Orson, mago de primera.

Orson, mago de primera.

lunes, 8 de julio de 2024

La muerte cansada.

La I Guerra Mundial acabó con la vida de más de cuarenta millones de personas, entre víctimas civiles y militares. Había supuesto el mayor desastre humano intencionado de la Historia. Un conflicto generalizado, donde se usaron por primera vez los gases tóxicos para infligir heridas terribles y causar el mayor daño al enemigo. A la destrucción bélica, hubo de sumarse otra catástrofe natural, que se originó en un campamento militar norteamericano de Kansas: la mal llamada “gripe española”. Esta pandemia segó la existencia de más de cincuenta millones de seres humanos, entre marzo de 1918 y abril de 1920.

Bernhard Goetzke (izquierda) interpreta a la Muerte; Lil Dagover es la joven, y Walter Janssen, el joven.

Fueron seis años altamente letales, en los que la Muerte se enseñoreó a placer. En 1921, el cineasta alemán de orígenes judíos Fritz Lang concibió, junto a su colaboradora Thea von Harbou, el guion de Las tres luces (Der müde Tod), la que sería una de sus películas más simbolistas y poéticas. En ella la Muerte aparece personificada en la figura de un enjuto, seco y enigmático individuo, quien sigue a una pareja de jóvenes enamorados hasta una posada. Este tétrico sujeto ha arrendado, por noventa y nueve años, un amplio terreno junto al cementerio de la villa. Manda construir, a su alrededor, un enorme y elevado muro que carece de puertas. En un determinado momento, y en un descuido de la muchacha protagonista, la Muerte se lleva a su novio. La joven, desesperada, intenta rescatarlo de su dominio, aduciendo que el amor es tan fuerte como la muerte misma. Con esto cita el versículo sexto del capítulo 8º del Cantar de los Cantares de Salomón: “Grábame como un sello en tu brazo, / como un sello en tu corazón, / porque es fuerte el amor como la muerte”. Todo este poético libro inspiró parte del argumento de Las tres luces, la búsqueda infatigable del amado, desaparecido, por la amada, la muchacha. Lo comprobamos en el capítulo 5º del Cantar, versículos sexto a octavo:

“Yo misma abro a mi amado;

abro, y mi amado se ha marchado ya.

¡El alma se me fue tras él!

Lo busco, y no lo encuentro;

lo llamo, y no responde […]

Muchachas de Jerusalén, os conjuro

que si encontráis a mi amado

le digáis… ¿qué le diréis?...

Que estoy enferma de amor”.

En 1915, Sigmund Freud publicaba un artículo titulado “Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte”. En su segundo apartado (“Nuestra actitud ante la muerte”), Freud escribía que se produce “nuestro derrumbamiento espiritual cuando la muerte ha herido a una persona amada, el padre o la madre, el esposo o la esposa, un hijo, un hermano o un amigo querido. Enterramos con ella nuestras esperanzas, nuestras aspiraciones y nuestros goces; no queremos consolarnos y nos negamos a toda sustitución del ser perdido. Nos conducimos entonces como los ‘asras’, que mueren cuando mueren aquellos a quienes aman”. Sin embargo, el proceso de duelo lleva, paso a paso, a la convicción de la pérdida del objeto amado, y, después, a su reemplazo en el mundo por acción de ciertos impulsos narcisistas. No obstante, el propio Freud se resistió a “pasar página” a consecuencia de la muerte de su predilecta hija Sophie, víctima de la mal llamada “gripe española” de 1918. En abril de 1929, Freud escribió: “Sabemos que el dolor agudo que se siente después de una pérdida tan grande seguirá su curso, pero también sabemos que permaneceremos inconsolables […] Y así es como debe ser. Es la única manera de perpetuar un amor que no queremos abandonar”. Fritz Lang y Thea von Harbou parece que se inspiran en estas consideraciones del genio de la psiquiatría a la hora de idear la frustración de la joven protagonista de su filme.


