Orson, mago de primera.

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lunes, 12 de octubre de 2026

El sueño americano.

Confieso que siento debilidad por esta colaboración entre Charles Brackett y Billy Wilder, como guionistas, a partir de la novela homónima de Ketti Frings, Si no amaneciera (Hold Back The Dawn, 1941). La dirección corrió a cargo de Mitchell Leisen, para la productora Paramount, quien luego llevaría al Oscar a la mejor intérprete a Olivia de Havilland en La vida íntima de Julia Norris (1946), el drama de una madre soltera cuyo esposo ha muerto en la guerra. De Havilland había participado, recientemente, en la emblemática Lo que el viento se llevó (1939), con el apocado personaje de Melania. El otro gran protagonista de este filme de Leisen fue Charles Boyer, en el rol de un bailarín rumano, Georges Iscovescu, huido de Europa, y desesperado por entrar como residente en Estados Unidos.

Charles Boyer y Olivia de Havilland, en "Si no amaneciera".

Iscovescu llega hasta un pueblecito mexicano, a muy escasos metros de la verja que sirve de frontera con Norteamérica. Allí le advierten que el cupo de acogida de inmigrantes rumanos es muy restringido, y que le tocará esperar ocho años a que le llegue el turno. Georges se aloja en el Hotel La Esperanza (irónico nombre), junto a otros inmigrantes europeos que también sueñan con ser acogidos por Estados Unidos. Pronto su estancia genera deudas, ya que al bailarín no se le conoce trabajo remunerado. Un día es reconocido en una cantina por quien fue su pareja de baile, Anita (Paulette Goddard), quien se casó con un jockey americano, y así consiguió la ciudadanía. Esta le da la idea de que, aprovechando algún evento con reclamo turístico, se acerque a una americana soltera y la enamore, para desposarla y poder entrar en el país soñado.

La oportunidad llega un 4 de julio, la fiesta de la Independencia de las Colonias, cuando hasta el pueblo llega una maestra norteamericana, Emmy (De Havilland), conduciendo una furgoneta con sus pequeños alumnos. Georges la sonsaca, y se da cuenta de que no tiene pareja. Aprovechando la avería del motor del vehículo (y escondiendo una pieza fundamental), esa noche Iscovescu pone todo su empeño en seducir y enamorar a la joven profesora, circunstancia que consigue. Se casan en una ceremonia rápida.

Hammock (Walter Abel) haciendo sus pesquisas.

Pero aparece en escena Hammock, un incisivo y muy sagaz agente de inmigración (Walter Abel), dispuesto a arruinar la luna de miel de los recién casados. Por su parte, Anita, separada de su marido el jinete, anda tras Iscovescu. Cree, en principio, que solo obra por conveniencia al casarse con Emmy. La profesora retorna a sus pupilos a Estados Unidos, y vuelve junto a Georges unas semanas más tarde, disfrutando de un permiso de la escuela. Ella y su marido marchan en la furgoneta a hacer un recorrido por localidades mexicanas de la costa. Cuando regresan, Anita enfrenta a Emmy con la realidad: ni el mismo anillo que porta perteneció a la madre de Georges, sino a ella misma. Emmy, desilusionada, pero fiel a Georges, lo defiende en un duro interrogatorio con el agente Hammock. Después, le devuelve el anillo y cruza la frontera.

Charles Boyer y Paulette Goddard, en el filme de Leisen.

