
Maureen, en las baladas de Ford,
no hablaba: miraba y sonreía. Callaba, para poder escuchar la poesía de sus
ojos verdes. A veces también desfilaba. No tenía el talle escultural de Ava
Gardner, ni su encendido erotismo, pero era grande y magnífica, hecha para
cautivar con pulcritud. No tenía las piernas de Cyd Charisse ni de Jane Russell,
Angie Dickinson o Ann Miller; no estaba construida para excitar, pero su rostro
y su cabellera los rodeaba una aurora boreal resplandeciente. Maureen era esa
mujer legítima, en quien se podía confiar. Y, al mismo tiempo, juvenilmente
alegre y sonrosada. La mujer que manejaba la sartén y el florete, que se
enfundaba en un chal, iba a la iglesia, o con soltura vestía blusa y
pantalones. La mujer del fuego del hogar y la bucanera en pos de riesgo y
aventura.
El tándem que formó con John Wayne a las órdenes de Ford está
llamado a perdurar en la imaginería colectiva. ¡Qué excepcional pareja! Fuerte
y formal él, brava ella. La escena del cementerio, buscando el pecho de Wayne
bajo la lluvia, su dorada protección, es de una belleza nítida y de un lirismo
balsámico y envolvente. Esas miradas cómplices, esas carreras entre los prados
o junto al río, dejando volar el sombrero y esparciendo su cometa escarlata y
rizada. Esa traza de niña-mujer, inolvidable. Cuando trabajó con Tyrone Power en Cuna de
héroes (The Long Gray Line, 1955)
encarnó a la inocencia entregada, la Mary O’Donnell que construye una familia
sin hijos, y que se consagra a su marido y a su suegro. Todo en consonancia con
el disciplinado régimen militar de West Point. Las décadas de los cuarenta y
cincuenta la ofrecieron en su madura plenitud, pero debutó en Estados Unidos en
1939 al encarnar a la zíngara Esmeralda, de la cual se prenda fatalmente el
jorobado de la catedral de París (Charles
Laughton). Ahí la vimos recién saboreada la miel de su adolescencia, con
diecinueve años. Venía de la fallida Posada
Jamaica (1938), la última cinta de Hitchcock
en Inglaterra, cuyo rodaje con el perfeccionista y genial Laughton casi
acaba con los nervios del Mago del Suspense. Maureen es aún una apetitosa
virginal danzarina, pero, a partir de ¡Qué
verde era mi valle! (1941), se va robusteciendo, se planta como mujer a la
que no tumba un huracán y que, sin embargo, se comba como el junco por un amor
romántico. Y su madurez llena y seduce por fin en la sublime historia del
maestro tímido que se enfrenta a los nazis, excelentemente entendida y ofrecida
por Jean Renoir: Esta tierra es mía (This Land Is Mine, 1943). En efecto, era la profesora Louise
Martin, de quien estaba secretamente prendado el personaje del docente Albert
Lory, de nuevo encarnado por Laughton en una insuperable construcción humana. Y
si ya es difícil destacar en el áspero ámbito de la enseñanza a adolescentes,
por lo que tiene de complicado mundo de continuos giros e inciertos vaivenes,
Albert Lory lo consigue dejando ver el valiente que lleva dentro. El héroe
solitario desdeñado por todos, y mirado con compasión por Louise, que de
repente se alza, se despierta para brillar solemnemente en su resistencia firme
y democrática contra la tiranía. Lory lee los Derechos del Hombre y del Ciudadano a sus alumnos, en su última
clase, antes de ser llevado a la muerte por sus verdugos, también asesinos de
la Francia libre. Y Louise lo llora amargamente: tarde descubrió que cerca
trabajaba y vivía todo un hombre, no un pusilánime superviviente. Esta tierra es mía es una obra
imprescindible.
Después de surcar los mares de
Tortuga y Maracaibo en El cisne negro
(The Black Swan, Henry King, 1942) y Los piratas del mar Caribe (The Spanish Main, Frank Borzage, 1945),
llega por fin su primer y proverbial encuentro con Wayne: Río Grande (John Ford, 1950). Dispuesta a ser conducida a casa en
brazos, porque hay que saber darse una segunda oportunidad, la que no llega en
otra pieza suculenta y maestra de Ford, Escrito
bajo el sol (The Wings of Eagles,
1957), basada en hechos reales, en la vida del aviador y guionista Frank W.
‘Spig’ Wead. En esta película, el personaje de O’Hara abandona a Wayne, después
de la muerte del “Comodoro”, su bebé, y de que ‘Spig’ sufra una fatal y
aparatosa caída por la escalera de su casa, que lo deja inválido durante una
larga temporada. Convertido en escritor de éxito, no consigue atraer de nuevo a
su mujer, a la que da libertad para que viva la vida por sí misma, sin ataduras
ni obligaciones. Y aún rodará con Wayne una comedia ambientada en el Oeste, El gran MacLintock (1963), en realidad
un desenfadado homenaje a sus esplendorosas colaboraciones juntos. Su despedida
como homérica pareja llegó con El gran
Jack (Big Jack, 1971), empezada
por George Sherman y terminada por Wayne, al frente de su productora, Batjac.
Un puñado de cinco o seis títulos
que convirtieron a esta mujer, Maureen
O’Hara no quizá en un icono, mas sí en la irlandesa perfecta, por
antonomasia, y en una estrella del cine, de gran magnitud, brillante por
largos, largos años.
© Antonio Ángel Usábel,
octubre de 2015.
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Entre junio y agosto de 1951, se
rodaban los exteriores de El hombre
tranquilo en Cong (County Mayo, Irlanda). Los O’Hara / Fitzsimons, los
padres y la familia de Maureen, participaron en el rodaje. Un día, durante la
filmación de la carrera de caballos, Maureen debía aparecer con la hermosa
cabellera al viento. Ford situó ventiladores detrás, pero el cabello golpeaba
insistentemente el rostro y los ojos verdes de la actriz. Maureen no conseguía
permanecer con ellos abiertos. “Pappy” Ford se enfureció, y comenzó a
despotricar y a gritarle. Entonces ella no pudo resistir más y le espetó: “--¿Qué sabrá un calvo hijo de puta como
tú?” Todo el set enmudeció de golpe. Nadie le hablaba a Ford de ese modo.
“Pappy” también se quedó callado largos segundos, escrutando con su ojo de
águila al equipo. Por fin, soltó una carcajada. La tormenta se había alejado.
Pero después, ordenó dispersar excrementos de oveja por el césped por donde
Wayne tenía que arrastrar a Maureen. La ropa le cogió tal olor que fue casi
imposible quitárselo, y hubo que desecharla. Para colmo, Ford, que reía el
último, avisó que nada de agua ni toallas.
Maureen O'Hara_Obituario "El Mundo".
Maureen O'Hara_"El País".
Maureen O'Hara_Obituario "El Mundo".
Maureen O'Hara_"El País".