Por otra parte, por pareidolia, podemos percibir una referencia a Eros, sobreponiéndose a Tánatos, en la secuencia de la película donde la Muerte se apoya en su enorme muro. El contorno de un gran falo se dibuja sobre los sillares.

Continuando con la película, la Muerte conduce a la joven a un extraño lugar interior, donde arden multitud de velas. Cada una representa una vida humana. Cuando Dios lo quiere, apaga cada una de esas velas, provocando el final de la persona.


La joven se empeña en que ella, con su solo amor profundo y verdadero, puede burlar al destino decretado contra su novio. Lo puede rescatar de la muerte. Entonces el tétrico individuo muestra a la enamorada tres cortas velas, próximas a consumirse. Cada vela representa a un amado amenazado por su cercano último momento. La Muerte reta a la muchacha: si es capaz de impedir que una sola de esas velas se apague, recuperará tal vez a su enamorado.

Se inician tres historias que se desarrollan en espacios y tiempos diversos: la Bagdad del califato, la Venecia renacentista, y la antigua China. Pero en ninguna de las tres aventuras el joven héroe se libra de un destino trágico: en la primera, es un infiel cristiano que osa profanar la ciudad de los creyentes mahometanos y termina enterrado hasta la cabeza en un jardín; en la segunda, es herido equívocamente por una espada envenenada; y en la tercera, una flecha lo traspasa después de haber sido convertido en tigre por un poderoso mago. En esta última historia, se concitan elementos fantásticos propios del orientalismo de las Mil y una noches: una alfombra voladora, un ejército en miniatura, un caballo que surca los cielos. Se anticipa a El ladrón de Bagdad.


Como la muchacha fracasa en su triple intento, y las tres luces mueren, como tres pobres vidas, la figura de la Muerte se apiada de ella y le otorga otra oportunidad, que será definitiva: habrá de encontrar a alguien que desee cambiarse por su pretendiente, es decir, a una persona que elija morir. La muchacha tienta a un anciano. También a un mendigo. Pero ninguno de ellos quiere morir. Se está a gusto en este mundo. En un incendio, un bebé va a ser pasto de las llamas. Entonces, entra la protagonista valientemente y lo rescata. Mas, en vez de entregárselo a la Muerte, lo lleva junto a su madre.

La Muerte no encuentra otro modo de complacer a la joven sino haciendo que muera, para que así se reúna con su infeliz prometido.

Nadie puede derrotar a la muerte, ni torcer un destino que es decretado desde lo más alto.

© Antonio Ángel Usábel, julio de 2024.

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Muchas de las biografías sobre Fritz Lang ocultan el hecho de que, antes de arrebatar a Thea von Harbou a su marido, el actor Rudolf Klein-Rogge (quien interpreta un personaje, Girolamo, en Las tres luces), el aclamado director estaba ya casado con Lisa Rosenthal. Al parecer, esta murió en casa de Lang en extrañas circunstancias, por medio del disparo de una pistola que guardaba el director. No se sabe si se trató de un suicidio, o si de algo más. Por entonces, Lang ya llevaba a su domicilio a su futura, la Von Harbou. La huida de Alemania de Lang, y las diferencias ideológicas, al ser Thea von Harbou una decidida abanderada del nazismo, condujeron a la pareja al divorcio. Thea falleció en el verano de 1954, tras las complicaciones de una caída en la calle, cuando salía de presentar en un cine de Berlín una reposición de Las tres luces.


 

miércoles, 3 de agosto de 2022

Alambre de espino.

En 1974, se estrenaba The Odessa File (El expediente Odessa), un potente filme de intriga soberbiamente dirigido por Ronald Neame, y basado en la exitosa novela de Frederick Forsyth, que contaba cómo los nazis supervivientes de la SGM montaron una organización que les procuraba una huida al extranjero mediante identidades falsas. Muchos de esos presuntos criminales nazis se refugiaron en España y en Latinoamérica (Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay Brasil, especialmente). Hace poco, en 2021, nos llegó El sustituto, de Óscar Aibar, un thriller policiaco con las mismas implicaciones temáticas, rodado con buen pulso, al estilo de la serie de películas de Harry Callahan.