Emmy conduce completamente conturbada por el engaño que ha sufrido. Por una imprudencia, pierde el control de su vehículo y se sale de la carretera, dando tres vueltas de campana. Avisan a Iscovescu del accidente. Georges roba un coche y atraviesa el puesto fronterizo a la carrera. Logra burlar a sus perseguidores y llega al hospital de Los Ángeles donde han ingresado a Emmy. Consigue hablarle, estando ella grave y casi moribunda. Cuando va a entrevistarse con un director de Hollywood, a quien se presentó en Europa, para venderle su historia real por quinientos dólares, es arrestado por Hammock y devuelto a México. Allí vuelve a su vida holgazana de antes. Hasta que un día…

Aunque la línea más floja del guion es la fuga de Iscovescu a través de la frontera, y que llegue a colarse en un estudio de Paramount, donde se rueda una película, para hablar con un director, el resto del argumento es plenamente verosímil y sigue de completa actualidad hoy. Sabemos del doliente drama de familias con niños pequeños, provenientes no solo de Hispanoamérica, sino también del Magreb, de Oriente Medio, África e India, que atraviesan el Atlántico y más de medio continente, por sus propios medios, para alcanzar la frontera de México con Estados Unidos, y darse cuenta, in situ, de lo infructuoso del larguísimo periplo: no hay sitio para ellos en Norteamérica. Tendrán que hacer la vida, o sobrevivir, como puedan –o les dejen—en México. Según Médicos sin Fronteras, 78.000 personas solicitaron asilo en suelo azteca en el año 2024. Pero las autoridades registraron 925.000 personas en situación de paso irregular, es decir, sin declarar su estancia. Hay individuos de todas las nacionalidades, edades y sexos: nepalíes, congoleños, malienses, hindúes, colombianos… Muchos llegaron a pie, atravesando ríos, selvas y cordilleras, a menudo con niños pequeños a sus espaldas. Una vez allí, se dieron cuenta, pronto, de que ya solo iban a poder aspirar al sueño mexicano. En Estados Unidos, hay ahora redadas para capturar inmigrantes ilegales y expulsarlos del país. No obstante, la política de contener la inmigración de los indocumentados se inició, ya, con la administración Obama, con el Partido Demócrata en la Casa Blanca. La tesis del entonces presidente: si hay una Ley, todos la tienen que cumplir; no unos pocos sí, y otros muchos no. Las expulsiones eran una advertencia de que nadie se podía tomar la Ley a la ligera. Y que la seguridad del sistema de convivencia ciudadana dependía, y depende, en gran parte de ese acatamiento.

En el filme de Leisen, una mujer embarazada consigue, mediante un ardid, colarse en la oficina de Hammock, en ausencia de este, y dar a luz, ella sola. Su hijo es norteamericano. Su máxima aspiración.

Es, precisamente, este episodio de la hábil mujer embarazada el único que conservan de la novela de Frings los guionistas. En efecto, salvo el título y la localidad de Tijuana, nada se parece lo contado en la película al argumento original. Billy Wilder se llevó una desilusión muy grande cuando, a espaldas suyas, y a instancia de la estrella masculina protagonista (Charles Boyer), Leisen suprimió una secuencia de diálogo fingido con una cucaracha. Boyer debía imitar a un guardia fronterizo y hacer un interrogatorio al insecto sobre su visado. Al actor le sonó absurda la escena, y Leisen (muy flexible a menudo con los criterios de los actores, según Wilder) obedeció y no se hizo.

En la novela, el protagonista es Klaus, un alemán casado ya en París con Jennifer, una joven norteamericana que se gana la vida haciendo entrevistas a las estrellas de Hollywood. Klaus ha sido boxeador profesional y piloto de carreras. Ha huido de Alemania por el nazismo y está dispuesto a pedir asilo en los Estados Unidos. Sin embargo, al intentar solicitar visado de entrada en dos puntos diferentes, se crea un serio problema, y queda retenido junto al paso fronterizo de Tijuana. Allí vive en una pequeña colonia con otros refugiados europeos, casi todos de religión judía. Su esposa Jennifer lo visita en los fines de semana, mientras aboga para que se revise su caso. Cada familia recibe un número de orden, y pueden pasar meses, incluso años, hasta que le llegue el turno. La mayoría sobrevive de sus ahorros, o incluso prostituyéndose, como le ocurre a Irmgard, quien aguarda ser rescatada por su novio norteamericano, mientras en su vida se cruza el presuntuoso y aventurero dandi Tibor Szolnay, aspirante a estrella del celuloide. Tibor presta su altanería y aire de conquistador al personaje de Iscovescu en el filme.

