
Si Dios existe, ha permitido que
esta mente maravillosa quede encapsulada en un cuerpo cruelmente inanimado. “Me
has retado, vas a conocer los misterios que rigen este mundo, pues ¡toma
castaña!, que te condeno a padecer por ello de una forma atroz”—parece haber
decretado Dios. O eso, al menos, es lo que estamos tentados de pensar.
Llega a los cines de nuestro país
La
teoría del todo (The Theory of
Everything, 2014), del documentalista James
Marsh, basada en una fuente de primera mano, Travelling to Infinity: My Life with Stephen, el relato
autobiográfico de la exesposa de Stephen Hawking, Jane Wilde.
Con un hábil guion de Anthony
McCarten, lleno de empuje y desprovisto de momentos especialmente anticlimáticos,
profundizamos en el drama humano y familiar de Hawking, desde sus comienzos
entre Oxford y Cambridge, hasta los estragos causados por su enfermedad
degenerativa, la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), conocida en Reino Unido
como dolencia de la neurona motora, y en Estados Unidos como The Lou Gehrig
Desease, patología de Lou Gehrig, el famoso jugador de béisbol inmortalizado
por Gary Cooper en El orgullo de los
Yankis (Sam Wood, 1942). Es
inevitable que una biografía novelada o, en este caso, una biopic, adolezcan de reverenciar al retratado hasta lindar con el
melocotón en almíbar; por ello, el filme de Marsh no escapa por entero de
cierta visión edulcorada de la juventud del protagonista. Así Marsh construye
una película muy familiar, atractiva pese al áspero drama que encierra, que
atiende a todos los resortes del género sin olvidar ninguno: héroe esperanzado,
esposa modélica y abnegada, acogida en público sumamente favorable. La película
es un canto a la esperanza ante la adversidad, y una defensa del entendimiento
y el amor verdadero entre una mente agnóstica y otra creyente. Porque la
jovencísima anglicana practicante Jane Wilde, estudiante de Filología Francesa
e Hispánica, acepta convertirse en la esposa de Stephen, un doctorando en
Física Teórica, al cual se la acaba de vaticinar una brevísima estimación de
vida de tan solo dos años. En efecto, es el uno de enero de 1963 y Hawking
derrama una copa de vino al sentir que su mano no puede sostenerla. A finales
del mismo mes, se le diagnostica la esclerosis, y se le da un periodo de tiempo
de dos años antes de la defunción. Estamos en enero de 2015, y Hawking acaba de
cumplir 73 años, es decir, 52 de convivencia con la mortal parálisis. Único
caso constatado en el mundo con un margen de supervivencia tan amplio. Otro
milagro: Dios ha permitido que ese cerebro prodigioso siga activo.

La materia no tendrá creación, pero Hawking
todavía no ha podido establecer la ecuación inmutable que la determina. Quizá, va camino de ello...
Es en noviembre de 1970, mientras
intenta desencajarse el cuello de un jersey, cuando el científico repara, al
trasluz, en el calor de la lumbre de la chimenea. El fuego, energía en
combustión, irradia luz y calor. ¿Por qué no va a poder experimentar lo mismo
un agujero negro que colapse? En enero de 1974, el genio enuncia la “radiación
de Hawking”: cuando un agujero negro se va convirtiendo en una singularidad, la
pérdida de su masa se traduce en la fuga de partículas de radiación incapaces
de ser absorbidas por el núcleo del propio agujero. El resultado es que no hay
final posible, pues la radiación que escapa se expande hacia otros lugares del
Universo. Si no hay un final, si la materia se regenera y autorregula
constantemente, tampoco cabe pensar en un principio.
