
“En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron:
¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos? Él llamó a un niño, le
puso en medio de ellos y dijo: Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como
los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se humille
como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba a un
niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le
vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los
asnos, y le hundan en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los
escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel
hombre por quien el escándalo viene! Guardaos de menospreciar a uno de estos
pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente
el rostro de mi Padre que está en los cielos (…) De la misma manera, no es
voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños.”
(Mt 18, 1-14)
Lo mismo se recoge del Señor en
el Evangelio más antiguo de los canónicos, el de Marcos (v. cap. 9, vv. 36-37; 42). Lo que apunta a que son palabras
ciertas y exactas, no una interpolación posterior. Es decir, Jesucristo
consideraba sumamente execrable el pecado de perturbar a un niño, abusando de
su inocencia, hasta ser merecedor de la condena a muerte.

Sin embargo, lo que ocurría en la
diócesis de Boston, sucedía también en otros estados de la Unión, en México, en
toda Latinoamérica (Argentina, sobre todo), en países de Europa, y en España
(los casos de Comillas y Granada). Un mal generalizado que contaba con la ley
de silencio del Vaticano, entonces comandado por el Papa Juan Pablo II.
El 53% de los suscriptores de The Boston Globe (del grupo The New York Times) eran católicos. Aun
así, el nuevo director del medio, Marty Baron –bajo los auspicios de Peter
Canellos--, no se arredró y ordenó al equipo Spotlight efectuar la
investigación, llegando todo lo lejos que se pudiera, para hacer cambiar el
sistema, y no que el asunto quedara como un hecho aislado. Una juez católica
levantó el secreto de sumario, permitiendo a los periodistas ahondar en la
verdad.
Varias víctimas de los abusos,
traumatizadas por lo sufrido cuando eran niños, decidieron colaborar con el
equipo del periódico, ofreciendo testimonios de primer orden.
La película de McCarthy tiene brillantez, pulso
narrativo, buenas interpretaciones, y un interés que la acercan a la ejemplar Todos los hombres del presidente (Alan
J. Pakula, 1976). Michael Keaton
alcanza una luminosa sobriedad en su papel de jefe de redactores; por una vez
le ha encontrado el punto exacto a su personaje. Lo secundan con esmero Mark Ruffalo, Rachel
McAdams, Brian d´Arcy James, John Slattery, Liev Schreiber y Jamey Sheridan. Una
buena película de equipo, efectiva sin caer en efectismos, no quizá redonda,
pero sí digna de recordarse y de volver a ver en el futuro. No cala con la
enormidad de la magistral Veredicto final
(Sidney Lumet, 1982), otro caso de corrupción moral, aquella vez en un
hospital católico, que contaba con las bazas de Paul Newman, James Mason y Jack
Warden; pero Spotlight tiene su
mérito y su razón de haberse filmado hoy.
¿Cómo se puede mantener la fe en
la Iglesia como institución después de casos tan lacerantes? ¿Cómo se puede ir
los domingos a misa sin tener la seguridad de que la Iglesia vaya a reprobar,
perseguir y castigar esos delitos a fondo? La Iglesia ha ordenado silencio
durante largos años. ¿Cómo y por qué va a regenerarse ahora? ¿Va a ser, de
verdad, una Nueva Iglesia? ¿Sin un
Concilio reformista como el Vaticano II? Los últimos Papas, Benedicto XVI y
Francisco, han intentado limpiar el parque, pero la hojarasca es tanta y la
maleza tan viva, que los árboles crecen ahogados, y los senderos no llegan a
verse. Ojalá que, en el Estado Vaticano y sus satélites, no se cumpla la vieja
máxima de Lampedusa: “Es preciso que todo
cambie, para que todo siga igual”.
© Antonio Ángel Usábel,
febrero de 2016.