Ricardo Gómez, como Andrés, en El sustituto (2021).

España, año 1982. El protagonista, Andrés (Ricardo Gómez) --un hombre hecho a sí mismo, criado en orfanato-- es un inspector duro, insobornable, contundente. Acude a Denia para reemplazar a un compañero de cuerpo, muerto en extrañas circunstancias. Pronto se le pone a cuidar la casa de unos alemanes, junto a otro policía veterano, Colombo (Pere Ponce). Andrés indaga en el pasado del inspector muerto, y descubre que traía droga adulterada desde Bilbao. Al mismo tiempo, repele el ataque en ciernes de un comando israelí sobre la vivienda de los alemanes. Es felicitado efusivamente por estos, que lo invitan a sus particulares celebraciones: himnos, esvásticas, pendones, gallardetes, uniformes del Tercer Reich… Andrés queda desagradablemente impresionado. Ese no es su mundo. Colombo, su camarada de patrullaje, ha reunido un completo dosier acerca de aquellos tipos. Andrés está decidido a destapar aquel refugio de excombatientes, alguno expresamente implicado en crímenes contra la Humanidad. 

Vicky Luengo y Ricardo Gómez en El sustituto (2021).

La película tiene un ritmo brioso y está basada en datos reales: en Denia (Alicante), antes de que se convirtiera en destino turístico y fuera tan solo un pueblo de pescadores, se refugiaron varios SS, quienes incluso se hicieron promotores inmobiliarios, y dieron empleo y atrajeron visitantes. Posteriormente, algunos lo abandonaron y marcharon a Sudamérica. Otros, incluso de entre los más peligrosos, como Anton Galler, fallecieron plácidamente en Denia –ya en la década de 1990-- y en su cementerio yacen. Es decir, aun cuando ganaron los socialistas las elecciones de octubre de 1982, por clamorosa mayoría absoluta, los nazis de Denia siguieron con sus vidas, tan panchos. Gerd Bremer, por ejemplo, promotor de construcción, dejó este valle de lágrimas en 1989. Luego poco, o nada, cambió. Sin embargo, la película de Óscar Aibar nos quiere hacer creer que la llegada del PSOE a la Moncloa fue la panacea y limpió toda corrupción y crimen escondido. El maniqueísmo se apodera, entonces y de manera innecesaria, de una historia que solo en parte fue así. 

Pere Ponce, como Colombo, en El sustituto (2021).

Extraordinario, en su introversión y laconismo, el personaje protagonista de Ricardo Gómez. Muy eficaz semblanza de viejo policía enfermo la trazada por Pere Ponce. Bellísima Vicky Luengo en su rol de doctora comprometida (en un amplio sentido del término). Pol López (Rafa) levanta a un violento de libro.

El guion encierra dos pequeñas sorpresas finales, que no vamos a desvelar. Una de ellas, se puede intuir.

Una película, El sustituto, que se celebra y atrapa, pese a las agudas aristas maniqueas que contiene.

© Antonio Ángel Usábel, agosto de 2022. 

Nazis refugiados en Denia. 

jueves, 7 de julio de 2022

Cuida tu negocio.

Intentar hacer una película biográfica sobre alguien tan grande como Elvis Presley es algo demasiado ambicioso. Demasiadas facetas que abarcar, demasiados estilos y detalles que cuidar, para un proyecto que –de salir bien-- alcanzaría las dimensiones de épico. Elvis ha sido el cantante que ha presentado una mayor variedad de registros: góspel, rock, baladas, villancicos… Y en todo ha destacado, ha sabido brillar con luz propia.

