Elvis Aaron Presley nació
en un hogar muy humilde de un pequeño pueblo de Mississippi. De niño, en el
colegio, contaba con pocos amigos, y le suspendían en Música. Un día su padre,
Vernon, le dejó escoger entre una bici y una guitarra. El muchacho,
acostumbrado a oír las voces de los negros cantar en las iglesias, prefirió la
segunda. La aprendió a tocar fijándose en cómo lo hacían los demás. Vernon le
sugirió que se hiciera electricista, un oficio que daba algo de dinero; pero el
joven creyó que, con la música, se podría llegar a alguna parte. Poco a poco,
se iría gestando un mito: de camionero que tarareaba éxitos musicales, a un
talento deslumbrante capaz de cantarlo todo. Porque Elvis empezó con el rock,
desafiante, rebelde, moviendo las caderas, pero pronto, y a instancias de su mánager,
el coronel Tom Parker –su Mesías y su Tirano--, superó con creces a cualquier crooner
del momento –Bing Crosby, Frank Sinatra, Dean Martin, incluidos—y se volvió
gigante como un dios.
Más de 1.100 conciertos entre
1969 y su muerte, en 1977. A veces, hasta tres diarios. Siempre en Estados
Unidos. Elvis solo pisó Europa cuando fue destinado a Alemania durante el
servicio militar, licenciándose como sargento. Después, las películas; casi todas
con la misma fórmula de chico conoce a chica, la canta, chica se enamora de
chico. Elvis desaprobaba que no le dejaran actuar de verdad, en filmes con
argumentos sólidos donde no tuviera que cantar. Pero Hollywood lo había
encasillado y, en respuesta, tras treinta y un rodajes, el astro del rock se
plantó de nuevo sobre los escenarios, haciéndose giras por todo el país. La
Metro, que no tiraba fácilmente la toalla con él, negoció con el coronel Parker
el rodaje de un gran documental con sus actuaciones en el Hotel Internacional
de Las Vegas. Así nacía Elvis: That´s the Way It Is (1970). Visto el
éxito de la iniciativa de servir a Elvis “en su jugo”, MGM pactó un segundo
reportaje, Elvis on Tour (1972). Después vendría el Aloha from Hawaii
Vía Satélite (1973), pero esa ya sería otra historia.
Ahora, el director y productor Baz
Luhrmann ha condensado el material de esos dos documentales, añadiendo
algunas imágenes inéditas procedentes del archivo familiar de los Presley, y
algún material más descartado por Metro, en su obra-tributo Epic: Elvis Presley in Concert (2025). Hora y media para
descubrir (o redescubrir) al artista sobre el escenario (mayoritariamente, del
Internacional de Las Vegas), escuchándole hablar de su vida, sus intereses y su
obra en su propia voz. En los primeros veinte minutos, se liquida la primera
fase del Rey: el de las iniciales actuaciones en televisión, su paso por la
mili, y sus cromáticos largometrajes llenos de melodías coreografiadas. A
Luhrmann lo que le motiva es alcanzar cuanto antes el punto culminante del
ascenso de Elvis tras su “regreso” del 68, el momento de su debut en Las Vegas,
el paraíso de los casinos, de los hoteles con letreros luminosos enormes, y
refugio de estrellas de Hollywood que allí completaban caja.
Más que revelarnos material
nuevo, Luhrmann dota a su nueva propuesta de un montaje soberbiamente
planificado y ejecutado; es así que, aunque nos suenen las secuencias, las
vemos como si fuéramos niños de primera comunión. Nos deslumbra con un Elvis
que está ahí, frente a nosotros, en pantalla grande y con un sonido excelente. A menudo, cada canción abre un paréntesis en
su mitad, para que asistamos a su ensayo, a los meticulosos preparativos del Rey
dando instrucciones a sus subordinados. También, lo vemos entre bambalinas,
antes de alzarse el telón, advirtiendo que hay que ofrecerse por entero,
evitando cualquier error, porque el público es distinto cada noche. Hay que
interpretar cada pieza como si fuera en una primera vez.
El Elvis de Luhrmann nos deleita
con interpretaciones en vivo de Polk Salad Annie, Burning Love, That’s
All Right, Love Me, Tiger Man, All My Trials (An
American Trilogy), How Great Thou Art, Bridge Over Troubled Water,
Little Sister, Suspicious Minds, A Big Hunk O’Love, In
the Ghetto, y varias más. Un clímax verdaderamente emotivo y profundo se
logra con las grabaciones de góspel, para el que Elvis se las pintaba solo.
Y el Rey nos va contando sus
cosillas: las grabaciones de la Sun tenían demasiado eco; de joven,
coleccionaba música seria del Metropolitan, en especial, los discos de Mario
Lanza; no es bueno que el hombre esté solo: todos, en algún momento,
necesitamos a alguien…
Luhrmann evita el declive del
astro, el Presley final de 1976-77 (Elvis in Concert). Nos deja con ese
buen sabor de boca de la estrella fulgurante.
Concluye el documental con un
poema lírico de Bono, precioso, musicado por Elliott Wheeler: American David.
Bono (U2): "American David" (a poem).
Es de suponer que la edición en
dvd / Blu ray de Epic incluya el llamado “montaje del director”,
lo que no se ha proyectado en las salas, con, quizá, el cómo se hizo.
Se cuenta que sesenta y ocho
cajas yacían olvidadas en una vieja mina de sal de Kansas, a casi doscientos
metros de la superficie. Dentro de ellas se repartían cientos de metros de
celuloide con grabaciones del Rey del Rock, algunas inéditas o apenas vistas.
Y, lo más sorprendente, una grabación de 45 minutos del propio Elvis narrando
sus experiencias vitales. La mayoría de las filmaciones carecían del sonido
correspondiente, que se encontró por separado. Hubo que sincronizar cada toma
con su audio original. En principio, se anunció un montaje de 180 minutos,
después de descartar un metraje todavía más extenso. Pero el producto final que
se ve en pantalla grande es justo la mitad. Quizá lo mejor de lo mejor. Acaso,
otra forma de mostrar lo ya conocido, porque no quede mucho más por conocer.
Antonio Ángel Usábel, marzo
de 2026.




