Confieso que siento debilidad por esta colaboración entre Charles Brackett y Billy Wilder, como guionistas, a partir de la novela homónima de Ketti Frings, Si no amaneciera (Hold Back The Dawn, 1941). La dirección corrió a cargo de Mitchell Leisen, para la productora Paramount, quien luego llevaría al Oscar a la mejor intérprete a Olivia de Havilland en La vida íntima de Julia Norris (1946), el drama de una madre soltera cuyo esposo ha muerto en la guerra. De Havilland había participado, recientemente, en la emblemática Lo que el viento se llevó (1939), con el apocado personaje de Melania. El otro gran protagonista de este filme de Leisen fue Charles Boyer, en el rol de un bailarín rumano, Georges Iscovescu, huido de Europa, y desesperado por entrar como residente en Estados Unidos.
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| Charles Boyer y Olivia de Havilland, en "Si no amaneciera". |
Iscovescu llega hasta un
pueblecito mexicano, a muy escasos metros de la verja que sirve de frontera con
Norteamérica. Allí le advierten que el cupo de acogida de inmigrantes rumanos
es muy restringido, y que le tocará esperar ocho años a que le llegue el turno.
Georges se aloja en el Hotel La Esperanza (irónico nombre), junto a otros
inmigrantes europeos que también sueñan con ser acogidos por Estados Unidos. Pronto
su estancia genera deudas, ya que al bailarín no se le conoce trabajo
remunerado. Un día es reconocido en una cantina por quien fue su pareja de
baile, Anita (Paulette Goddard), quien se casó con un jockey americano, y así consiguió la
ciudadanía. Esta le da la idea de que, aprovechando algún evento con reclamo
turístico, se acerque a una americana soltera y la enamore, para desposarla y
poder entrar en el país soñado.
La oportunidad llega un 4 de
julio, la fiesta de la Independencia de las Colonias, cuando hasta el pueblo
llega una maestra norteamericana, Emmy (De Havilland), conduciendo una
furgoneta con sus pequeños alumnos. Georges la sonsaca, y se da cuenta de que
no tiene pareja. Aprovechando la avería del motor del vehículo (y escondiendo
una pieza fundamental), esa noche Iscovescu pone todo su empeño en seducir y
enamorar a la joven profesora, circunstancia que consigue. Se casan en una
ceremonia rápida.
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| Hammock (Walter Abel) haciendo sus pesquisas. |
Pero aparece en escena Hammock, un incisivo y muy sagaz agente de inmigración (Walter Abel), dispuesto a arruinar la luna de miel de los recién casados. Por su parte, Anita, separada de su marido el jinete, anda tras Iscovescu. Cree, en principio, que solo obra por conveniencia al casarse con Emmy. La profesora retorna a sus pupilos a Estados Unidos, y vuelve junto a Georges unas semanas más tarde, disfrutando de un permiso de la escuela. Ella y su marido marchan en la furgoneta a hacer un recorrido por localidades mexicanas de la costa. Cuando regresan, Anita enfrenta a Emmy con la realidad: ni el mismo anillo que porta perteneció a la madre de Georges, sino a ella misma. Emmy, desilusionada, pero fiel a Georges, lo defiende en un duro interrogatorio con el agente Hammock. Después, le devuelve el anillo y cruza la frontera.
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| Charles Boyer y Paulette Goddard, en el filme de Leisen. |
Emmy conduce completamente conturbada por el engaño que ha sufrido. Por una imprudencia, pierde el control de su vehículo y se sale de la carretera, dando tres vueltas de campana. Avisan a Iscovescu del accidente. Georges roba un coche y atraviesa el puesto fronterizo a la carrera. Logra burlar a sus perseguidores y llega al hospital de Los Ángeles donde han ingresado a Emmy. Consigue hablarle, estando ella grave y casi moribunda. Cuando va a entrevistarse con un director de Hollywood, a quien se presentó en Europa, para venderle su historia real por quinientos dólares, es arrestado por Hammock y devuelto a México. Allí vuelve a su vida holgazana de antes. Hasta que un día…
Aunque la línea más floja del
guion es la fuga de Iscovescu a través de la frontera, y que llegue a colarse
en un estudio de Paramount, donde se rueda una película, para hablar con un
director, el resto del argumento es plenamente verosímil y sigue de completa
actualidad hoy. Sabemos del doliente drama de familias con niños pequeños,
provenientes no solo de Hispanoamérica, sino también del Magreb, de Oriente
Medio, África e India, que atraviesan el Atlántico y más de medio continente, por
sus propios medios, para alcanzar la frontera de México con Estados Unidos, y
darse cuenta, in situ, de lo infructuoso del larguísimo periplo: no hay sitio
para ellos en Norteamérica. Tendrán que hacer la vida, o sobrevivir, como
puedan –o les dejen—en México. Según Médicos sin Fronteras, 78.000 personas
solicitaron asilo en suelo azteca en el año 2024. Pero las autoridades
registraron 925.000 personas en situación de paso irregular, es decir, sin
declarar su estancia. Hay individuos de todas las nacionalidades, edades y
sexos: nepalíes, congoleños, malienses, hindúes, colombianos… Muchos llegaron a
pie, atravesando ríos, selvas y cordilleras, a menudo con niños pequeños a sus
espaldas. Una vez allí, se dieron cuenta, pronto, de que ya solo iban a poder
aspirar al sueño mexicano. En Estados Unidos, hay ahora redadas para capturar
inmigrantes ilegales y expulsarlos del país. No obstante, la política de
contener la inmigración de los indocumentados se inició, ya, con la
administración Obama, con el Partido Demócrata en la Casa Blanca. La tesis del
entonces presidente: si hay una Ley, todos la tienen que cumplir; no unos pocos
sí, y otros muchos no. Las expulsiones eran una advertencia de que nadie se
podía tomar la Ley a la ligera. Y que la seguridad del sistema de convivencia
ciudadana dependía, y depende, en gran parte de ese acatamiento.