 

Esa variedad le llevó a conquistar, poco a poco, el corazón de público muy diverso, de diferentes generaciones. El rock lo encumbró a líder de la juventud; el espiritual y la música romántica conectaron mejor con la gente de mediana edad. Y se dice que el artificio se debió a un hombre con una visión de negocio increíble: el llamado Coronel Tom Parker. Para algunos seguidores del cantante, el “destructor” del primer y genuino Elvis, el Rey del Rock, el indomable y rebelde joven que con sus movimientos sensuales volvía histéricas a las adolescentes. Siendo Elvis del Sur, y siendo el Sur tan integrista, no hubiera tenido un gran futuro con su estilo electrizante, sobre todo en los medios televisivos. De hecho, pronto se le puso coto, y se exigió que no fuera enfocado de cintura para abajo. Más aún, debería aparecer con traje, perfectamente peinado, y con aspecto de “buen chico”. Ahí fue donde el Coronel Tom Parker comenzó a intervenir de manera decisiva. Disuadió a Elvis de que debía “cuidar el negocio” y hacer caso de las recomendaciones. Además, el servicio militar en Alemania marcó un antes y un después en la trayectoria del astro: moderó al primer Presley dando salida a “otro Elvis” más “para todos los públicos”. De cimarrón pasó a estar domado. Con ello, su mercado creció, porque gustaba más a todos: vendía más discos y protagonizaba más películas. Aunque, muy a su pesar, el Elvis actor se quedó en una pantomima, a medio camino de lo que el divo perseguía: guiones sólidos e interpretaciones dignas de aplaudir y recordar. Le ocurrió algo muy similar al monarca de los “crooners”, Bing Crosby, que solo hacía de cura (aunque lo hacía muy bien, y hasta le valió un Oscar).

Austin Butler, como Elvis Aaron Presley

Elvis, en sus comienzos en Memphis, se encontró en una encrucijada racial. Él había asistido a los ceremoniales del domingo de la gente de color y estaba subyugado y embriagado por su estilo desatado del ritmo, por el dejarse llevar para sentir a Dios dentro. El rhythm & blues de los intérpretes negros y el folk blanco –el country, o su variante animada, el rockabilly-- estuvieron en la génesis del rock and roll. Pero Elvis –o mejor dicho, su nuevo mánager, el Coronel Parker—sabían que no era posible encajar en la sociedad blanca con los ademanes y estilo de los afroamericanos. El rock and roll, además, se tuvo como un género musical sobradamente subversivo, puesto que iba contra las buenas maneras, contra las convenciones éticas y morales. Pronto se pidió que las autoridades intervinieran, vigilando los programas de las emisoras de radio y hasta poniendo en dificultades a los artistas más desafiantes: Chuck Berry fue acusado de proxeneta en 1959; a Little Richard lo hicieron abjurar de sus convicciones tras haberse salvado, por los pelos, de un accidente aéreo; Jerry Lee Lewis se casó con su prima, de catorce años, y fue criticado por ello. Y a todo esto, ¿dónde estaba Elvis? A salvo, en Alemania, cumpliendo dos años de servicio militar. Y pagando religiosamente un millón de dólares anuales, en concepto de impuestos, como buen patriota.

Si hay algo que el Ejército no obró bien por Elvis fue no concederle permiso, durante su instrucción en Fort Hood (Texas), para que visitara a su madre enferma. La amada y reverenciada madre, Gladys, para quien Elvis grabó su primer disco con “My Happiness” –primero en una simple cabina en la calle, y luego en la Sun--, había fallecido cuando el cantante pudo llegar a su lado. Elvis seguía unido a su madre como por un cordón umbilical invisible. El complejo de Edipo persiguió al cantante el resto de su vida: se casó con Priscilla, una mujer diez años más joven que él, siete años después de conocerla en Alemania, porque ella solo tenía entonces catorce años. Divorciado de Priscilla, Elvis no encontró el amor ni la estabilidad con nadie más. Elvis solo se sentía bien –como Sinatra—sobre un escenario, cantando. Ahí era donde se entregaba totalmente, con su voz prodigiosa, inmortal, mucho más fornida y potente que la de sus rivales en la música de su tiempo.