Klaus intenta ganar un dinero como sea. Al principio del relato, participa en una exhibición de valor y trata de arrebatar unos billetes prendidos al asta de un toro bravo en la plaza de Tijuana. No obstante, como carece de permiso de trabajo en suelo mexicano, sobrevive con los dólares que percibe Jennifer escribiendo sus artículos. Jennifer va a Washington y revuelve cielo y tierra para que se revise la situación de su marido. Antes, un abogado hace acto de aparición y se ofrece a solucionar las dificultades, pero es un completo negligente que cobra sin mover un dedo. Resulta sobrecogedora la escena en que una niña alza su plegaria al Cielo, para que llegue pronto el turno de sus padres:

“Mady estaba cerca de la ventana, aparte de los demás, de espaldas al cartero. Klaus la observó…, tenía cerrados los ojos y las pequeñas manos fuertemente enlazadas.

--Señor, Dios nuestro –musitaban sus labios--, dígnate enviarnos el número de orden para que mamá, Hans y yo podamos ir a Estados Unidos, y yo pueda llegar a ser otra Shirley Temple, pero mejor. Dígnate hacerlo, Señor… Concédemelo, Dios mío.

Pero no llegó carta para sus padres y se encaminó tristemente hacia la colina”.

También estremece la mujer enferma, Omah, a la que solo le queda el consuelo de cruzar la frontera en un ataúd.

E inquieta mucho a Klaus y Jennifer la pésima situación de Irmgard, sin ahorros, sin capacidad de ejercer un empleo. La salida es obvia: la prostitución. Al hilo de las aspiraciones de muchas muchachas jóvenes y atractivas, se reflexiona sobre lo que es alcanzar la fama: “Yo se lo he advertido, pero ¿qué puede hacer? Tiene que vivir. No la podemos recriminar si vive de la única manera que puede. Es sumamente lamentable. ¡Fíjate en lo que ocurre siempre! Una actriz en París o en Londres… Se presenta un dirigente de Hollywood en busca de artistas de talento o de gran belleza, y la que tiene la suerte de llamarle la atención y sabe comerciar con sus encantos, siendo «amable» con él, puede conseguir un contrato; se la llevan a Hollywood y nadie tiene nada que decir, ni la consideran como una prostituta. En cambio, Irmgard, admitiendo diez pesos de algunos para poderse comprar fríjoles y pan…”

La crisis migratoria continúa de plena, e inveterada, actualidad hoy. Por eso, resulta francamente testimonial, ilustrativa, e interesante, la lectura de la novela de Frings.

La escritora Ketti Frings
Ketti Frings (de soltera Katherine Hartley) nació en Columbus (Ohio) en febrero de 1909. Se casó en 1939 con Kurt Frings, del que tomó su apellido. Vertió gran parte de su experiencia como redactora publicitaria y articulista en su personaje de Jennifer. Toda la relación sentimental que detalla en la novela fue real: Kurt fue boxeador e instructor de esquí, como Klaus. Residió en la localidad de Tijuana hasta que pudo entrar legalmente en el país de su mujer. Tuvo un tío arzobispo que se distinguió por proteger a los judíos frente al acoso nacionalsocialista. Este mismo religioso colaboró, tras la Segunda Guerra Mundial, con una organización de apoyo a los alemanes represaliados por la victoria aliada, algunos de ellos señalados de criminales. Kurt tuvo dos hijos con Katherine, pero la pareja se divorció en 1963. En California, Kurt Frings ejerció de representante de estrellas famosas, como Audrey Hepburn, Elizabeth Taylor, Eva Marie Saint, Maria Schell y José Ferrer. Por su parte, Ketti Frings escribió guiones para Hollywood, y ganó el Premio Pulitzer en 1958 por una adaptación teatral de una novela de Thomas Wolfe, El ángel que nos mira.

Antonio Ángel Usábel, octubre de 2026.