En el filme de Leisen, una mujer
embarazada consigue, mediante un ardid, colarse en la oficina de Hammock, en
ausencia de este, y dar a luz, ella sola. Su hijo es norteamericano. Su máxima
aspiración.
Es, precisamente, este episodio
de la hábil mujer embarazada el único que conservan de la novela de Frings los
guionistas. En efecto, salvo el título y la localidad de Tijuana, nada se
parece lo contado en la película al argumento original. Billy Wilder se llevó
una desilusión muy grande cuando, a espaldas suyas, y a instancia de la
estrella masculina protagonista (Charles Boyer), Leisen suprimió una secuencia
de diálogo fingido con una cucaracha. Boyer debía imitar a un guardia
fronterizo y hacer un interrogatorio al insecto sobre su visado. Al actor le
sonó absurda la escena, y Leisen (muy flexible a menudo con los criterios de
los actores, según Wilder) obedeció y no se hizo.
En la novela, el
protagonista es Klaus, un alemán casado ya en París con Jennifer, una joven
norteamericana que se gana la vida haciendo entrevistas a las estrellas de
Hollywood. Klaus ha sido boxeador profesional y piloto de carreras. Ha huido de
Alemania por el nazismo y está dispuesto a pedir asilo en los Estados Unidos. Sin
embargo, al intentar solicitar visado de entrada en dos puntos diferentes, se
crea un serio problema, y queda retenido junto al paso fronterizo de Tijuana.
Allí vive en una pequeña colonia con otros refugiados europeos, casi todos de
religión judía. Su esposa Jennifer lo visita en los fines de semana, mientras
aboga para que se revise su caso. Cada familia recibe un número de orden, y
pueden pasar meses, incluso años, hasta que le llegue el turno. La mayoría
sobrevive de sus ahorros, o incluso prostituyéndose, como le ocurre a Irmgard,
quien aguarda ser rescatada por su novio norteamericano, mientras en su vida se
cruza el presuntuoso y aventurero dandi Tibor Szolnay, aspirante a estrella del
celuloide. Tibor presta su altanería y aire de conquistador al personaje de
Iscovescu en el filme.
Klaus intenta ganar un dinero
como sea. Al principio del relato, participa en una exhibición de valor y trata
de arrebatar unos billetes prendidos al asta de un toro bravo en la plaza de
Tijuana. No obstante, como carece de permiso de trabajo en suelo mexicano,
sobrevive con los dólares que percibe Jennifer escribiendo sus artículos. Jennifer
va a Washington y revuelve cielo y tierra para que se revise la situación de su
marido. Antes, un abogado hace acto de aparición y se ofrece a solucionar las
dificultades, pero es un completo negligente que cobra sin mover un dedo.
Resulta sobrecogedora la escena en que una niña alza su plegaria al Cielo, para
que llegue pronto el turno de sus padres:
“Mady estaba cerca de la
ventana, aparte de los demás, de espaldas al cartero. Klaus la observó…, tenía
cerrados los ojos y las pequeñas manos fuertemente enlazadas.
--Señor, Dios nuestro
–musitaban sus labios--, dígnate enviarnos el número de orden para que mamá,
Hans y yo podamos ir a Estados Unidos, y yo pueda llegar a ser otra Shirley
Temple, pero mejor. Dígnate hacerlo, Señor… Concédemelo, Dios mío.
Pero no llegó carta para sus
padres y se encaminó tristemente hacia la colina”.
También estremece la mujer
enferma, Omah, a la que solo le queda el consuelo de cruzar la frontera en un
ataúd.
E inquieta mucho a Klaus y
Jennifer la pésima situación de Irmgard, sin ahorros, sin capacidad de ejercer
un empleo. La salida es obvia: la prostitución. Al hilo de las aspiraciones de
muchas muchachas jóvenes y atractivas, se reflexiona sobre lo que es alcanzar
la fama: “Yo se lo he advertido, pero ¿qué puede hacer? Tiene que vivir. No
la podemos recriminar si vive de la única manera que puede. Es sumamente
lamentable. ¡Fíjate en lo que ocurre siempre! Una actriz en París o en Londres…
Se presenta un dirigente de Hollywood en busca de artistas de talento o de gran
belleza, y la que tiene la suerte de llamarle la atención y sabe comerciar con
sus encantos, siendo «amable» con él, puede conseguir un
contrato; se la llevan a Hollywood y nadie tiene nada que decir, ni la
consideran como una prostituta. En cambio, Irmgard, admitiendo diez pesos de
algunos para poderse comprar fríjoles y pan…”
La crisis migratoria continúa de
plena, e inveterada, actualidad hoy. Por eso, resulta francamente testimonial, ilustrativa,
e interesante, la lectura de la novela de Frings.
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| La escritora Ketti Frings |
Antonio Ángel Usábel,
octubre de 2026.