Si hubo esa gran explosión que, en tan solo una fracción de segundo, alumbró el Universo, superando, incluso, a la velocidad de la luz, y quebrantando el modelo físico en su mismo inicio, ¿qué fue lo que la originó? ¿Qué había antes del Big Bang, y por consiguiente, del espacio-tiempo? ¿Qué espacio físico contuvo a la primera partícula, la primigenia burbuja madre del Cosmos? ¿Qué es y qué cometido tiene la “materia oscura”? ¿Por qué esta repele, en vez de atraer, como la gravedad? ¿Por qué, en definitiva, existe el Universo? Muchas preguntas, que Hawking pretende reducir a una sola ecuación. Una única fórmula que dé respuesta a todos esos enigmas. Que compagine a la perfección la mecánica cuántica con la relatividad general de Einstein. ¿Será posible? ¿Se conseguirá algún día? Por otra parte, ¿acaso solo somos producto y resultado de la casualidad? Esta película puede llevar al espectador a plantearse este y otros varios interrogantes sobre las leyes de la Física.
La vida conyugal y familiar de Stephen distó mucho, no obstante, de ser idílica. No es fácil asistir a un cuerpo vegetativo, y dejar que tu hogar se llene de enfermeras. Después de su tercer hijo, el matrimonio Hawking se separa. Stephen se une a la asistente que lo cuida, y Jane al director de coro de su iglesia. Así lo versiona el propio protagonista, en su autobiografía: “Fui sintiéndome más infeliz por la relación cada vez más estrecha que existía entre Jane y Jonathan [el director del coro]. Al final no pude aguantar más la situación y en 1990 me mudé a un piso con una de mis enfermeras, Elaine Mason (…) Elaine y yo nos casamos en 1995. Nueve meses después Jane se casó con Jonathan Jones.” Y Hawking prosigue: “Mi matrimonio con Elaine fue apasionado y tempestuoso. Tuvimos nuestros altibajos, pero el hecho de que ella fuera enfermera me salvó la vida en varias ocasiones (…) Todas esas crisis pasaban su factura emocional a Elaine. Nos divorciamos en 2007 y desde entonces vivo solo con un ama de llaves.”

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Los primeros avances de Stephen Hawking
en Cambridge ya fueron motivo para un entretenido telefilme de la BBC, Hawking
(Philip Martin, 2004), con guion de Peter Moffat, e interpretado por Benedict Cumberbatch (The Imitation Game) y Lisa Dillon (quien
presentaba un gran parecido con la Jane Wilde auténtica). Pero aquella película
se quedaba en el comienzo de la enfermedad de Hawking, cuando caminaba con
bastón y aún no se había casado con Jane.
Las interpretaciones de La teoría del todo son eficaces: Eddie Redmayne calca la sonrisa pueril,
los andares tortuosos y el tronco y piernas desvencijadas del Hawking real; por
su parte, Felicity Jones no se queda
atrás, componiendo una calidísima y atractiva Jane. La película no sería la
misma sin este bien escogido tándem, que funciona con la complicidad de la
veteranas parejas de Hollywood: Teresa Wright y Gary Cooper (en la ya citada El orgullo de los yanquis), Greer Garson
y Walter Pidgeon (La señora Miniver, Madame Curie), June Allyson y James
Stewart (The Stratton Story, The Glenn Miller Story).
La teoría del todo es una película recomendable, instructiva,
ilustrativa, bonita. Un acercamiento brillante a un drama asombroso, que
sobrecoge y sorprende a un tiempo.
De todas formas, que no nos lleve
a creer que Stephen Hawking es el único astrofísico que existe.
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© Antonio Ángel Usábel,
febrero de 2015.
* PARA SABER MÁS:
--HAWKING, Stephen W., Historia del Tiempo. Del big bang a los
agujeros negros, Barcelona, Ed. Crítica.
--HAWKING, Stephen y Leonard
Mlodinow, El Gran Diseño, trad. de
David Jou i Mirabent, Barcelona, Ed. Crítica, 2010.
--HAWKING, Stephen, Breve historia de mi vida, trad. de Ana
Guelbenzu, Barcelona, Ed. Crítica, 2014.
--HAWKING, Jane, Hacia el infinito, trad. de José Luis
Delgado Pérez, Barcelona, Ed. Lumen, 2015.