Elvis (2022), el largometraje de Baz Luhrmann, con guion del propio realizador y de Sam Bromell y Craig Pearce, no descubrirá nada nuevo a los fans de la estrella. Es más, hasta oculta detalles: su debut en Sun Records el 6 de julio de 1954 para grabar sus primeros discos comerciales; su amistad con los músicos acompañantes que entonces le asignaron, como Scotty Moore y Chet Atkins (el guitarrista supervisor de todas las grabaciones del astro); su debut en televisión en el programa de los hermanos Dorsey; su aparición en los shows de Ed Sullivan y de Frank Sinatra (con un Presley ya perfectamente “integrado” y domesticado); las manías del cantante de despertar a su piloto de vuelo a las tantas de la madrugada para irse a degustar una hamburguesa o un sándwich de crema de cacahuete en tal sitio; su generosidad al regalar Cádillacs a personas que nunca podrían comprarse uno; su entretenimiento grabando maquetas en su estudio privado de Graceland; su encuentro con los Beatles; su diversión junto a su chimpancé amaestrado, Scatter, el “bufón de la corte”, etc.

Sin embargo, el Elvis de Luhrmann sí nos muestra bien su dilema musical, la disyuntiva de ser fiel a los comienzos roqueros o asumir un cambio de rumbo. El Elvis provocador que terminó cantando –y esto no es desmerecer del todo—como Frank Sinatra, Dean Martin o Bing Crosby. Hay dos momentos de la película verdaderamente sublimes: la grabación del Elvis, Come Back –el especial de las Navidades de 1968—y los conciertos sobre el gran escenario del Hotel Internacional de Las Vegas. En aquel mítico show de televisión para NBC, Elvis quiso estar junto a su público, improvisando, como si se tratara de una jam de jazz. Armado con su guitarra y secundado por sus músicos más fieles, grabó los mejores minutos de su carrera. En cuanto a los shows en Las Vegas, es donde Austin Butler imita mejor al Rey, su paroxismo, su vuelo en hipogrifo violento hacia las estrellas; un Elvis que ya tiende a engordar, que roza los 110 kilos, que es una máscara de sudor y que se consume cada noche sin desvanecerse nunca. El Suspicious Minds es una gozada, el Elvis de los 70 en estado de Gracia.

 


En cuanto al acontecimiento más deslumbrante y apoteósico de Presley, su concierto Aloha from Hawaii, del 14 de enero de 1973, visto en directo, vía satélite, por mil quinientos millones de personas, solo unos quince segundos le dedica Luhrmann, quizá porque en el mismo Estados Unidos solo pudo verse en diferido, a través de la NBC, el 4 de abril de ese año. Las razones eran dos: no interferir con la Super Bowl VII, ni con la exhibición en cines del documental Elvis on tour.

Tom Hanks, como el Coronel Tom Parker.

Luhrmann efectúa una realización correcta, dando mucho brío al filme, y huyendo de la estética kitsch de otras producciones anteriores, como Moulin Rouge (2001). Austin Butler interpreta con confianza al astro Rey de Memphis, pero mucho mejor en la segunda parte y con ayuda del maquillador. Tom Hanks en el papel del Coronel Tom Parker es, sin duda, una de las grandes bazas de la película. Hanks está espléndido. Parker fue quien hizo al Elvis que conocemos, al cantante versátil, al mal actor, al increíble --por lo lucido—showman. Si el lema de Elvis era Take Care of Your Business (Cuida tu negocio), eso era algo que, en realidad, el de Tupelo dejó en manos del llamado “Coronel”. Elvis se dejó llevar por la destreza y el olfato de Parker para los negocios. Y acaso fue un hecho que no le perjudicó: porque ¿cuánto hubiera durado Presley en la estela del rock and roll? ¿más, igual, o menos, que sus contemporáneos de escenario? No lo sabremos jamás. Pero si el cometa Elvis rompió el firmamento con That’s Old Right, Mama y Heartbreak Hotel, lo engrandeció con An American Trilogy, My Way, y el sonido incoloro de sus hondos espirituales.

 © Antonio Ángel Usábel, julio de 2022.

 [Fuente de consulta: Elvis Presley. La historia del Rock & Roll, de Jordi Sierra i Fabra, Barcelona, Círculo de Lectores, 1986]