Santander a un homenaje a la memoria de Luis García Berlanga, y puedo decir que no hay gozo mayor que ver en pantalla grande Bienvenido Mr. Marshall. Esa voz en off de Fernando Rey enalteciendo de cariño la oscuridad de la sala, esos villanos humildes e ingenuos de cualquier pueblo, continúan, con sus ilusiones y sus sueños, emocionándonos y llenando de sonrisas nuestras vidas.


La página ofrece fotografías de los rodajes, de las películas y de eventos relacionados con Berlanga. Además, existe la posibilidad de consultar en línea los guiones de sus obras. Ese señor Amadeo, enfermo de los bronquios, que no tiene el coraje de dejar el tabaco, y sin embargo ostenta la valentía de ser ejecutor de sentencias. Los guiones compuestos por Berlanga y Azcona no tienen desperdicio. Son una joya de humor negro, de ironía castiza y de filosofía de vida que hay que leer entre líneas. Como el humanismo de Cervantes o Galdós, como  la comicidad elocuente y sabia de Mario Moreno Cantinflas, el genio de Luis García Berlanga es patrimonio español y universal.



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“Luis García Berlanga no es sólo uno de los mas grandes de la historia del cine universal, sino una de las figuras imprescindibles para conocer la cultura de nuestro tiempo. Como Picasso, como Galdós, como Falla, como Ortega...

En lo personal, Luis era la inteligencia en estado químicamente puro. Ante él, como ante el también maestro y amigo Fernando Fernán-Gómez, no cabía la impostura, ni la arrogancia, ni la falsa modestia, ni la impaciencia del mal aprendiz... Ante personas como ellos uno se sentía mejor. Se sentía la necesidad de ser mejor.” (José Sacristán)

 
“En los rodajes Berlanga era riguroso, exigente, minucioso, divertido, con cierta sorna mediterránea, siempre cariñoso y con exagerado talento.

Yo disfrutaba muchísimo en la preparación y ensayos de aquellos irrepetibles planos secuencia, ¡qué manera de tenerlo todo bien clarito!. Berlanga era un director que siempre llegaba con “los deberes hechos”.

Ahora que no puedo seguir disfrutando de su arte y del de su inseparable Rafael Azcona, he notado cómo los poderosos banqueros, clérigos, militares, autoridades, en definitiva los poderes fácticos, han respirado a gusto al saber que ya no serán representados con tanto rigor, sabiduría, buen gusto, inteligencia y humor.” (Guillermo Montesinos)

ENLACE CON EL MUSEO VIRTUAL BERLANGA.